Nuevo Orden Mundial

Recuerdo una escena de hace algunos años atrás, cuando todavía estaba en la escuela secundaria. Le digo “escena” a un momento concreto de mi vida real porque realmente parece construida cada vez que la cuento y confío en que dicho recuerdo no es producto de una mala memoria, sino de una experiencia, por lo menos, surrealista.

En mi colegio siempre hubo una extraña fascinación por las teorías conspirativas. A decir verdad, hoy, en la distancia, creo que era una especie de fetiche, una paranoia a lo Bart Simpson envuelto en papel de aluminio. Sí, porque a ese grado de insistencia se llegaba con el tema, así que me tocó escucharlo hasta que egresé.

Bart Simpson - Conspiración

Entonces, yo estaba sentada en una esquina del salón y levanté la mano para explicar algunas cosas que había investigado sobre la masonería y que, casualmente, había visto en un informe periodístico, en donde el Gran Maestre se había explayado a gusto. Todo lo que dije refutaba la afirmación de mi profesor quien, tirando de su barba —un tic que aún mantiene cuando reflexiona— y poniendo lo que llamo “ojos de sospecha”, lanzó una pregunta cargada de desconfianza:

¿Y vos cómo sabés tanto?

Entre esos interrogantes se establecía con cierta firmeza la duda acerca de una posible conexión entre mi humilde persona y la masonería argentina, lo cual me convertía automáticamente en una infiltrada, lo que es igual a ser una constructora enemiga de la iglesia (no olvides que son rivales declarados, según infinidad de películas hollywoodenses y citas de próceres). Al final fue bastante gracioso.

Mi alumna no es masona. Podrá ser pagana, homosexual, feminista, masona, pero nunca una sincretista religiosa.

Mi profesor aseguraba cosas como que los sacerdotes tienen que estar a la cabeza de los Estados, porque son como seres superiores; que eventualmente la economía se convertirá en la religión planetaria y, por ende, el nuevo líder espiritual será ese bróker para invertir que eligen los holgazanes y que son designados por las infernales bancas internacionales; que las fronteras desaparecerán junto con el concepto de Patria, Nación y Madre (?); que el Nuevo Orden Mundial —que, en teoría, es muy secreto, pero él conoce al dedillo— se puede leer en el diseño del dólar (tanta planificación y fueron a elegir el objeto más manoseado de todos para esconderlo), en la estrella de cinco puntas que en realidad es una cabeza de chivo o que se ejecuta a través de la izquierda y del capitalismo en una suerte de dragón de dos cabezas (!); que los seres humanos perderemos los dedos chiquitos de los pies por falta de uso, que el avance de lo New Age se debe a la manipulación de las vacunas y que si el virus del HIV puede atravesar un plato de loza cómo no va a atravesar un pedazo de látex.

Todo esto mientras batía en el aire y con orgullo un diploma encontrado en un libro usado en su época de librero. Ese diploma anunciaba que un señor de nombre desconocido había alcanzado el malbendito grado 13, el más alto y perfecto de todos en la jerarquía masónica.

Aunque no lo creas, esta era una parte fundamental de la educación que recibía en la materia “Historia”, en donde arranqué a estudiar al hombre de las cavernas de la mano de Adán y Eva.

Esta fue sólo la primera parte de mi misión para dejar al descubierto un plan que lleva décadas ejecutándose porque, claro, los primeros arquitectos que diseñaron las catedrales sabían lo que pasaría hoy. Así que, cargada con todos mis conocimientos de Fox Mulder, te espero la próxima semana para que disfrutes del listado de pruebas irrefutables que dan cuenta de que el Nuevo Orden Mundial ya está aquí y es ahora. Y sí, claro que empezaremos con el dólar.

Y, por si no se notó, estuve siendo sarcástica.

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