Martes. Una semana había transcurrido desde el misterioso suicidio de la It girl, modelo y conductora Martina del Valle. Trataba de pretender que no me importaba, pero la verdad es que Mara me había quitado el control remoto para que no viera más repeticiones de programas de chimentos para saber las últimas novedades. Afortunadamente, eso no incluía mi celular y me enteraba todo por los portales de noticias digitales y el streaming. Había aprendido más de Martina en una semana que en toda mi vida.

Aún no se había realizado el cortejo. Aparentemente la justicia había retenido el cuerpo para más investigaciones. La carátula seguía siendo “Muerte Dudosa”. Las novedades en el caso habían sido la presencia de drogas en el departamento de la joven y su posible adicción a las mismas; pero yo estaba interesada en Antonio Alem.

Antonio había salido en el programa en el que solía trabajar su novia a través de un llamado telefónico exhortando a todos los medios a que los dejaran lidiar con su dolor en privado. Claro que este muchachito no entendía nada o quizás lo hacía para parecer el novio afectado de la víctima. En mi mente practicaba muchos escenarios en los que Martina quisiera decir “Alem”. Ninguno era bueno para Antonio. Él era un jugador de polo de primer nivel, heredero de una enorme fortuna y mi principal sospechoso.

En el trabajo estaba soñando despierta con hipótesis criminales cuando la jefa de personal me llamó la atención.

—¡Elisa!

—¿Sí, señora Peretti? —dije dando un respingo en mi escritorio.

—Te llamé hace cinco minutos al interno, los chicos de nivel inicial en primer año están sin docente —Me habló a los gritos.

—Oh, no sabía, no escuché el teléfono, estaba … —Literalmente tartamudeé porque no sabía qué contestarle, por lo que ella me siguió gritando:

—En las nubes, seguro pensando en algún enamorado. Cubrí el curso de Mrs. Funes ¡Ya mismo! Quickly! —Me gritó aplaudiendo con sus manos.

Me levanté torpemente y al hacerlo me golpeé con el borde del escritorio la pierna. “Eso va a dejar una marca” me dije cerrando los ojos de dolor. Salí disparada pese a todo y subí por la escalera que comunicaba al primer piso del instituto, donde estaba alojada el aula de los de nivel inicial.

El curso de Mrs. Funes era de niños de 6 a 8 años de edad. Eran mi mayor temor, no porque no pudiera explicarles las cosas, sino porque eran niños y no tenía mucho espíritu de maestra de primario. Yo creo que los niños presienten cuando uno no tiene el carácter para dominarlos o mantenerlos a raya y se abusan de una. Mara chasqueaba los dedos y los niños hacían lo que ella les indicaba, era su profesión y no les temía. En cambio, mi caso era el siguiente: los niños me aterran, ellos lo notan y todo se desmadra. Intentaría que el día de hoy fuera, distinto pero no me hacía muchas ilusiones.

Las risas salían de forma amedrentada del salón decorado con banderines y pósters con animales con sus nombres en inglés. Ya en la puerta me sentía nerviosa, sin embargo abrí con una enorme sonrisa de chica eficiente y repitiendo mi mantra de “No son demonios, no les tengo miedo”. Y también evocaba en mi mente a Gandalf gritando “You shall not pass!” en las Minas de Moria.

—Good morning, children! Mrs. Funes is not coming today —dije lentamente para que todos entendieran.

—Good morning, teacher! —Repitieron ellos cordialmente.

Eran alrededor de diez o doce. Ocupé mi lugar en el escritorio de la maestra y me dí cuenta al hacerlo de que mi media estaba corrida de la rodilla al talón, producto del golpe con el escritorio. Me dije a mí misma: “¡Qué martes mas nefasto!” De pronto también me di cuenta de que no iba a ser más nefasto que el martes de Martina y su muerte.

Miré el aula a mi alrededor con los niños sentados en sus pupitres bajitos y de color rojo. Todo rebozaba de vida y alegría. Esos niños no tenían idea de los oscuros pensamientos que rondaban mi mente, así que suspiré alejándolos de mi cabeza, empujándolos fuera de mí y me encargué de iniciar la lección del día. Los niños tenían que continuar leyendo una versión de “The cat in the hat” del Dr. Seuss y en eso gastaría toda mi mañana.

Luego de la Universidad, llegué al centro Cultural “Las rosas inglesas” con un poco de anticipación. Aproveché el momento para saludar a Miss Moneypenny y pasar un segundo al baño para quitarme las medias corridas que me habían enloquecido todo el día. En la universidad había tenido parcial y cuando se terminó, mi cabeza parecía un panal de abejas. No había tenido tiempo de cambiarme y para alguien con una ligera tendencia a obsesionarse una media corrida era la proverbial piedra en el zapato. Lo único que quería era huir de allí.

Ahora me hallaba haciéndome la contorsionista para quitarme las medias de nylon en el pequeño baño del centro cultural. El baño medía dos por dos y estaba decorado con azulejos blancos que cada tanto tenían uno con una roseta en pimpollo pintada. Parecía el baño de Barbie que incluía un aspersor aromatizante de frutillas. Cuando mi codo golpeó con fuerza la puerta provocando un sonido sordo, me percaté de que podía llamar la atención de alguien. Con mi suerte de estos martes, seguro Valentín Anderson estaba del otro lado.

Aguardé unos segundos en silencio y luego tiré de la maldita media sin piedad, la hice un bollo y la metí en mi bolso. Volví a calzarme los zapatos, unos botines blancos con tachas de taco Luis XVI que Mara me había regalado y venían de Europa, como ella. Salí del baño torpemente solo para chocar con Darío.

—Cuidado, princesa —me dijo con desparpajo y se quedó mirándome más de lo usual.

—Perdón, no te vi —Me disculpé acomodando el carterón sobre mi hombro.

—¿Saliste de la lucha libre, Eli? —me dijo dando una mejor mirada.

—No te entiendo…

—Tu cabeza parece un nido de caranchos y viento… lo que se dice ventoso, no está. Si un hombre salía detrás de vos, daría para pensar. Pero saliste sola, lo que da para pensar muchas cosas más… ¿Una selfie hot? —Sugirió entre risas.

Me llevé la mano a la cabeza y noté que el mechón que hacía de banda elástica para mi coleta, usualmente ajustado con unas horquillas, se había zafado de su agarre y ahora se desarmaba mientras caminaba por el pasillo. Darío vio mi cara de horror y, sin darme tiempo, dijo:

—No, no no. No te alarmes, yo lo arreglo, girate un poco —habló, mientras con sus manos quitaba las horquillas y con sus dedos elegantes desparramaba mi cabellera—. Date vuelta.

Antes de que pudiera quejarme, tomó un mechón de mi flequillo y lo abultó ajustándolo con las horquillas, luego apartó el cabello, colocándolo sobre mis oídos y se felicitó.

—Voilá: un peinado ochentoso que pega con las botinetas que llevás. Deberías agradecerme.

Monnypenny nos miraba desde la otra habitación y debió percibir mi cara de nena boba al verme en el espejo de mano que había sacado de mi carterón blanco.

—Nada mal —le dije y le di un beso en la mejilla.

—No hay de qué ¡Sabés las veces que tuve que ser mi propio asistente de vestuario para los shows! —me dijo humildemente con una sonrisa.

—¿Qué es lo que hacés realmente? ¿Teatro? ¿Música? —pregunté curiosamente, no había tenido muchas oportunidades de hablar con cada miembro del club en solitario. Darío era el más cercano a mí, en edad y en compañía.

—Algo así. Es una varieté, claro que no puedo mostrarte mucho. Digamos que si traés a Úrsula se cae de culo o me persigue con un puntero para aleccionarme.

—No sé cómo haces, yo todavía estoy con los nervios de punta —Le confesé de pronto al joven con el tapado largo negro al estilo prusiano y los borcegos de charol.

—Silenciaste el chat, ¿no? Porque te vi desaparecida de las charlas toda la semana —dijo seriamente.

—Sí, lo hice, es verdad. No podía lidiar con todo… — Admití, avergonzada, por haber ignorado al grupo.

—Valentín nos cagó a pedos porque te atosigamos un poco con el tema —Me confesó el joven y yo me sorprendí.

Valentín era muy atento. Atento, apuesto e inteligente… ¡Elisa, calmate!

—Bueno, no creo que te salves de las preguntas hoy, Eli. Yo contesté las que más pude, pero la que la vio fuiste vos. No creo que Eduardo te deje en paz. A mí no me dejó ni a sol ni a sombra.

Nos dirigimos al salón del Club y parte de mí anticipaba todo el cuestionario. Lo cierto es que mi mente vagaba hacia el tema cuando menos lo pensaba. Era como algo atado a una parte de mi razón que me arrastraba a revivirlo. La lluvia, el vestido de fiesta, sus palabras…

—Hola, querida —Me saludó Úrsula y Nicanor asintió con la cabeza al mismo tiempo que Oksana llegaba detrás de nosotros.

—Hola a todos —Saludó la médica al grupo.

Cada uno se sentó en un lugar formando un semicírculo. Miss Moneypenny entró con la bandeja con un termo de café, un bol de galletitas dulces, los vasos descartables, el recipiente de azúcar y el de edulcorante. Luego de eso, Valentín fue el siguiente en llegar vistiendo un elegante traje combinado: era un pantalón negro y una chaqueta de terciopelo con ribetes negros. Traía un maletín consigo y nos habló enérgicamente:

—Lo siento, tuve que venir del trabajo ¿Ya estamos todos?

—Falta el joven periodista —dijo Úrsula con su voz dulce.

Personalmente yo no le echaría en falta. Si podía evitar su interrogatorio, estaría feliz. Valentín miró su reloj de marca. Sin dudas no era un pobre profesor si podía pagarse ese reloj, debía tener mejores ingresos que el de un docente universitario. Me dio curiosidad. De hecho, él estaba vestido más elegante que de costumbre. En la reunión anterior parecía un poco bohemio, pero hoy era un empresario hecho y derecho. No es que me esté quejando, él era una aparición cuya presencia alegraba mi vida monótona. Saber que había fustigado a todos para que me dejaran en paz, solamente le hacía más adorable a mis ojos. Me dedicó una sonrisa simpática —o eso quise interpretar. Quizás todos pensaban que le sonreía a ellos. No me importaba, atesoraría esa sonrisa para mí.

—¿Les parece esperarlo? ¿Alguno habló con él? —Consultó Valentín para la clase, algo preocupado.

—Me clavó el visto hace un rato… —dijo Darío frunciendo los labios.

Valentín asintió con la cabeza y respondió:

—Bueno, iniciaremos sin él. Hoy nos toca terminar el debate de “El misterioso señor Brown”, pero antes quiero decirles una cosa. Elisa —Me tomó de la mano y nuestros ojos se encontraron en una mirada… qué gris más hermoso. Podría contemplar esa mirada todos los días de mi vida. Traté de no incomodarme, pero la verdad es que podía sentir el rubor de mis mejillas encenderse—. No somos insensibles con tu experiencia y por eso no hablaremos del tema durante la reunión del club —Me soltó la mano y apoyó su brazo en el hombro de Darí—. Y lo mismo es para vos. Sabemos que es difícil y es el tema del momento, pero aquí hablamos solamente de Clarissa Miller. Dicho eso, ¿qué les pareció el resto de la lectura? ¿La disfrutaron? —Volvió a dirigirse al taller recuperando el tono jovial y distendido del debate.

Oksana comenzó a hablar mientras se soltaba el moño que ajustaba su larga cabellera pelirroja.

—Me gustó mucho Tuppence, muy juvenil y osada. Un poco descocada realmente, pero era otra época. Los locos años veinte.

—Yo me la re imaginé disfrazándose de mucama francesa con peluca rubia estilo años veinte y me reí mucho con esas escenas. La cantante de ópera, una insoportable —contestó Darío jocosamente.

—Las cantantes de ópera siempre suelen ser retratadas como divas insoportables —Acotó Úrsula con su voz de bondad—. Yo tenía una amiga cantante de música lírica y tenía sus particularidades, pero no era una diva insoportable.

—Pero no era una diva, era una espía —Agregó, escandalizado, Nicanor—. Es históricamente correcto pensar en una espía en un lugar de estrellato ¿Sabían que siempre se dijo que el actor Errol Flynn era un espía?

—¿Quién? —pregunté sin conocimiento alguno. Nicanor tenía el efecto de hacerme sentir estúpida.

—Un actor de los de antes, querida —Me animó Úrsula con una palmadita en la espalda—. Era un bombonazo… Ah, si habré ido a las funciones continuadas para verle —Suspiró la anciana.

Darío lo googleó en su tablet y me mostró una foto de él. Lo encontré parecido al actor de “El zorro” y Úrsula casi se escandaliza con mi comentario.

—¡Por supuesto que no! ¡Guy Williams era más morocho y tenía menos porte!

—Lamento interrumpirlas, pero estamos desviando nuestro curso, señores ¿Y la intriga alrededor de Mr. Brown? ¿Alguno adivinó el final? —preguntó, enarcando una ceja, Valentín.

—Yo lo adiviné por la mitad de la lectura. Era la respuesta más lógica posible luego de la muerte de la cantante —respondió Nicanor en el extremo del semicírculo.

—Disculpen la demora, dudaba en aparecer, pero simplemente ¡No podía no hacerlo! —gritó Eduardo desde el marco de la puerta. Su tono apremiante hizo añicos el ambiente amigable que se había generado. Toda nuestra atención se dirigió a él, que lucía algo demacrado y ojeroso.

—Pasá, Eduardo —dijo Valentín, levantándose de su asiento, haciendo un ademán—. Recién comenzamos, hace unos minutos.

—Siento mi demora, es que tuve que escribir un artículo para el diario, de último momento.

En su cara vi una señal de satisfacción, como si estuviera esperando a que le preguntásemos de qué se trataba. Yo no iba a hacer ese honor, el periodista tenía una ética desagradable desde que me había perseguido con el tema de Martina. Fue Úrsula la que hizo los honores:

—¿Qué fue la noticia que lo retuvo?

Mientras se quitaba su abrigo y lo colocaba al respaldo de la silla, una sonrisa calculadora buscaba generar expectación en todos los miembros del club de los martes. Finalmente, se deshizo de la bufanda de cachemira roja terracota, la apoyó delicadamente y dijo:

—Ya no se investiga un suicidio en el caso de Martina del Valle… se trata de un asesinato —respondió acentuando la última palabra con un tono dramático.

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