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La vida de un seriéfilo no es un chiste. Nos tomamos muy en serio eso de mirar series y de disfrutarlas, al punto de integrarlas a nuestras vidas. Antes de decir esto en voz alta por primera vez en mi vida, pensaba que era una loquita. Pero cuando empecé a estudiar guión, me encontré con gente que pensaba y sentía igual que yo con respecto a series, novelas y libros.

¿Quién no comparó alguna vez la vida real con un capítulo de Friends? ¿Quién no dijo “debe ser A” cuando algo misterioso pasaba? ¿O pensó en llamar a Mulder y Scully porque vio una luz rara en el cielo? Pero, como todo en la vida, las series también terminan y eso cuesta aceptarlo. Sobre todo para un seriéfilo.

Ese proceso que dura capítulos y temporadas


Elegir una serie no es moco de pavo. Sabés que va a formar parte de tu vida, que la vas a incluir en comentarios, que la vas a recomendar si te gustó. De repente, casi por accidente, esos personajes que ves en la televisión (o en la computadora en tiempos de Netflix), pasan a integrar tu vida. No en plan loquita, sino en plan admiración y entretenimiento. Y te encontrás comparando situaciones de tu vida con los protagonistas de aquellas series, con lo que hacen y con lo que dicen.

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Al fin y al cabo, los personajes pasan a ser como invitados a tu vida, que termina la serie y se van.

Y por eso, aquella obsesión de Mónica por la limpieza en “Friends” pasa a ser comparada con ese momento en que, mientras tus amigas veían un partido y gritaban goles, vos pasaste barriendo. O las decisiones amorosas de Lorelai de “Gilmore Girls” son muy similares a las que vos tomás. No porque copies lo que sucede en la televisión. Es más bien el identificarse con situaciones o decisiones. Y sentirlas cercanas.

Y de pronto… “The End”


Encontraste una serie que te divierte, te hace pensar y con la que sentís una conexión muy fuerte. Pasan los capítulos y empezás a acercarte al final. Pero no querés que termine, porque significaría dejar ir a los personajes, a las historias…

Igual hay algo muy distinto. Está el terminar una temporada y saber que pronto van a estrenar la próxima (como me sucede con “Grace & Frankie” o “Pretty Little Liars“). O saber que, una vez que termine, termina de verdad (me pasó con todas las de los 90 y con algunas actuales).

Recuerdo con mucho horror el momento en que terminé de ver las 3 temporadas de “El Barco” y salí a la calle. Si la vieron, me darán la razón (Si no la vieron, no sé qué están esperando para hacerlo). Había vivido durante dos días —sí, tardé dos días en ver 3 temporadas— en un barco, en el medio de la nada, llorando y riendo con sus personajes. Y, así como si nada, terminó. Cuando salí a la calle, me maravillaba ver los edificios y necesitaba tomar Coca-Cola (guiño, guiño).

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Viví ahí con ellos dos días ¿Cómo esperan que asimile que existe un mundo?

También expreso mi negación por ver el final de “Velvet”. Me niego a que termine, me niego a abandonar esa historia y a sus personajes ¿Saben que tardé casi un año en ver el final de “Charmed” por negación? Sí, tengo problemitas… Que todo seriéfilo tiene.

Empezás a hacer un duelo bastante horrible. Porque los personajes, al fin y al cabo, son gente que no existe. O, mejor dicho, están creados para estar congelados dentro de una serie y haciendo lo que el guionista escribe. Las series, los diluvios y la vida terminan, y vos no podés hacer nada al respecto.

Pero… ¿qué me queda?


¿Que qué te queda? La inmortalidad de las escenas repitiéndose en loop en tu cabeza. O las repeticiones que enganchás un domingo en Fox, las rewatch en Netflix. Los diálogos que te sabés de memoria y que acuden en auxilio cuando no sabés qué decir. Y, lo mejor de todo, lo que te enseñaron.

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Hace un tiempo les hablé, por ejemplo, de la importancia de ser como Stella Gibson en The Fall. O de Gilmore Girls sobre los puntos de vista femeninos sin estereotipos. O también, querer dar un discurso de graduación como el de Rory Gilmore. No sé, muchas escenas y personajes como los que querría ser. O pensar.

Eso es lo que hay que hacer con las series una vez que terminan. Como con todo lo bueno que termina en la vida. Agarrar lo bueno y utilizarlo en el camino. Que, a lo sumo, te tratarán de loco cuando digas una frase de “Los Expedientes X” para terminar una charla. O cuando compares una pelea con una escena de “Charmed”. Pero, acaso, ¿no está bueno estar loco? 

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Mauge Sologuestúa
Toda santafesina. Sensibilidad e ironía. Seriéfila por elección, escritora y lectora por atrevimiento; y cocinera de profesión. Los lentes y el café me hacen ser persona. Hago de tripas corazón. No sé combinar la ropa, ni dejar de comerme las uñas.