Lo que habita en la oscuridad - Hueñauca

Tranquilos, ya volví. Como se habrán dado cuenta, hace rato que nos les cuento nada sobre mis “aventuras” en el campo. Okey, podemos reemplazar aventuras por pesadillas, considerando que tenemos una figura muy poco humana que aparece de noche, la desaparición de un hombre y el espíritu de un nene encerrado en un oso de peluche… sí, mejor digamos que son pesadillas.

Ya pasó un mes desde que ayudé al oso a encontrar su por qué en la vida y debería sentirme orgulloso de eso, pero me da bronca porque yo todavía no entiendo nada de mi vida y no sé a dónde estoy yendo. Puede que este estado de alteración —que suele ser mi estado normal— sea el que me llevó a decirle a mi mamá que iba a quedarme más tiempo con mi abuelo. Sí, yo tampoco me entiendo a veces. Pero, bueno, ahora que ya están al tanto de mi estado emocional y de las malas decisiones que tomo en mi vida, les puedo contar la nueva aventura pesadilla que mi abuelo y yo comenzamos.

Como sabrán, en el interior del país, aka el campo, aka pueblos perdidos en la nada, aka la nada misma, aka exageración es mi segundo nombre, suelen llevarse a cabo una gran cantidad de festivales. Por ejemplo, la “Fiesta Provincial del Río Villa Río Bermejito” en Chaco o el “Jesús María” en Córdoba, y el pueblo de mi abuelo no es uno de ir en contra de las tradiciones —aunque sí en contra de las normas de la sociedad y la decencia humana. Pero eso es discusión para otro día—. Es por eso que, una vez al año, se lleva a cabo una competencia para ver quién puede crear el muñeco de paja más alto y genial del universo. Sin embargo, la gente del pueblo no compite entre sí, ya que el honor se lo lleva el pueblo vecino, del cual no diré el nombre por temas de seguridad. Seguridad mía, obviamente, no quiero que vengan a buscarme a la salida del boliche y me tiren bosta de caballo o me reten a una payada.

Como ya les dije, esta competencia sucede una vez al año, todos los años, desde la fundación de ambos pueblos. Y según tengo entendido, desde el día uno, ambos pueblos se odian. No me pregunten por qué, pero se odian. Si quieren un ejemplo, pueden decir que el pueblo vecino es el Shelbyville de nuestro Springfield.

Y teniendo en cuenta todo lo que les conté, podrán comprender por qué me encuentro en la camioneta con mi abuelo, los dos usando máscaras de esquí para que no nos reconozcan, de noche, con las luces apagadas y en camino a “Shelbyville”. La misión: espiar/sabotear el muñeco del enemigo. Quiero que sepan que mi sentido común va en contra de cualquier táctica poco honesta en las competencias, pero la oferta de pase libre en el único metegol del pueblo fue más pesada en mi balanza moral y caí en la tentación. Les pido no me juzguen.

¡Bien! Pasando de largo mi dudosa moralidad, sigamos con la historia.

—¿No es trampa lo que estamos haciendo?
—No.
—Ah ok.

Y punto final supongo.

—Es más como una tradición. El pueblo vecino hace su muñeco, nosotros lo rompemos antes de que terminen. Ganamos la competencia de manera honrada.
—Sí, no sé si tenés muy en claro la definición de honradez ¿Siempre fue así?
—¿Qué cosa?
—Ustedes haciendo trampa.
—¿Qué trampa?
—Ugh, dejá, ya fue.
—No sé si siempre fue así. Pero ya no me acuerdo cuándo empezó.

Dejamos la camioneta un par de kilómetros atrás para que el ruido del motor no nos delate y caminamos el resto. Ambos en silencio, ambos con una misión muy clara. Sin embargo, una vez alcanzamos la entrada al pueblo, mi abuelo desapareció. Literalmente. No sé cómo perdí de vista a un viejo de setenta años en la oscuridad, pero me gusta pensar que todo ser humano, pasada cierta edad, adquiere la habilidad de ser invisible ante los ojos de la gente ¡Y donde la sociedad egoísta y corrupta que nos rodea sólo sirve para ahogarnos aún más en nuestros egos, convirtiéndonos en ciegos que para lo único que sirven es para quedar inmovilizados en su propia depresión!

Ooookeyy… no sé qué pasó ahí.

Invocando mi ninja interior, caminé entre las sombras hasta la iglesia del pueblo, donde se llevaba a cabo la construcción del muñeco. Tendría que haberme llamado la atención el hecho de que no me crucé con nadie en la calle, pero estaba tan compenetrado en mi alter ego ninja que lo dejé pasar. Cuando me encontré a pocos metros del lugar, comencé a escuchar algunas voces provenientes del interior del edificio. Una mezcla de risas, cantos y festejos llegó hasta mis oídos y me acerqué con rapidez. A simple oreja —¡Ja!— Shelbyville era un pueblo feliz. Me escondí detrás del marco de la puerta y después de tres respiraciones profundas con el diafragma —como debe ser—, miré en el interior.

No había nadie. Vacío. Ausencia de, de cosa en un… ¿espacio? Si no me conociera pensaría que soy un iliterato. A veces me sorprende mi habilidad para usar palabras serias, cuando soy incapaz de formular una idea simple. Miento, sí puedo formular ideas, soy malo para pensar en sinónimos o explicaciones. Basta.

Más allá de mi dificultad con las palabras, el mayor problema no era que el lugar estuviera vacío, sino que las risas y festejos se seguían escuchando. Bien, podría ser que estuvieran en otra sala de la iglesia y lo que se escuche sean sus ecos, podría ser que el lugar esté completamente maldito y hoy es el día en el que muero. Considerando mi experiencia y suerte, me inclino por la última. Pero mi curiosidad me pudo más —maldita sea la naturaleza humana— y entré.

Las butacas estaban vacías, obviamente —¿Quién reza de noche? ¿Los fantasmas rezan? ¿No sería contradictorio? Ya estás muerto. Te estás yendo de tema otra vez— y la única iluminación provenía de las velas que rodeaban al Cristo crucificado —para nada lúgubre, no, señor—. Mientras me acercaba, me fui dando cuenta de que las voces no eran de esta sala, sino que provenían de una de las puertas laterales, por lo que mi teoría de que estaba rodeado de espíritus comenzaba a perder peso y me acerqué a ella. Noté que las paredes eran de piedra, lo mismo con el marco, y del otro lado había una escalera que descendía hacia la oscuridad. —Sinceramente, no sé cómo siempre soy yo el que termina en estas situaciones— Encendí la linterna de mi celular y bajé lentamente.

¿Viste cuando te dicen que tu corazón late tan fuerte que es lo único que podes escuchar y vos les decís que sí, pero en realidad pensaste que eso se llama tener un infarto? Bueno, estoy por tener un infarto.

Las escaleras descienden en caracol y yo me siento en una novela de Bram Stoker. Cuando por fin alcanzo el final, me encuentro frente a una puerta de madera oscura. Está desgastada por el tiempo y se pueden ver las partes donde la humedad empezó a pudrir la madera. Las voces se escuchan con mayor volumen y no me queda otra que investigar qué está pasando del otro lado —Ustedes podrán pensar que la otra opción es pegar media vuelta y sobrevivir hasta los ochenta años, pero bueno—, por lo que entreabro la puerta e intento investigar lo más posible.

Está repleto de gente. Viejos, adultos, jóvenes y niños, todos disfrazados con trajes con colores y sombreros puntiagudos, y por un momento pienso que me encuentro de vuelta en casa rodeado de murgas y carnavales, y esos nenes insufribles sin respeto por el espacio ajeno que te tiran espuma. Todos parecen tener un rol, los niños y jóvenes llevan la paja de un pilón grande a uno más pequeño, los viejos lo recolectan y se los dan a los adultos, que lo integran al muñeco. Y por muñeco me refiero al coloso que ocupa el centro del cuarto. Su forma me hace acordar al Hombre de Malvaviscos de Los Cazafantasmas, pero lo que me preocupa son los ojos rojos… es como si miraran más allá de mi persona. Casi como mi mirando mi alma; bueno eso es una exageración, no miran tan profundo.

Pasaron un par de minutos y estaba por irme y encontrar a mi abuelo, cuando —Oh, mi gran suerte— sonó mi celular ¿Quién llamaba? Mi mamá, obviamente. Nunca puede ser otra persona. Cuando por fin pude cortar la llamada, me di cuenta de que ya no se escuchaban las risas, ni el sonido de la paja siendo movida, nada. Levanté la vista y vi un centenar de ojos devolviéndome la mirada. Ni invocando a mi ninja interior podría salvarme de esta. Y no es tampoco que hubiera tenido chances de escapar, porque al darme la vuelta ya tenía la salida bloqueada por dos hombres —No pregunten de dónde salieron—. Me llevaron uno de cada brazo hasta el centro del salón, el muñeco a pocos pasos. De entre la multitud se acercó un viejo. Viejo, viejo, eh. Y me miró fijamente.

—Sos del otro pueblo ¿no?
—No. Sí. Puede ser. Soy un ciudadano del mundo, cualquier pueblo es mi pueblo.

Eso, hay que confundirlos.

—Sí, es del otro pueblo.

Lo intenté.

—Puedo explicar por qué estoy acá, lo juro…
—Ya sé porqué estás acá. Venís a sabotear nuestro muñeco.
—Técnicamente sí, pero quiero que sepa que lo considero una táctica poco honesta.
—Todos dicen lo mismo.
—¿Qué?

Se dio la media vuelta y miró fijamente al muñeco.

—Este año nadie va a impedir la finalización de nuestro muñeco. Este año, Hueñauca vuelve a nosotros —Volvió a mirarme y su expresión se volvió seria—Y acabamos de conseguir nuestro sacrificio.

                                                                       Continuará…

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