MOONLIGHT

Con Trump en contra del planeta y la efervescencia mundial del movimiento feminista en lucha por derrocar al patriarcado opresor, tenemos como ganadora del Óscar una película sobre lo mal que la pasa un negro gay ¿Por qué ganó el Oscar? Porque su protagonista es negro, gay y la pasa mal. Y no porque tiene una fotografía hermosa, un montaje entrañable, un guión milimétricamente logrado y grandes actuaciones ¿En dónde reside la gravedad del asunto?

Vamos a ver, está bien que el negro gay la pase mal. O, mejor dicho, está mal. Y está mal que esté bien que la pase mal. Pero es lo normal en la historia —y en la vida—, lo lamentable pero normal. Y el protagonista lo sabe ¿Pero qué hacemos con lo lamentablemente normal? Es lo que los guionistas nos tenemos que preguntar. Lo amainamos con el consuelo de una masturbación y aceptamos que es lo que nos toca. Negros y gays somos reconocidos y compensados por el mundo que se compadece de nosotros con una estatuilla y nos quedamos tranquilos. Y el mundo, que no es negro ni gay, pero es sensible, también.

Uno podría creer que premios a películas como ésta son reivindicativos de los sectores históricamente oprimidos, de los despreciados por su origen o su preferencia sexual. Pero no podemos pecar de ingenuidad y pasar por alto que la historia castiga al negro gay por negro gay y a la prostituta drogadicta por prostituta y drogadicta. Puro placebo.

SUBLIME PLACEBO


Técnicamente es una película por demás destacable.

La fotografía azulada de claroscuros propone un clima entre onírico y nostálgico retratando distintos momentos de la vida de Chiron como en un repaso lejano y sensible sobre su pasado. Con una cámara de apariencia documental que capta pequeños sucesos con supuesta aleatoriedad, nos permite empatizar fácilmente con él aunque sin compadecernos.

Alguien dijo que se destacan sucesos de “aparente” felicidad evitando así caer en la conmiseración, pero yo creo que aquella es en verdad una felicidad completa, absoluta y para nada aparente. Pero son pequeños instantes de realización en una extensa vida de segregación, soledad y sufrimiento de un personaje que parece no merecer la felicidad.

Otra de las grandes virtudes de Moonlight es la banda sonora. Y precisamente estos momentos de los que hablamos están acompañados por sonidos de presencia excesiva, como las olas del mar cuando Chiron aprende a nadar y que, al compás de los violines angustiantes y enigmáticos, nos sumergen en el mundo de aislamiento y melancolía del personaje.

DESTINO INEXORABLE


Paula, la madre de Chiron, luego de haber vivido cada vez menos atenta a su hijo, se siente culpable y pide perdón por no haber sido la madre “ideal” (¿Cuál es esa madre?), por no haber podido lidiar con su vida (¡Quién pudiera!), con la de su hijo (¿Y dónde está el padre que no reconoció a ese hijo pidiendo disculpas por no haber siquiera intentado ser padre habiendo delegado toda su responsabilidad sobre la madre?) y con las drogas (como si el drogadicto fuera en realidad el amo y la droga su esclavo). Y su hijo acepta la disculpa porque necesitaba perdonarla, porque la considera culpable de todo aquello. Aún cuando la hizo pagar durante años con el dolor de la distancia y la culpa, y seguirá siendo así después del único abrazo que se permiten darse.

El padre de Chiron, a pesar de ser el único que se muestra vinculado a él, quien lo tomó como figura paterna, de forma transparente, que le da cariño y lealtad, no merece ser querido por el chico a partir de que éste descubre que vive de la venta de droga. No hay segunda oportunidad para nadie.

Nuestro protagonista Chiron es castigado por su condición de homosexual. Cuando, luego de sospecharlo durante años, consigue aceptar y asumir su homosexualidad, quien supone que es su compañero lo traiciona y sus enemigos recrudecen su hostigamiento sobre él. Chiron termina sin amor, apenas con un consuelo físico que por momentos se acerca a una relación más sentimental, pero nunca lo puede sentir plenamente.

Sobre el final de la película, Chiron se permite pedir afecto, pero no llega a recibir más de lo que apenas tuvo alguna vez en su vida.

MELODRAMOFOBIA


Es notoria la condescendencia con que los críticos buscan “des”catalogar Moonlight con la eterna aclaración: “aunque no cae en un melodrama vulgar”, como si este temita del melodrama fuera una frivolidad, cosa que NO es la película, que es grande e intensa, y bla bla bla. Pues bien, he aquí el quid de la cuestión.

El melodrama legitima los discursos disciplinadores de la moral judeocristiana adoctrinando al espectador con el castigo cruel de sus personajes pecadores que se desvían del camino del bien al seguir sus inmorales impulsos amorosos o su ambición de poder. En ese sentido, Moonlight, damas y caballeros, es un perfecto melodrama en su carácter más esencial de guardián de la moral y las buenas costumbres. Y no se debe subestimar la implicancia de aquello.

ESPEJISMO


Si, caí en la fácil de hablar mal de la amada por todos —ahora que se llevó el pin, porque hasta que el equipo de “La La Land” estuvo equivocadamente arriba del escenario, ésta última parecía tener al mundo enamorado… ¿De qué? Me pregunto yo, aunque esa es otra discusión—. Pero no es por marketing que hago este comentario sobre Moonlight. Si tengo que ser sincera, yo también me enamoré antes de que el bichito de lo políticamente correcto me empezó a romper las bolas otra vez. Y es que razones para amar esta película, verdaderamente, hay bastantes, pero de ahí a la exagerada condescendencia de unos cuantos que anduvieron por ahí tirando muchas flores, hay un mar. Azul y espléndido.

Lo sabemos, tiene una fotografía y un montaje sublimes, como no recuerdo haber visto bastante tiempo, actorazos, un guión sensible y una dirección impecable.

Pero tanto brillo encandila y es necesaria la cautela. Necesario ver que el oasis es un hermoso espejismo, pero no sacia la necesidad de nuestra sociedad de ir un paso adelante hacia la conciencia de lo dañino de nuestro racismo, nuestra misoginia, nuestra estigmatización de los adictos y vulnerados. Moonlight se limita a reproducir los viejos conceptos que establecen una relación directa de causa-consecuencia entre víctimas y castigos.

Y dirán que es exagerado, pero el interrogante que se me presenta ante todo esto sin poderlo evitar es, si el cine no tiene nada más para decir en favor de quienes finge reivindicar, ¿cuál es la función del arte?

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