Objetos Perdidos

Una vez que se calmó la situación, se sentó en el pasto para que su cabeza dejara de dar vueltas un poco y se durmió casi inmediatamente. Se despertó después del mediodía, con la boca seca y un dolor de cabeza importante, agitado por un sueño en el que había juegos de azar y gente bailando en el medio de una neblina espesa o tal vez era humo; esa cortina se hacía cada vez más espesa hasta que se encontró solo. Empezó a oír gritos y caballos acercándose al galope y, sin saber por qué, empezó a correr hasta llegar a la ladera de una colina y caer. Probablemente había tenido otros sueños durante esas horas, pero ese fue el que lo despertó.

Estaban en una carpa, más grande que las que habían traído y que ahora eran cueros quemados en el pasto. En esta nueva entraban los cuatro, aunque bastante apretados. Los demás estaban de espaldas a él, viendo el campo y comiendo lo que ellos llamaban pan relleno y para él era un sándwich.

—Tomá. Comer algo te va a hacer bien —le dijo Bil, pasándole uno—. Tal vez.
—Después vamos a buscar café, vamos a aprovechar tu dolor de cabeza y las monedas que nos quedan —agregó Parche.

Se sentó despacio y empezó a comer. Bil tenía razón, la comida le cayó bien, al menos por el momento. Después de unos bocados en silencio les preguntó si se había perdido de algo.

—Todavía no. En cualquier momento se supone que tiene que llegar Blanco con nuestra “compensación” —le respondió Oso.

Por primera vez notó los golpes que había recibido en la cara.

—¿Él es el jinete de hoy? ¿El de la espada?

Los demás asintieron sin dejar de comer.

A los pocos minutos de seguir comiendo en silencio escucharon que se aproximaban unos caballos.

Los barbudos salieron de la carpa y él siguió tras ellos, y ahí estaba desmontando el tal Blanco. Ahora lo podía ver con más atención. Tenía casi la altura de Parche, aunque la mitad del ancho. Su pelo era largo y lacio, partido en dos y atado sin mucho cuidado; algunos mechones se le habían soltado. No tenía cara de traer buenas noticias.

—Perdón si los hice esperar. Al final las cosas no salieron tan bien como esperábamos.

Les hizo un gesto para que se acercaran y les contó en voz baja los “problemas” que habían tenido esa mañana; los hombres que se habían llevado los caballos no habían sido alcanzados a tiempo y lograron escapar, mientras que los otros cuatro también parecían haber desaparecido del campamento. La voz del joven capitán no delató incomodidad con respecto a todo eso mientras lo relataba, pero tampoco parecía poder mirar a los ojos a ninguno de ellos. Bil volvió a llevarlo aparte, tomándolo del hombro. Le habló en un tono firme pero amable.

—Bueno, no es culpa tuya ni de tus hombres, por todo lo que pasó parece que se están manejando con un plan de algún tipo. Lo único que te pido, que te pedimos, es que insistas en encontrarlos.

Ahora los ojos de Blanco sí se fijaron en los de Bil, con una sonrisa extraña.

—No hace falta que me digas qué tengo que hacer. Todavía tengo gente buscándolos —Se dio media vuelta y montó de vuelta su caballo—. Mientras tanto pueden aprovechar que sus acreedores no están para disfrutar de los juegos sin andar con ojos en la espalda.

Siguieron su sugerencia, aunque el buen humor de la noche anterior no regresaría por un largo rato. Aún después del café y un breve descanso, Bil era el único en condiciones de jugar a algo, al menos con posibilidades de ganar.

Las horas pasaron y sus ánimos habían empezado a mejorar un poco para cuando el sol bajó, pero eso no duraría. Mientras volvían a su nueva carpa, Blanco los volvió a encontrar, acompañado por un hombre flaco, cubierto en sudor y rengueando. Era uno de los jinetes que había salido a perseguir a los ladrones de los caballos y él también tenía malas noticias para contarles.

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