harry potter

Leer implica establecer un pacto con el autor y con la historia. Sobre todo si nos referimos a fantasía, magia y realidades paralelas. El lector debe aceptar el verosímil que el escritor plantea y entrar de lleno en él para comprender el mundo ficticio. Rowling ha sido experta en esto, al punto que miles de muggles hemos llegado a preguntarnos si realmente existe un universo mágico al que no tenemos acceso.

Cuando no logramos aceptar ese verosímil, puede que te suceda lo que a mí con 22/11/63, de Stephen King. La lectura carece de sentido, aburre y sólo te cuestionás lo que sucede en una especie de berrinche. “Esto no funciona así en el mundo real”, “Esta línea está mal pensada”. No obstante, debo admitir que —en mi caso— esta novela terminó por resolver mis planteos y pude avanzar con ella. Finalmente puedo decir que la amo. Pero las páginas de enojo, capricho e incertidumbre no fueron gratas.

También podemos deslizarnos tanto dentro de la realidad planteada que fantaseamos con lámparas maravillosas, sabios que resuelven nuestras vidas, máquinas espectaculares que transforman los quehaceres domésticos en nada y añorar ese mundo como si hubiésemos vivido en él desde siempre.

Pero… ¿Qué pasa cuando el verosímil trasciende la historia? ¿Cuando la historia se disuelve en afán comercial, datos irrelevantes y fiebre de consumo? Trataré de brindar mi postura en torno a esto.

Imagen: Madame JuJu

Rowling, la mediática


J.K. Rowling, autora de la saga.

Hay una realidad innegable: la saga Harry Potter marcó un hito en la historia del comercio editorial. Podemos discutir sobre la literariedad de la obra, pero no sobre su éxito rotundo. Se calcula que se vendieron más de cuatrocientos millones de copias y que fueron traducidos a casi 70 idiomas.

Esta fiebre potterhead situaría a su autora, la británica J.K. Rowling, en el centro de una vorágine. La cantidad de especulaciones previas a la publicación de la última entrega aumentaba a medida que se popularizaba el uso de foros y redes sociales. Los fanáticos estaban fervorosos por saber más del mundo mágico. Y Rowling estaba siempre dispuesta a brindar conferencias y notas sobre su obra.

Hasta acá, vamos bien.

Tras concluirse la publicación de los siete libros de la saga, la desazón se apoderó de la horda de fanáticos ¿Qué pasaría con el mundo mágico, con las aventuras de Potter y con nuestras vidas? Frente a la promesa de no extender la historia a más de los prometidísimos siete libros, un nuevo canal se abrió paso para saciar la sed de Potter: las redes sociales.

Abrirse al cierre


El estreno de la segunda parte de la versión cinematográfica de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte siginificaba, para muchos, cerrar esa etapa. Concluir con ello. Aceptarlo y admitir que ya nunca nos llegarían nuestras cartas de Hogwarts.

Los libros nos dejaban en claro una cosa: tras el desenlace del conflicto, pasan diecinueve años y sabemos qué es de ellos, cuántos hijos tiene cada protagonista y con quién se casan. Fin de la historia. Este capítulo (casi un anexo) sólo parecía cumplir la función de evitar secuelas apócrifas. Nos decía que cada personaje estaba donde debía estar. La saga concluía —aparentemente— para siempre.

De todos modos, las generaciones de lectores se renovaron y se volvieron más anhelantes de detalles. El pacto de lector era insuficiente: se aceptaba la ficción pero se deseaba ampliarla, mejorarla. Además, estos jóvenes tenían una herramienta poderosa de la que carecí a mis diez años. Internet salvó el espacio entre la sed de consumo de los lectores y la sed de ventas de las editoriales. Todos tendrían lo que querían.

Imagen: Taringa

Rowling parecía “abrirse al cierre” (pueden encontrar la referencia leyendo Harry Potter y las Reliquias de la muerte), aceptar su destino y entregarse a esa masa de adolescentes que tenían preguntas a veces lejanas a la trama, aprovechar que el fuego seguía vivo y echarle leña cada tanto.

Valiéndose de su cuenta de Twitter (red social mediante la cual mantuvo en vilo a toda la comunidad potterhead), agregó hechos a más no poder. Que Dumbledore era gay, que George nunca pudo invocar un patronus tras la muerte de Fred, que Hedwig es un animal simbólico, que los Malfoy no son enviados a Azkaban (prisión para magos), que la sala común de Hufflepuff está cerca de las cocinas. Y etcétera, etcétera, etcétera.

El problema de los hechos periféricos


La trama tiene un núcleo definido, que plantea una batalla entre el bien, el mal y las pasiones y debilidades humanas. Tal como fueron escritos, los libros resuelven este conflicto satisfactoriamente, y además tocan temas desprendidos de la vida misma: la amistad, el amor, la soledad, la adolescencia, la familia, la pertenencia, sólo por mencionar algunos.

Entonces, ¿qué aportan estos datos al azar a la construcción del universo Potter?

Imagen: Tumblr

NADA.

Nada relevante, al menos. Son hechos periféricos que no suman a la trama ni la enriquecen. No la modifican en lo más mínimo. Se trata de una suerte de datos curiosos que pueden pasarse por alto y el sentido inherente quedaría intacto.

Al contrario (y hablando desde lo meramente personal), el mundo mágico se diluye en esta sucesión de hechos irrelevantes. Las preguntas disparadas a Rowling mediante Twitter bien pueden satisfacer curiosidades personales, pero no reflejan rupturas con el texto (es decir, conflictos en el sentido más profundo). No significan una lectura profunda, movilizadora ni activa. Simplemente, se realizan preguntas que (con un poco de sentido común) se resuelven casi por sí solas.

No intento defenestrar a los anexos de la historia en sí. Resultan interesantes, por ejemplo, los aportes de Rowling en Pottermore. Esta página invita a hacer un recorrido por los libros mediante juegos multimedia. Dividido por tomo y por capítulos, podés desbloquear contenido adicional. De este modo, accedés a pequeños informes sobre distintos aspectos del proceso de escritura: construcción de personajes, fuente de inspiración, mitología, cosmogonías.

Pottermore

Si bien esta información resulta también irrelevante a fines prácticos, considero que familiarizarse con el proceso de escritura ayuda a una lectura crítica y atenta. No atañe directamente a la historia y no pretende posicionarse como información intachable.

Estoy convencida de que los libros son un todo inalterable (a menos que hablemos de Borges, que podía permitirse el lujo de corregir sobre corregido). La ficción construida abarca —o debiera abarcar— aquello que está explícito. Lo que queda por fuera de las páginas escritas queda axiomáticamente fuera del universo.

El poder del lector

Un libro posee un carácter propio y habla por sí mismo. Donde habla la obra, calla el autor. Y al momento de ser abierta, quien interpreta la obra es quien lee. O, como escribiera Umberto Eco, “un texto es una máquina perezosa que desea implicar a los lectores en su trabajo, es decir, es un artilugio concebido para provocar interpretaciones”.

Imagen: International Business Times

Creo que servir respuestas a las preguntas indolentes es subestimar la imaginación del lector. Quiero decir: si Rowling como escritora quería dejar claro que Dumbledore era homosexual, ¿por qué no lo escribió en su libro?

Si bien la tarea de la edición deja por fuera muchos sucesos narrativos, es imperativo que aquello realmente significativo a la historia subsista. Lo que ha quedado eliminado (o nunca se ha escrito, hay que decir) es objeto de la interpretación del lector.

Agrega Umberto Eco:

“El texto está ahí, y produce sus propios efectos. Tanto si así lo quiere como si no, nos vemos ahí confrontados con una cuestión, una provocativa ambigüedad, y [como autor] me pierdo a la hora de resolver ese conflicto, si bien me doy cuenta de que un significado está allí al acecho”.

En efecto, Eco fue un escritor que separaba su intención de su producción: ha descrito cómo a lo largo de su carrera se encontró con interpretaciones que ni él mismo había sospechado. Asimismo, se topó conque muchas de ellas eran perfectamente válidas, ya que el texto no decía lo contrario.

Entonces, los lectores son activos y modifican la novela cada vez que la interpelan. Las palabras del autor poco aportan si no es para aclarar algo que resulta incoherente o absurdo. De este modo, Rowling quita a sus lectores el poder que tienen sobre su lectura. Limitar el mundo a respuestas escuetas y tajantes coarta la imaginación, la lectura activa y la libre representación de la ficción misma.

¿Cómo leen los jóvenes?


Esta pregunta resulta inevitable si tocamos el tema de hipercomunicación ¿Fomenta la lectura atenta el hecho de tener a mano al autor para que responda cualquier duda? Indudablemente, no.

Imagen: Statistic Brain

Estamos cada vez más acostumbrados a tener al alcance de la mano la respuesta a todo. Y esto se multiplica en chicos que entienden a Internet como la única autoridad para resolver problemas. No es fácil batallar contra este gigante: su sencillez y velocidad es una tentación irresistible, hasta para los adultos.

Leer debería desarrollar la imaginación, los sentidos, ayudar a indagar, a preguntar, investigar. De todos modos, es notorio cómo cada vez más chicos se sienten temerosos de interpretar, de decir y opinar libremente. Es que frente a la autoridad informativa que tienen las Redes, los humanos perdemos autonomía, nos volvemos dependientes del mundo cibernético. Hasta da la sensación de que equivocarse está mal.

Imagen: The Telegraph

Para que se gesten lectores activos, considero que debe haber una serie de factores que lo sustenten: interés, confianza, debate, respaldo teórico y retórica. Son elementos que se encuentran estrechamente ligados, aunque parezca lo contrario.

Del interés parte la necesidad de conocer más, sumergirse en el texto y en el tema. El respaldo teórico acompaña este recorrido de conocimiento. Los demás son herramientas que facilitan la libre expresión y se adquieren y afianzan en este recorrido de lectura activa. Es necesario fomentar este ejercicio para evitar(les) caer en el facilismo de preguntar al señor Google que, finalmente, estanca el proceso de construcción de un recorrido lector pleno.

Pensar cómo son los jóvenes lectores nos va a ayudar a formarlos y, por ende, a que no caigan en la comodidad de preguntar a Rowling sobre qué deben permitirse imaginar.

Todo lo demás, es puro comercio.

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