“El club de los martes”

¿Vieron esas semanas en las que parece que están cagados por un Tiranosaurio Rex? Bueno, así estoy yo desde el martes pasado. Para comenzar, Mara (la que dice que yo vivo en las nubes) traspapeló la boleta de nuestro proveedor de internet y nos cortaron el servicio. Yo tenía que investigar para mi seminario optativo en Turismo, llamado “Potencial humano y Empleo”, que es lo que espero conseguir algún día con mis estudios, y no pude hacer nada hasta dos días después, cuando Mara obtuvo (no preguntaré cómo) el password de la red wifi del supermercado chino de al lado de casa. Pude investigar en paz y mientras tanto usé gratis el servicio, por lo que ustedes dirán: No es tan malo.  Si tan solo los eventos desafortunados se hubieran detenido allí…

Me encontraba en pleno Corrientes y Callao recién salida de comprar “El misterioso Señor Brown” en una de esas hermosas librerías de saldos y usados, cuando escucho que me dicen: “¡Elisa, hola!”. Una voz que conozco muy bien, aunque hace años (dos, ¿pero quién los cuenta?) que no hablamos en vivo y en directo. Se trataba de Juani, mi ex. Odio que la suerte me sea tan negra. El descarado estaba con un cochecito de bebé y una criatura de unos meses esperando en el Starbucks a que su flamante esposa saliera.

A veces me pregunto: Invertís tu tiempo en un hombre que dice “no quiero nada serio”, accedés a una especie de pacto así, implícito, porque decís ‘es coherente, yo tampoco quiero nada serio’ y el muy bastardo se engancha con la primera que consigue (espero que haya sido después de mí, pero muchas cosas me llevaron a pensar que salía con las dos al mismo tiempo) y se casa ¡Se casa el muy imbécil!”. No piensen que me dura el rencor, bueno, a lo mejor un poco, pero verlo en la calle así, inesperadamente, me resultó fatal.

—Juani ¡Pero qué sorpresa! —dije con una sonrisa que parecía la de un chimpancé mostrando los dientes cuando se siente amenazado.

—Sí que lo es ¿Qué contás, tanto tiempo?

Se lo veía ojeroso y estaba barbudo. “La vida de padre” me dije, al menos uno de los dos parecía compuesto y por compuesto me refiero a la ropa bien combinada, el cabello bien peinado en un moño y hasta maquillada ¡En tu cara, papi!

—No tanto como vos, supongo —dije y me agaché a contemplar al bebé que era su viva imagen, pero con ojos claros.

—En agosto cumple el año —me dijo con orgullo de padre.

Va a sonar tonto, pero quizás no fuese tan miserable como yo esperaba y eso me ponía mal. Uno quiere que el ex sangre un poco por una, que demuestre que fuiste algo en su vida, pero él había elegido a otra con quien sentar cabeza y dejarme fuera de la ecuación.

—Es muy lindo, se parece a vos ¿Y cómo se llama? —pregunté sabiendo la respuesta por culpa de noches de recaída y stalkeo .

—Esteban.

—Bueno, me tengo que marchar. Saludos ¡Y mucha suerte! Me alegro haberte encontrado, pero estoy apurada —dije sujetando la bolsa con el libro y huyendo de la escena del crimen como quien vuela del pasado.

Mientras me alejaba podía oír cómo su mujer salía del café y preguntaba quién era “esa”, o sea yo: “No es nadie una vieja conocida, corazón” le escuché que comenzaba a decir. Sus palabras repiquetearon y se clavaron como un puñal.

“Si fuera Clarissa Miller, sería la víctima de mi próxima novela y canalizaría todo mi odio en darle una muerte rebuscada que solo el mejor detective del planeta pudiera resolver”, pensé por un momento mientras guardaba al Misterioso Señor Brown en mi cartera. No era una mala idea.

Finalmente, luego de insoportables clases cada vez más exigidas y el trabajo, solo esperaba a las noches cuando podía calmarme y leer un poco de la novela del taller de lectura. No era demasiado larga y era adictiva: cada capítulo terminaba con una intriga. Eso con un buen té de menta peperina y unos bizcochos dulces calmaba mis nervios. La verdad es que hubiera cambiado todos los bizcochos y té del mundo por un buen kilo de helado de chocolate con pedazos de chocolate y salsa de chocolate. Sí, dije muchas veces “chocolate”, pero si estuviera escribiendo una novela, sería mi arma para suicidarme. Muerte por sobredosis de chocolate. Pero Mara me miró con sus hermosos ojos marrones y me dijo con su acento alemán muy duramente:

—No seas patética. Viste a tu ex y tenía una familia, no es el fin del mundo ¿Y qué si parece que él tiene toda su vida organizada y vos no? Pensá de otro modo: Él llegó a la cumbre de sus posibilidades, las tuyas son infinitas aún y están en constante cambio. Su vida está digitada, la tuya no.

—Suena como algo bueno cuando lo decís así.

—Soy realista. Ahora, si querés lamentarte: lamentáte porque el chino me cambió la clave del wifi porque lo hice enojar. Estamos sin internet de nuevo, pero mañana pago todo y espero que nos reinstalen las cosas ¡Arriba el ánimo!

La novela era un bálsamo contra los padres de familia y pronto me hizo olvidar de todo. Tenía que leer bastante porque en unos días me encontraría con el grupo y no estaba segura de si debía o no tomar notas al respecto. Jamás había concurrido a un taller real y tenía miedo, para variar, mezclado con cierta curiosidad ¿Qué tal sería Valentín coordinando?

***

El martes llegó y era una tarde gris y lluviosa. “Ideal para un buen misterio” me dije para mis adentros y esta vez sí llegué a horario a la reunión.

Úrsula Carreras es una jubilada de cabellos grises y es una ex maestra de primaria retirada. Su sonrisa es digna de figurar en la etiqueta de algún producto de comidas caseras. Su pasatiempo es tejer. Hoy se apresuró a sentarse cerca de la ventana y lo primero que hizo fue depositar una bandeja con galletitas dulces caseras con ¡Chispas de chocolate! Sé de mi reacción ante los jubilados, ¿pero cómo no me puede caer bien si trae chocolate? Mientras sacaba las madejas color verde agua me contó:

—Estoy tejiendo un saquito para mi nietito que recién nació en febrero ¿Qué te parece?

—Wow, no sé cómo tiene paciencia para tejer esos patrones tan intricados.

—El tejido despeja la mente. Si todo el mundo tejiera, la gente sería más cuerda.

Asentí con la cabeza y enseguida hicimos silencio porque todo el grupo estaba reunido y Valentín iba a comenzar con el primer debate. Inició la charla muy enigmáticamente con una voz clara y sonora, como de locutor, radial diciendo:

—Era 1922 cuando Clarissa Miller publicaba lo que sería su segunda novela, “The Secret Adversary”, e introduciría a sus ávidos lectores a dos nuevos, originales y, por qué no, “juveniles y refrescantes” detectives llamados Prudence “Tuppence” Cowley y Thomas Beresford. Estamos aquí, en el Club de los Martes, para debatir nuestras primeras impresiones de la obra de Clarissa. Pregunto: ¿A quién le gustaría comenzar?

Darío Lovera levantó la mano y Valentín le concedió la palabra. Darío tenía un año menos que yo y parecía un actor publicitario. Era realmente intrigante con sus cabellos castaños oscuros todos alborotados y su estilo post punk, pero si mi radar de hombres no falla, creo que es gay… bueno, es artista, al menos eso dijo él, músico —si mal no recuerdo— y actor, entre otras facetas (Nótese que lo miré de reojo y un poco para no llamar la atención). Lo que realmente me alegra de su presencia es que no soy la única joven del grupo, lo cual es una suerte. Con su voz cascada y algo áspera dijo:

—No sé si es muy genial y observador lo que voy a decir, pero amé la cita del comienzo del libro, como que te anticipa que vas a vivir una aventura desenfrenada desde el comienzo y más vale que seas un lector deseoso de experiencias como esa.

Y procedió a leerla del libro:

—”A todos aquellos que llevan una vida monótona, con la esperanza de que puedan gustar las delicias y peligros de la Aventura”. Ya sentís cómo te va a sumergir de lleno en un relato plagado de acción y eso me pareció brillante. Directo al grano… No es que mi vida sea monótona, pero sin dudas no es una novela de Clarissa Miller…

Aquí intervengo de vuelta para contarles una de las pocas normas que tiene “El Club de los Martes” y es llamarla a Agatha Christie “Clarissa Miller”, como si fuera una persona real, intentando superar el mito de su leyenda como escritora de suspenso y misterio… eso fue lo que le entendí a Valentín, claro que él lo explicó más extensamente que yo.

Eduardo Barrios Sucre manifestó una inquietud con el grupo:

—Me pregunto si Clarissa Miller llevaría una vida lo que se dice monótona y eso la impulsaría a escribir esas fantasías urbanas tan coloridas como esta.

Eduardo es un periodista gráfico y multimedia (en estos días quien no se adapta, revienta), trabaja para un diario que no mencionaré, porque no suelo hacer publicidad gratuita, excepto de las cosas que amo. Tiene cuarenta y cuatro años y se viste como un empresario, de traje y corbata. Al principio pensé a simple vista que se trataba de un abogado, por la apariencia, pero no, imagínense que es como Kolchak. Me pregunto si escribirá sobre sucesos paranormales o sólo cosas normales que nos hacen parar el corazón… Tiene algunas canas que surcan su cabello enrulado y unos enormes ojos celestes que custodian una nariz de lo más peculiar, pero que en sus facciones queda varonil.

Oksana se pasó la mano por su cabellera cobriza y rebatió a la afirmación del periodista:

—Yo no se porqué, pero no me la imagino aburrida a Clarissa, me la figuro como esa clase de persona que lee una noticia en el diario y deja correr su imaginación.

Oksana Waleska es ucraniana, eso nos contó en su presentación, pero vino de muy jovencita a vivir a nuestro país y por eso pudo estudiar medicina, por lo que es doctora dese hace algunos años. Tiene treinta y seis años y su especialización es pediatría. Sus facciones son de origen ruso, sin dudarlo, y su piel parece de alabastro. Lo que daría por tener un rostro tan exótico. Cuando la miro a Mara con su estilo tan germano y a Oksana con su estilo de Europa del Este es como que te pusieran al lado de una actriz de Hollywood y luego dijeran “Y a su lado ‘Una chica común de Argentina'”. Pero volviendo al debate, Valentín acotó:

—Como verán, en varios momentos era algo frecuente en su obra recurrir al bien amado diario como lugar para publicar avisos que funcionaban como motor a su relato.

Fue mi momento para una acotación jocosa y sin intelecto, porque me estaba fallando bastante al pensar algo ingenioso para decir:

—No quiero ni imaginarme las cosas que podría escribir con Facebook…

Darío comenzó a reír y mi broma no fue tan bien recibida, por lo que calló de pronto. Fue entonces cuando vi que en algún momento de la conversación Valentín, quien me dedicó una enigmática sonrisa, había anotado tres ítems en el pizarrón blanco con el fibrón negro:

  1. Jóvenes aventureros
  2. Azar
  3. Documentos secretos

Mientras él se dirigía de nuevo hasta su lugar sin hacer referencia a los ítems escritos, preguntó al club:

—¿Y qué les parece el azar? ¿Lo encuentran verosímil?

Nicanor Christell habló entonces diciendo:

—Qué bueno que por fin alguien trae a colación lo inverosímil de toda la premisa inicial. Es casi jocosa… Cómo en una ciudad tan grande, como lo es Londres, se cruzan cuatro personas que escucharon o hablaron de Jane Finn. Debo decir que a mí, como lector, me causó gracia y me dificultó la lectura, por cierto.

Nicanor es historiador y unos sesenta años, le calculo. Recuerdo que nos dijo su edad, pero mi memoria sin tomar apuntes es frágil y no quiero que me descubran tomando apuntes sobre las personalidades de mis compañeros, porque sería extraño… Nicanor ¡Qué nombrecito!

—Pero esa es la gracia —dije yo, interrumpiendo a Christell—. Sin esa especie de azar que los pone en la senda de la aventura no habría historia alguna. De hecho, el azar comienza a funcionar con el hundimiento del Lusitania —solté, un tanto fervorosamente. Mi mente había puesto en marcha los engranajes y no quedé como una boluda total que solo sabía hacer bromas al respecto de Clarissa.

—Como historiador, debo decir que me pareció interesante que partiera de un hecho real y pensaba que sería más verosímil en algunos aspectos, aunque es admirable cómo supo capturar el miedo por todo lo “bolchevique” que reinaba en Europa luego de la Primera Guerra.

Debo omitirles el resto de la charla que constituyó en una lección de historia por parte de Nicanor. No es que no sea interesante, sino que simplemente no la puedo reproducir, porque fue a una velocidad tal que no pude ni hacer anotaciones. El hombre cuando se apasiona por un tema parece un disco a 300 km. por hora. Que Revolución Rusa, que KGB, que MI6. Creo que nos mareó a todos.

Los demás nos pusimos a debatir luego qué nos parecía esto del azar “forzado” de las primeras páginas, pero mientras que Darío coincidida conmigo en que es divertido, muchos lo manifestaron como algo desde medianamente posible hasta lo más inverosímil del planeta. A todas las opiniones Valentín se mostraba muy interesado, hasta que dijo:

—Elegí este libro porque no es uno de los más complicados de analizar y realmente quiero que avancemos más en la trama para poder debatir las cosas jugosas como la construcción de los personajes femeninos y los crímenes de Míster Brown. Lo cierto es que tiene un comienzo un tanto azaroso y que tiende a romper el verosímil ¿Es posible que Londres sea tan pequeña o que nuestros héroes y antagonistas compartan los mismos lugares en momentos tan similares? Espero que vean esto en los próximos capítulos.

Mientras tanto he escrito tres ítems en el pizarrón, como han notado, y esto es una de las actividades extra que les recuerdo tienen una semana más para realizar.

Todos estábamos realmente intrigados con la propuesta con la que se despacharía Valentín, así que hicimos silencio y cuando supo que la tensión era la indicada, agregó:

—¿Quién se anima a escribir un micro relato con estos tres elementos? Un misterio. La idea es que no nos digan quién fue, pero que ustedes lo tengan muy en claro para que nosotros, al escucharlo, podamos aventurar una resolución. Pista uno: debe morir alguien. Pista dos: tienen que usar los ítems dados en el pizarrón para armarlo. Pista tres: tiene que ser posible, nada de ciencia ficción. Somos amantes del misterio. Y, finalmente, pista cuatro: tienen que usar al personaje de Clarissa Miller.

Todos nos miramos, algunos más encantados que otros. Así que inventar un caso sobre la novela y con Clarissa como personaje… debo decir que no me esperaba esta actividad cuando comencé a participar en el club, por lo que me quedé un tanto perpleja.

Nadie se ofreció como voluntario y, entonces, Valentín agregó:

—Bueno, espero que me tengan un buen caso para el último martes que discutimos la obra. Creo que tienen bastante tiempo para hacerlo.

Todos sonreímos, pero ninguno dijo nada ¿Sería una propuesta que caería en oídos sordos? Yo, en ese momento, no me sentía muy apta como para algo semejante, pero sin dudas en casa lo intentaría… Solamente no quería publicarlo en ese momento.

Úrsula le dijo a Eduardo mientras recogía las madejas en una bolsa:

—Vos podrías escribirlo en un abrir y cerrar de ojos: sos periodista.

—Vos podrías escribir cualquier cosa también, fuiste docente de primaria.

—Lo divertido —dije sin pensar mucho—. Es que todos podríamos escribir todo y acabar con la discusión. Somos pocos, no nos costaría nada—. De pronto todos me miraron y se miraron entre sí.

—Esto se soluciona con un grupo de chat ¡Saquen sus teléfonos! —dijo Darío con gracia mientras Valentín se había puesto a conversar con Miss Moneypenny, que había entrado para consularle algo sobre sus horas. Para mi sorpresa, tanto Úrsula como Nicanor tenían teléfono celular (el de Nicanor era mejor que el mío incluso, ya saben, el de la manzanita) y fue así cómo terminamos con el grupo de chat “Tras los pasos de Clarissa Miller”.

—Ah, ¿con que a mí no me incluyen?

Salté dando un respingo al ver a Valentín que silenciosamente se había acercado de nuevo al grupo.

—Vos tenés la culpa de esto, vos tenés que estar, querido —dijo Úrsula con su voz de abuela con autoridad.

Valentín pasó su teléfono y fue admitido en el grupo armado por Darío. La reunión del club terminó y cada uno regresó a su mundo sin Clarissa Miller hasta el martes próximo.

***

Todo se había terminado. Ya afuera llovía copiosamente y yo estaba esperando bajo la lluvia por algún taxi vacío cuando Darío pasó en su auto: un Chevrolet Cruze negro y brillante como una gema recién sacada del concesionario.

—Eli, subí que te llevo. Me hubieras dicho antes, tonta, que no tenías transporte.

—¡Gracias! Te hacía más del tipo en moto…—dije mientras abordaba el automóvil.

—¿Y perder el estilo? Nunca.

El azar funciona de manera inesperada. Valentín hubiera estado encantado al ver que dos de tres ítems de la trifecta que había escrito en el pizarrón se cumplían. Había dos jóvenes aventureros y el azar como rey imperando sobre el destino. Solamente nos faltaban Clarissa y los documentos secretos.

Estábamos detenidos frente el edificio Forest, uno de los más caros y lujosos de la capital porteña, esperando a que cambiara el semáforo mientras Darío me decía:

—Algún día voy a vivir aquí. En el centro de todo.

—Es un edificio pacato. Eso decís ahora, pero cuando tengas hijos y familia vas a querer la casa en el barrio cerrado de Pilar —dije entre risas cuando él palideció de pronto. Su mirada guió la mía.

El sonido de un costal de papas cayendo contra el pavimento me impactó y cuando me asomé a mirar por el parabrisas, me dije “Elisa, los costales de papas no tienen extensiones platinadas”. Una joven o sus restos impactados en la acera estaban a dos metros de nuestro vehículo.

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