Isla de Pascua 3

No sólo sería mi primer viaje sola fuera del país, sino también mi primera experiencia en un avión. Desde que empecé a planificar mi viaje a Isla de Pascua y a nombrar las cosas que iba a poner en mi mochila como bolsa de dormir, linterna de minero, abrelatas…mis amigos se pensaron que me iba como si fuera Expedición Robinson.

No soy de las que disfruta un hotel de 5 estrellas, así que prefería invertir en comida y traslados antes que en alojamiento. Una carpa siempre me parece una preciosa idea de libertad. A pesar de haber vivido muchas veces la experiencia de campamento, en este viaje en particular aprendí mucho de otras cosas que pensé que tenía incorporadas. Ahora que lo pienso, sí lo estaban.

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Isla de Pascua en carpa
La casita modesta que me alquilé para la quincena.

Como muchas de las cosas tienen que ser traídas desde el continente, sabía que la comida sería cara. Así que decidí llevar café en saquitos, sopas —que no comí—, arroz 3que comí a reventar—, masitas de agua, picadillo, yerba, arvejas y caldos. Además, padre me había regalado un montón de barras de cereal que, confieso, me han salvado en casi todo el viaje.

El punto es que disfruté mucho cocinando mientras escuchaba a los chinos hablar rapidísimo y hacer comidas elaboradísimas para deglutirlas en 5 minutos, a los estadounidenses comiendo pan con mayonesa y papas fritas de desayuno, a la holandesa que cenaba guiso de arroz a las 5 de la tarde… Aprendí mucho de las culturas que pasaron por el camping. Y me vine con un miedo horrendo de llegar tarde al horario de cierre de la mañana, porque si te levantabas tarde, sonabas.

Me descubrí en una nueva faceta de cocinera. Como por ejemplo hacer risotto o pizza a la sartén en plena isla. O arroz con zucchini hervido, con zanahoria, con papas, con arvejas, con tomate, con pepino, con palta. Con arroz. Sabores que se mezclaban y parecían ricos… Sobre todo después de todo un día de barras de cereal.

Las curaciones de la Doctora Harakiri


Al segundo día, me caí al bajar de la bicicleta. No alcancé a hacer ni dos cuadras sobre ella, que me rompí la rodilla al bajarme a sacar fotos. Cada vez que viajo me sucede, por distraída supongo. El chiste es que anduve el resto de mi viaje con un pañuelo atado a la rodilla para hacerle honor a mis amigos: estaba “indiando” como en Expedición Robinson.

Al quinto día, vi que la herida se había infectado. Desinfecté una tijera y me hice una toilette mordiendo una toalla. En la soledad de mi carpa y como regalo de navidad. Ahí me terminé de recibir de Doctora Harakiri.

Todo lo festivo

Pasé mis tres fiestas importantes en la Isla: Navidad, mi cumpleaños y Año Nuevo. Venía lista para meterme en la carpa y despertar al día siguiente como si nada. Pero el camino me llevó a una Navidad internacional, con un asado-que-no-era-asado y con un sol fuertísimo a las 9 de la noche. Todos nos unimos en una Navidad que no conoció de fronteras de lenguaje, ni costumbres, ni creencias: fuimos todos juntos a la Misa bilingüe, en rapanui y español.

Isla de Pascua 6
Creo que no faltaba ni una sola nacionalidad.

Mi cumpleaños fue un día más. Lo empecé cocinando pizza a la sartén para mis nuevos amigos chilenos, viendo un campeonato de surf mientras mis amigas internacionales buscaban WiFi y lo terminé comiendo papas fritas medio húmedas y escribiendo en la carpa. Porque no hay 27 de diciembre que, donde yo esté, evidentemente, no llueva.

El Año Nuevo fue de lo más entretenido. Probablemente porque había cenado con cerveza y mezclé unos cuantos tragos de champagne después. Fue una noche muy alegre y fiestera junto al mar, cantando y bailando hasta que me dolieron los pies. Estaba conociendo una cultura, de mil maneras diferentes.

La nada misma

Si había algo que disfrutar cada día, era la nada. Mirabas al horizonte y no encontrabas nada más que los pesqueros con sus luces. Sentarte a tomar mates con el sonido del mar arrullando, la respiración tranquila y los colores del cielo, valía todo lo que había esperado este viaje. Si le sumabas encontrar alguna guitarra cantando “Soy paz, soy pan” (Muchacha argentina en Isla de Pascua, si me leés: me hiciste emocionar con tu canción en el mirador del Camping Mihinoa), el cuadro era completo. Y vos sólo estabas mirando la nada…

Les presento: la nada con mates.

Yo y los miedos

Lo desconocido siempre te da miedo. Y también aprendí de eso. La Isla es súper segura, por lo que podés encontrarte caminando a las 3 de la mañana por el medio del monte y lo único malo que te puede pasar es no saber dónde estás.

También temía por mi falta de sociabilidad. Pero sabía que había querido emprender este viaje sola y fue lo mejor del mundo. Conocí a muchísimas personas de las que, quizás, no vuelva a saber en mi vida. Y tantas otras con las que cruzamos datos y que nos mantenemos, medianamente, en contacto.

Otra gran cosa que aprendí en esta Expedición Isla de Pascua es a despedir. Como les dije, encontré a muchas personas en el viaje. Y aprendí a abrazarlas cuando se iban, teniendo la certeza de que tal vez sería el único abrazo. Aprendés a desprenderte de todo: de afectos, de efectos personales y de la melancolía.

¿Por qué (para qué) les cuento todo esto?


Además de ser un resumen, recomiendo profundamente que se dejen hacer por el camino. Y por un itinerario difuso. No tenía mucha idea de lo que iba a suceder en el viaje, ni con qué me iba a encontrar. No importa a dónde viajes, pero viajá. Sé un viajero del camino.

Isla de Pascua 5
Armáte la mochila, ponéte las zapatillas y andá: el camino te espera.

No hubo un solo día en el que no agradeciera estar en Isla de Pascua. Pero no por el lugar, sino por lo que significaba. Y por todas las heridas que estaba cerrando —que eran más profundas que la de mi rodilla—, por todas las historias que estaba recolectando y, principalmente, por haberme abrazado tan fuerte cuando me encontré.

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