Lo-que-habita-en-la-oscuridad-capítulo-6

Todo está en silencio y a oscuras. La calle, el pueblo, la gente —Bueno, la gente ni siquiera está presente—.

La niebla cubrió todo con su manto gris, espeso y misterioso; mi única guía son pequeñas luces, diseminadas a lo lejos, como pequeñas migajas dejadas para guiarme directamente a la casa de la bruja.

Me cuesta respirar, como si la atmósfera no quisiera compartirme el oxígeno.

Detrás de mí está la iglesia, igual o más terrorífica que antes —a veces me canso de decirlo, pero todas las semanas termino en una película de terror, ya no sé bien cuál es el chiste de la cuestión—.

Las piedras de las paredes se sienten frías al tacto, la madera de los bancos está húmeda y el Cristo crucificado me mira desde arriba, iluminado por las velas que se encuentran en su base —No tengo nada en contra de Cristo, pero ahora mismo me da más miedo que seguridad—. La misma puerta que lleva al sótano tiene marcas de quemaduras en las paredes, mientras que los escalones están cubiertos de un polvo grisáceo; parece ceniza —¡¿Parece ceniza?!

Ilumino el camino con mi celular y, obviamente, no tengo ni una línea de señal pero, bueno, considerando que mi vida es una constante de malas situaciones es lógico que pasen estas cosas.

El salón, donde hasta hace poco un pueblo de fanáticos construía un muñeco de paja para invocar al Diablo y rebozaba de vida, ahora está mudo. La mesa con los sanguchitos de miga está volcada, los vasos de plástico blanco están diseminados por el lugar y en el centro del cuarto, un agujero que antes no existía —literalmente—. Una luz rojiza emana de su interior, como si se tratara de las puertas al infierno.

No, esperá. Recapitulemos. Acompañé a mi abuelo al pueblo vecino, me contaron de un ritual que carece de sentido común y después hubo un temblor ¿Qué pasó después? Por más que intento hacer memoria, no me acuerdo de nada. Salimos de la iglesia, todo era un desastre y después, nada. Gritos. Hacía calor, mi abuelo estaba en el suelo y… nada más. Pero sé que había algo, lo siento en mi interior, ahí, entre el corazón y el esternón, más o menos. No sé mucho de medicina o biología. Tampoco es que soy un ignorante, pero no es mi materia preferida. En fin, necesito saber qué pasó o dónde estoy… al menos eso.

Pero sé que acá no voy a conseguir ninguna respuesta. Hago el camino inverso y vuelvo a salir al pueblo. Puedo distinguir algunas casas perdidas en la niebla, entre penumbras.

—¿Hola?

No se pierde nada con probar, ¿no?

No hubo respuesta, excepto por algunos remolinos que se formaron en la niebla, como cuando atravesás una columna de humo con la mano —¿Eso quiere decir que hay “algo” que se está moviendo en la niebla?— Algo llega rodando hasta mis pies, algo esférico —La puta madre, me van a matar—. Lo agarro despacio, porque me siento incapaz de hacer algo en otra velocidad, y me resulta extrañamente familiar. Es una pelota hecha de ramas.

De repente, dos puntos rojos se encienden en la neblina, flotando a un par de metros del suelo y yo grito cual niña —intentemos no contárselo a nadie más, ¿puede ser? ¿Me hacen el favor?

Con asquerosa lentitud, los puntos rojos se me acercan y una conocida silueta se forma entre los torbellinos de niebla. Los dedos de sus manos rozan el suelo, dejando tras de sí delicadas líneas en la piedra. Su altura parece haberse duplicado en el tiempo que no nos vimos y su corona de espinas se tornó más exagerada y prominente. Pero son sus ojos los que más —los que siempre— llaman mi atención, un rojo sangre iluminado por el fuego, y puedo sentir cómo se detienen en los míos.

Nos observamos detenidamente, sin saber si los que pasan son minutos o años, esperando que alguno de los dos reaccione —Al menos eso es lo que pienso yo, la última vez que me fijé no leía mentes. Aunque debería probar ¿Pero y si la gente está pensando mal de mí? No quiero seguir castigando a mí autoestima—. Veo cómo ladea su cabeza, cual perro cuando no entiende algo, y sus ojos por fin dejan los míos, enfocándose en la pelota. Muevo la mano y él me sigue —Sí, sigue siendo como un cachorro ¿Así serán todos los perros demoníacos del campo? ¿Tendrán razas? ¿Cómo saber si son hembras o machos? ¿Les levantan la pata y miran? ¿Tienen pata? ¿Alguien más sabe de esto?—. Hasta que me detengo en el aire y hago el movimiento inverso. Dudo en arrojarla ¿Qué pasa si la tiro y él no vuelve? ¿Qué pasa si la tiro y vuelve con algo peor? ¿Qué pasa si no la tiro?

Me arriesgo y la lanzo con todas mis fuerzas —que no es mucha porque no— y él desaparece al instante, sólo para reaparecer nuevamente con la esfera en su mano.

—¿Muy bien?… ¿Buen chico? No sé cómo felicitarte, la verdad.

Vuelve a ladear la cabeza y ya no sé qué es lo que entiende o no. Espero a que me lance la pelota, sin embargo, simplemente comienza a retroceder hacia el banco de niebla y yo me desespero.

—¿A dónde vas?

Y su única respuesta fue mover sus dedos y hacer señas para que lo siga, y eso es lo que hice, porque estoy aterrado y mi toma de decisiones es muy dudosa.

Hace rato que caminamos en línea recta y sigo sin saber dónde estoy, lo cual no está bien, creo.

—Entonces… ¿dónde estamos? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Dónde está mi abuelo?

Su respuesta —si la podemos llamar de esa manera— fue detenerse y ladear la cabeza, lo cual ya dejó de ser tierno.

—¡Decime algo! Lo que sea… por favor… hago lo que quieras, pero ayudame.

Por unos segundos no me responde —ni ladea la cabeza, que parece ser su respuesta para todo— y como si una soga tirase de él, cambia su dirección y “flota” hacia la izquierda con mayor velocidad.

—¿A dónde vamos? ¿Me llevás a donde está mi abuelo?

Esquivamos casas, recorremos pasajes y cruzamos avenidas —¿Quién hubiera pensado que este pueblo era tan grande?— y poco a poco comienzo a percibir que algo cambió. La niebla sigue siendo tan espesa como antes, sin embargo hay más luz. El silencio ya no es lo único que se escucha y está siendo reemplazado por sonidos que reverberan en la oscuridad. Se detiene bruscamente y yo clavo los talones en el suelo.

—¿Qué pasó? ¿Por qué paramos? —pregunto mientras observo a mi alrededor. Nos encontramos en una plaza o descampado, algunos árboles se alzan aquí y allá, como pequeñas torres de vigía, desde donde siento que algo nos observa—. ¿Dónde está mi abuelo? —pregunto una vez más.

La criatura se corre hacia un costado y me deja ver más allá.

Varios metros más adelante el suelo parece iluminarse, como si la tierra brillase de un color rojizo, y su luz se difumina en la niebla, creando una especie de aura a su alrededor. Me acerco lentamente y cuanto más lo hago, más me doy cuenta de que el suelo no es el que brilla, sino que es el fuego. Una porción enorme de tierra, de unos cuatrocientos metros cuadrados —así, súper específico— fue cavada en forma escalonada, como una cantera, y en el centro de la misma los obreros continúan su labor. Una fila de antorchas ilumina el contorno del pozo, mientras que cada obrero lleva una encima suyo.

Desciendo lo más rápido posible los escalones de tierra y ahí es cuando empiezo a notar rostros familiares. Gerardo se encuentra picando una enorme piedra con su pico, sin siquiera dejar una mella en la misma. A su lado, Jorge cava la tierra y arranca raíces arraigadas por los años, mientras que dos niños pequeños las guardan dentro de bolsas.

—¿Gerardo?

No responde. Me acerco a él y de reojo puedo ver un rostro aún más familiar que empuja una carretilla repleta de piedras.

—¡Abuelo! —grito. Corro en su dirección y lo abrazo con todas mis fuerzas, pero él no reacciona, simplemente sigue caminando—. ¿Abuelo? Soy yo ¡¿Abuelo?!

Pero nada sucede.

—Llevar piedras… —murmura.

—¿Qué?

—Llevar piedras… tengo que llevar piedras.

—No, no, dejá eso —le digo mientras suelto sus manos del mango de la carretilla.

Pero como si de repente alguien lo hubiese golpeado, comienza a gritar, despavorido, y se arroja sobre el trasto.

—Ll-llevar piedras, llevar piedras… —Se incorpora y prosigue con su tarea.

—Abuelo…

De repente, la tierra comenzó a temblar y todos se agazaparon, tapándose los oídos, mientras que una expresión de pánico y desesperación cubrió sus rostros. Se formaron pequeños montículos de tierra y de su interior emergieron unas criaturas pequeñas, con rostros deformes y su espalda repleta de raíces.

—¡¿Quién les dijo que podían detenerse?! ¡Sigan trabajando! —gritó una de las criaturas. En ese momento, todo se tornó negro y el mundo se apagó por completo.

—¡¿Qué?! ¡¿Abuelo?! ¿Abuelo?

Y así como se apagó, se prendió.

Frente a mí ya no está mi abuelo, ni Gerardo ni el resto del pueblo, ni siquiera esas extrañas criaturas que salieron de la tierra. Ahora hay una pequeña casa con un cartel que dice: “Pulpería”. En algunas partes la pintura blanca está destartalada, dejando ver el ladrillo que existe debajo. La única ventana está abierta y de su interior se oyen alaridos, risas, quejidos y el rasgueo de las guitarras. Junto a mí está la criatura de la pelota de ramas.

¿Saben qué? Vamos a ponerle un nombre ¿Qué les parece Teo? No, muy caniche ¿Timón? No sé si le gustan las cosas de Disney. Tampoco sé el sexo y como todos se ofenden con todo ahora… Ya está, te vas a llamar Ariel.

Ariel, que me mira fijamente. La luz del local ilumina la noche y me doy cuenta de que traspasa su cuerpo. Ariel me “mira” y desaparece en un torbellino de oscuridad.

—Esperá, ¿a dónde vas?… ¿Qué mierda hago ahora?

Observo a mí alrededor y lo único que me rodea es oscuridad, la única fuente de luz es el local. Tomo una bocanada de aire, aprieto los puños y entro.

La luz y el ruido me atontaron por un segundo, pero mientras regresaban a niveles más soportables, fui descubriendo el interior.

El lugar era muy grande, con algunas mesas distribuidas por el lugar, el piso era de tierra y de las paredes colgaban innumerables adornos y objetos como ponchos, bombachas, facones y boleadoras. Esas eran las cosas que podía reconocer, pero había otras que parecían ser plantas secas, frascos de colores variados, animales disecados e instrumentos. Hacia el fondo se encontraba la barra, cubierta en su mayoría por una reja, mientras que del otro lado estaba repleto de objetos similares a los que decoraban las paredes.

Sin embargo, la sorpresa no es por el lugar donde me encuentro, sino por quienes lo habitan. Un hombre, pequeño, muy pequeño, con una gran barba y sombrero de paja camina de una mesa a la otra, usando un bastón que lo triplica en tamaño. En la mesa, otro ser, similar a un niño pero con cabello dorado y un bastón que parece ser un signo de pregunta, ríe a carcajadas.

Del techo cuelga otro hombre pequeño —son todos pequeños— vestido con harapos verdes y que, al igual que el niño rubio, no puede parar de reír.

—Ese es un chuviño, el del techo. El que parece un nene rubio, pero que es más viejo que todos nosotros, es un Yacy Yateré, mientras que el barbudo es un Pombero —La voz proviene de una de las mesas más alejadas y mis oídos la reconocen más rápido que mis ojos.

—No puede ser… —se escapa de mis labios.

—Sí, puede. Te dije que íbamos a volver a vernos.

—¿Comisario?

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