El club de la pelea

Veo aquí a los hombres más fuertes y listos que han existido. Veo un gran potencial y lo veo desperdiciado. Maldita sea, una generación entera vendiendo gasolina, sirviendo mesas, esclavos en oficinas. La publicidad nos hace codiciar autos y ropa, trabajos odiosos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos medianos de la historia, sin propósito ni lugar. No tenemos la Gran Guerra ni la Gran Depresión. Nuestra gran guerra es espiritual. Nuestra gran depresión son nuestras vidas. Crecimos frente al televisor creyendo que un día seríamos millonarios, estrellas de cine y rock, pero no es así. Lentamente nos damos cuenta de eso y estamos muy, muy enojados.

Este monólogo pertenece a la película “El club de la pelea”. Hace no mucho recordé que una amiga me recomendó varias veces que la viera —podrían sorprenderse o sentir lástima por mí si conocieran mi listado de films pendientes— y, por fin, me senté a hacerlo. Cuando la terminé, no podía creer haberme perdido semejante creación durante tanto tiempo.

No voy a hablar hoy sobre la película en sí, porque la mayoría ya debe saber muy bien de qué va la trama. Así que les ahorro eso. Lo que definitivamente no quiero dejar de mencionar es la profundidad con la que enseña al espectador los lados más crudos del ser humano (profundo como un puñetazo en el estómago), cómo en su afán de hallar la libertad debe perderse más de un diente en el camino. Después de todo, casi no existen las batallas, ya sean interiores o exteriores, que se hayan ganado rociando agua bendita y no sangre, ¿no?

¿Cuántas de nuestras metas han sido preestablecidas? ¿En verdad la mayoría de las personas tenemos deseos que nos dan una suerte de homogeneidad? La respuesta negativa parece una obvia si se tiene en cuenta la diversidad sexual, las distintas formas de familia, los estilos de vida diametralmente diferentes, las ideologías, la religión y hasta la ropa. Sin embargo, al reflexionar un poco más, percibo que todo está construido y enseñado.

“Pero a mí me gusta el rojo y no el azul, entonces elijo comprar el pantalón rojo” podría argumentar para justificar rápidamente la posición ¿Pero hasta qué punto realmente me gusta el rojo porque me gusta y no porque mi madre, que amaba las rosas de ese color, todos los días de mi vida me rodeó de cortinas, flores y lo que sea rojo y no, qué se yo, rosa? ¿Vuelve a ser una construcción o yo decido amar una costumbre, un hábito que no me pertenecía en principio? ¿Y si lo que desarrollo es aversión hacia el color rojo? ¿El proceso es el mismo?

Sí, me cuestiono la libertad porque no sé si la ciencia puede responder estos interrogantes de forma irrefutable. No sé hasta qué punto somos o estamos. Aún así, cuidado, puede que las respuestas no sean de tu agrado.

Comentarios
Compartir
Artículo anteriorExpedición ISLA DE PASCUA
Artículo siguienteMAFALDA, la niña que siguió creciendo
Menna Grimal
Guionista en proceso, ceremonialista en retroceso y otros delirios mesiánicos. Ultra leonina y pagana. Me casé con Guión, pero de vez en cuando tengo fantasías con el Teatro. Hija no reconocida de la televisión.