El tren de las diez en punto

—Tres para las diez… —murmuró el anciano sentado en el banco de la estación de tren.

Le transpiraban los dedos y su pierna no paraba de moverse. No quería aceptarlo, pero estaba algo nervioso, después de todo nunca había hecho un viaje como este. Jamás se había tomado este tren y, sin lugar a dudas, había puesto pie en la estación donde debía bajarse.

Pero ¿era eso lo que de verdad le asustaba? ¿O era el hecho de hacerlo solo?

Tradicionalmente, su acompañante era María, su mujer desde hacía 40 años. Ella era quien organizaba el viaje, armaba las valijas y se aseguraba de que habían cerrado la llave de gas y luz antes de emprender el recorrido, él simplemente ponía el dinero. Era una fórmula que siempre les funcionó: ella era la guía, él el seguidor.

Sin embargo, las cosas no duran para siempre y ella tuvo que irse antes de tiempo, demasiado antes para su gusto.

Miró nuevamente su reloj. Seguían faltando tres para las diez. Jamás había pensado que el tiempo podría transcurrir tan lentamente. Observó el resto del andén y notó que algunas personas habían llegado y esperaban el tren detrás de la línea amarilla, todos con una pequeña valija de viaje o una mochila. Algunos optaban por sentarse en un banco como el suyo, otros preferían esperar detrás de la línea amarilla, la minoría admiraba el paisaje. Árboles de enorme tamaño corrían paralelos a las vías y se perdían en el horizonte, donde la luz del sol brillaba con tal fuerza que era imposible mantener la vista por más de unos segundos. Giró la cabeza y del otro lado se acababa la noche, el manto azul oscuro comenzaba a romperse con pinceladas anaranjadas y algunas estrellas aún tenían la luz suficiente para ser notadas. Siempre consideró, y María compartía el mismo pensamiento, que la naturaleza era la mayor obra de arte que existió, existe y existirá.

Mientras disfrutaba el paisaje, una joven entró a la estación. Estaba agitada, con el rostro pálido y transpirado. La notó perdida, mirando para todos lados, tratando de encontrarle sentido a los carteles, buscando a alguien que pudiera explicarle dónde paraba el tren. Pocos segundos después, otra mujer entró pero ésta no era pasajera, no. Su uniforme era blanco y una pequeña cruz roja decoraba su gorra.

—Disculpe, señorita ¿me puede mostrar su pasaje? —preguntó, llamando la atención de varios en el lugar, incluyéndolo.

—¿Perdón? No… no sé, no tengo pasaje ¿Dónde saco uno? —respondió ella.

—¿Está segura de que tiene que tomarse este tren?

—No…

—Entonces sígame por acá y juntos vamos a ver si este es, en verdad, su tren —explicó ella con una sonrisa cariñosa, cruzó un brazo por los hombros de la joven y la dirigió hacia las oficinas.

Un tren llegó a la estación pero no hizo ademán de tomarlo, después de todo el suyo llegaba a las diez en punto, ni un minuto más ni un minuto menos.

Cuando los vagones se detuvieron y las puertas se abrieron, varias personas las atravesaron, pero ninguna bajó. Pudo notar a través de las ventanas que algunos asientos ya se encontraban ocupados, con gente hablando entre sí, tomando algo o simplemente mirando el paisaje.

El anciano volvió a observar su reloj. Dos para las diez.

Los nervios regresaron y una pesadez se apoderó de su estómago ¿Qué pasaba si su tren no llegaba? ¿Qué tendría que hacer? ¿Debía esperar al siguiente? ¿Ir a la oficina y pedir un nuevo pasaje? ¿Le darían uno o tendría que quedarse en la estación, esperando para siempre?

El ruido de la locomotora arrancando lo despabiló y una vez más miró el reloj. Una para las diez.

—Va a venir… va a venir, tranquilo —se repitió en voz baja, en un intento para calmarse.

—Perdón, señor ¿Cuándo llega mi tren?

Un niño se había sentado junto a él, sus piernas colgando en el aire y una mochila de los Power Rangers a su lado. No debía tener más de cinco años.

—No sé ¿Qué dice tu pasaje? —preguntó.

El niño rebuscó en su mochila hasta encontrar el pedazo de papel y se lo tendió al anciano. El mismo estaba arrugado y con las puntas dobladas, pero se podía leer la fecha y horario sin problemas: “29/5/17 10:00 AM. Vagón 12 Asiento B008”. Compartían el tren y vagón.

—Tiene que llegar en un minuto, llegaste justo a tiempo —explicó, devolviéndole el pasaje— ¿Estás solo? ¿O viniste con tu mamá?

—Solo. Mi mamá se quedó. Pero está con mis otros hermanos, así que no está sola —respondió de manera entrecortada, mientras jugaba con los abrojos de sus zapatillas.

—¿Y no tenés miedo de hacer este viaje solo?

El niño asintió. Notó el color rojo en sus ojos, la nariz colorada y algunos mocos que aún seguían cayéndole.

—¿Querés que te cuente un secreto?

El niño volvió a asentir.

—Yo también tengo miedo —Esta vez cruzaron miradas y él le regaló un guiño—, pero si sé que vos viajás en el mismo tren que yo, entonces sé que no va a pasar nada malo.

Ambos compartieron una sonrisa y en ese mismo momento el tren de las diez en punto llegó a la estación. Ambos se levantaron, el hombre se acomodó su boina, el niño su mochila, se tomaron de la mano y entraron con cuidado al tren. Sus manos tranquilas, sus piernas firmes y ninguna pesadez en el estómago.

Un hombre, rodeado de sus seres queridos, durmiendo en su cama y con una sonrisa en su rostro. Una línea verde recorre el monitor de una pantalla y el tren sale de la estación.

Comentarios