Lo que habita en la oscuridad - capítulo 5

El fuego consume todo a mi alrededor. Las pocas casas que siguen en pie se ven acechadas por las lenguas del fuego. Todo es caos, la gente grita y corre sin detenerse un segundo para pensar qué está haciendo o a quién se llevó puesta. Mi abuelo está a mis pies, sin responderme. Sé que está lastimado pero no soy capaz de ayudarlo, no con él frente a nosotros. Su piel es rojiza, sus patas de carnero lo hacen ver un poco gracioso —creo que éste no es el momento para notar estas cosas— y en su frente tiene dos enormes cuernos.

Sus ojos negros están fijos en mí y sé que mi vejiga no va a aguantar mucho más.

El infierno de Hueñauca está a punto de expandirse por todo el país.

Esperá, frename esa narración ahí. Probablemente te estés preguntando cómo llegué a esta situación, porque si hacemos memoria, la última vez que les conté qué pasaba, yo estaba a punto de ser sacrificado por un grupo de fanáticos. Bueno, pasaron tantas cosas en el medio que, sinceramente, me olvidé de ustedes. Por eso, mejor vayamos una hora para atrás, así les cuento bien cómo se fue todo a la mierda.

—Este año nadie va a impedir la finalización de nuestro muñeco. Este año, Hueñauca vuelve a nosotros —Me miró otra vez y su expresión se volvió seria—. Y acabamos de conseguir nuestro sacrificio.

—¿Qué? —pregunté perplejo.

—Que te vamos a sacrificar.

—¿Qué?

¿Viste cuando alguien te dice algo y no entendés qué te dijo, y le respondés dos veces: “¿Qué?”, pero cuando te lo repite por una tercera y seguís sin entender, decís “¿Sí?” y rezás porque no haya sido algo importante? Bueno, no estaría siendo mi caso.

—Que te… ¿No se me entiende? —preguntó preocupado.

Uno de los hombres del grupo se acercó al viejo y apoyó una mano sobre su hombro.

—Tranquilo, Jorge, se te entiende. Igual, ¿te acordás que no hacemos más sacrificios?

—¿Cómo que no?

—No, desde el 92 que lo dejamos. Mucho enchastre y horas de terapia, no era redituable.

—¿Entonces qué hacemos?

—Prendemos fuego al muñeco, hacemos el cántico y esperamos que venga Hueñauca. Lo mismo de todos los años.

—Bueno…

—¿Puedo bajar los brazos? —pregunté con el menor temblor en mi voz posible. Todos los ojos se volvieron a fijar en mí.

—¡Sí, perdón! Bajá los brazos tranquilo —dijo el hombre mientras un grupo de nenes se llevaba al viejo hasta un banco—. Disculpalo, ya está viejo para la ceremonia.

—¿Ceremonia donde matan gente? —pregunté algo desesperado.

—No, no. No te preocupes.

Me llevó hasta un espacio apartado del salón, donde tenían preparada una mesa con sanguchitos de miga y vasos con Coca, y nos sentamos. Agarró dos de jamón y queso y me dio uno a mí.

—Entonces, perdón por lo de recién —Luego de un silencio muy incómodo, agregó—: Imagino que sos del pueblo vecino y por ende venís a cumplir su tradición.

—Sí, ponele ¿Es verdad que mataban gente?

—Nah, eran animales, más que nada chanchos. Era fácil: lo sosteníamos de las patas y alguien con un cuchillo le cortaba la garg…

—Bueno, bueno, bueno. No quiero saber

Dios, la gente del campo y su falta de emociones. Bueno, no todos son así, obvio. Bueno, supongo que los trabajan en mataderos sí, pero los que viven en el pueblo no. O por ahí sí. Tal vez debería dejar de juzgar a todo el mundo. Te estás yendo por las ramas. Perdón.

—Perdón que pregunte, ¿pero qué es esta tradición? ¿Cómo terminaron sacrificando animales a un muñeco de paja?

—Mirá, por lo que me contaron… porque esta fiesta viene de hace mucho… es que nuestro pueblo arma un muñeco para invocar a Hueñauca, pero el pueblo vecino siempre lo tiraba abajo y construían un muñeco ellos mismos. Se hizo todos los años y siempre termina igual, el pueblo vecino gana.

—Okey… ¿Y quién es este Hueñauca?

—Es el Diablo.

—Ah, okey —Eso no está okey. Nada de esto está okey ¿Cómo hago para siempre terminar en estas situaciones? —¿Y alguna vez pudieron invocarlo? —Eso, fingí seguridad.

—No, no.

—Ah, qué lástima.

¡¿Qué lástima?! ¿Eso se te ocurre decir?

No hace falta decir que el resto de la charla fue algo incómoda, para mí al menos, considerando mi inutilidad para ser un ser sociable. Sin embargo, me gustó enterarme sobre la vida de Gerardo —Sí, se llamaba Gerardo—, sobre su mujer María Emilia y su nena Jésica; está por empezar segundo grado. Hasta me confesó que nunca le gustó mucho esta fiesta, lo cual tiene sentido, teniendo en cuenta que vas a invocar al Diablo en la Tierra. Obviamente le pregunté por qué la seguían festejando y simplemente me dijo: tradición.

Lo que me dijo me dejó pensando. Es verdad que muchas veces la gente sigue una tradición sin considerar que los tiempos ya no son los mismos y, muchas veces, las consecuencias de la misma son nefastas. Aunque también está la otra parte, donde la tradición nos mantiene a todos a salvo. Igual, me niego a creer que el pueblo de mi abuelo sea el encargado de impedir el apocalipsis argentino todos los años.

Bueno, ahora es cuando todo empezó a salirse un poco de las manos.

Gerardo me llevó de vuelta hasta el muñeco, explicándome cómo estaba armado y dónde estaba la parte que yo tenía que sacar para desarmarlo completamente —lo cual me pareció súper útil y práctico— y cuáles eran las normas de seguridad para que nadie saliera lastimado.

—Entonces, ¿cómo hacemos?

—La cosa es así. Nosotros empezamos el cántico en… —Chequeó el reloj en su muñeca—. Quince minutos más o menos. Cuando estemos por la mitad, yo te hago una seña, venís y lo desarmás.

—¿Así de simple?

—Sí, lo quiero hacer rápido y sacarme el tema de encima.

—Me parece lógico de tu parte. Bueno, ¿me paro acá?

Gerardo asintió con la cabeza y se acercó a Jorge, quien ahora se encontraba frente al muñeco gigante, con un libro en una mano y una antorcha en la otra. —Sí, es tan cliché y ridículo como suena—. Y luego de que varios compartieran miradas y afirmaciones, comenzó la ceremonia.

Era lenta la cosa. No sé si era Jorge que leía a dos por hora o que el cántico era largo, pero fue eterno. Pude ver que no era el único, porque había varios que cambiaban el peso de una pierna a la otra, los nenes ya estaban sentado en el piso y otro de los viejos se había quedado dormido en el asiento.

—¡Pst! Rodolfo Junior —Escuché un murmullo que provenía de la puerta. Miré extrañado y vi a mi abuelo, escondiéndose detrás de la madera —Rodolfo Junior, vení.

—¡Abuelo! ¿Podés no llamarme más Rodolfo Junior? —le dije mientras me acercaba.

—¿Dónde estabas?

—Acá, hombre, donde está el muñeco —Expliqué señalando al coloso—. ¿Dónde estabas vos? Fue idea tuya hacer todo esto.

—Estaba haciendo reconocimiento del territorio enemigo.

—Te perdiste.

—No, estaba haciendo reconoci… Sí, me perdí, ¿algún problema?

—No, no.

En ese momento todo el salón se iluminó. Se escuchaban festejos, pero también gente expresando sus dudas. Después de todo, nunca habían llegado tan lejos con el ritual. Me giré rápidamente —casi que me parto el cuello— y vi cómo el fuego se comía la paja del muñeco. A los pies del mismo estaba Gerardo, haciéndome señas, desesperado.

La puta madre.

Las llamas alcanzaron la cabeza y los ojos rojos brillaron por el infierno que los envolvía, como si tuviesen uno propio en su interior. En ese momento, una voz cavernosa empezó a oírse en el salón. Todos nos quedamos quietos. No podía entender lo que estaba diciendo, pero dudaba de que fuese algo bueno o cariñoso.

De repente, el lugar comenzó a temblar, se abrieron grietas en el suelo y las vigas del techo se partieron.

—¡Afuera todos! —gritó Gerardo y todo el mundo hizo caso. Tanto caso que casi nos llevan puestos a mi abuelo y a mí.

Cuando por fin salimos a la calle, todo el pueblo estaba temblando. Las casas se tambaleaban de un lado para el otro, rompiéndose ante el extraño movimiento. Del interior de algunas comenzó a salir humo y fuego. La gente comenzó a correr por el pánico, pisándose unos a los otros, creando más pánico.

Sentí que alguien corrió por atrás mío y se llevó por delante a mi abuelo, quien cayó al piso y se golpeó la cabeza. Quise ayudarlo pero, de repente, el suelo a unos metros se agrietó y su interior brillaba con un color anaranjado. Pude ver cómo una mano con garras emergió de su interior, luego otra y, por último, los cuernos. Su piel era rojiza, sus ojos negros y sus patas de chivo. Me miró fijamente y una sonrisa se abrió paso por su rostro.

Y ahora volvemos al tiempo presente.

No puedo moverme. No entiendo cómo tengo que hacer para que mi pierna dé un paso hacia atrás, mi cerebro no reacciona. Puedo ver cómo Hueñauca se acerca, el piso partiéndose bajo cada una de sus pisadas, pero yo sigo sin poder moverme. Me lleva casi tres cabezas de alto y huele a podredumbre —mi vejiga está al límite—.

—Gracias —El Diablo me acaba de agradecer—. Si no fuera por vos, no hubiera podido liberarme de mi prisión. Y como soy un ser generoso, voy a dejarte vivir en mi nuevo mundo.

—¿Qué?

Veo cómo levanta su mano y clava la punta de una de sus garras en mi frente. Siento la gota de sangre caliente que cae por ella. Ya no puedo sentir nada más y todo se torna negro.

¿Viste cuando tomaste mucho la noche anterior y te despertás con una resaca y dolor de cabeza que pedís, por favor, que te maten? Bueno, eso no es nada comparado a cómo me estoy sintiendo. Abro los ojos despacio, preparándome por si hay algo brillante cerca que me pueda dejar ciego. Pero lo único que veo es un cielo gris.

Me levanto despacio e intento ubicarme. Todo está cubierto por una niebla densa que no me deja ver más allá. Me termino de levantar, a mis espaldas está la iglesia ¿Dónde está todo el mundo? ¿Dónde está mi abuelo? ¿Dónde carajo estoy?

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