EL HOMBRE GATO

Durante la mitad de la década del 80, las páginas paranormales y las policiales de los diarios se mezclaron para dar origen al Hombre Gato. Una leyenda que aún hoy no fue resuelta.

“Soy el Gato. Si no me creen,
llámenme al número 2263″.

Dijo una rasposa voz al teléfono de una comisaría de Brandsen, en medio de la psicosis colectiva que reinaba en esa localidad del Sur de Gran Buenos Aires.

Pagina de diario popular
Fuente: www.federicotarantola.com.ar

Era el año 1984, la democracia estaba en pañales y las heridas de la última dictadura militar aún sangraban silencios cómplices. La “sensación de inseguridad” no era más que relleno de tinta de los diarios sensacionalistas de las clases populares y no formaban parte de la agenda periodística de los medios importantes de aquel entonces.

El título de “Diario Popular” decía: Brandsen aterrorizado por el gato-Montés, convirtiéndose en el primer medio que dio cuenta de un fenómeno que, con el paso de los días, fue agrandándose como una bombucha olvidada y colgada de una canilla goteando.

Un hombre alto, vestido completamente de negro, con una capucha o pasamontañas (dependiendo de la versión de turno) y unos guantes con agujas, que hacían la suerte de garras, había atacado a distintos habitantes, amparado por la impunidad de la noche.

Lo prodigioso de este personaje, aparte de su tétrico aspecto, era una increíble agilidad que le permitía saltar techos, treparse a árboles y esfumarse de un momento a otro. Lo tenebroso: sus maullidos.

Maullidos que acompañaban sus apariciones y retumbaban en varias cuadras a la redonda. Maullidos que podían hacer que el más valiente tenga que cambiarse inmediatamente los slips (prenda interior en desuso que fue furor en los 80, la cual es un excelente argumento contra aquellos nostálgicos de aquella época que lloraron de emoción con Stranger Things).

Los titulares se fueron reproduciendo como pan caliente y tanto “Diario Popular” como “Crónica” se hacían un festín hepático con un pueblo aterrado por un loco que maullaba y arañaba.

De sus garras nacía una leyenda más grande que la del mismísimo Muñeco Gallardo.
De sus garras nacía la leyenda… del Hombre Gato.

“No regreso a Brandsen hasta que no lo atrapen”
(Arnaldo Emilio Llaños, primera víctima para Crónica)

Así relató su experiencia una de las supuestas víctimas al diario. El Gato lo había atacado una noche y luego de un forcejeo bastante agresivo y ante la incapacidad de reducirlo, cayó desmayado, descubriéndose, posteriormente, heridas de rasguños en el cuello.

Los testimonios así se multiplicaron, las descripciones eran similares, el modus operandi era el mismo. Ropa negra, garras, agilidad sobrehumana y se le agregó una especie de espolón o clavo en las suelas para poder agarrarse de las copas de los árboles que eran su punto de escape.

El problema creció cuando el miedo se extendió por zonas vecinas que juraban haber vivido exactamente lo mismo y los ataques fueron empeorando en cantidad como en intensidad.

La Plata, Las Heras, Villa Elisa y hasta algunos aventuraron la presencia felina en Capital Federal, sobre todo en el barrio de Agronomía. Las apariciones ya no eran simples sustos. Ahora se hablaba de ataques muy violentos, violaciones y hasta homicidios. Y si bien nada había llegado a ser confirmado dado el hermetismo del caso, era el momento de tomar la noticia con seriedad. Aunque sea un poco.

“¿No me creían?”
(El Gato)

Esa fue la respuesta del misterioso delincuente cuando, en clara sorna a las autoridades, dio un número para comunicarse con él. De este modo se completa el diálogo que inicia el presente artículo. Lo curioso es que ese número pertenecía a un profesor de la zona que juraba tener el teléfono descompuesto hacía más de dos meses.

Mis queridos millenials lectores, pregunten a algún mayor lo que era ENTEL y entenderán el Intringulis de tener el teléfono roto. También, de paso, pregunten de dónde viene el término Intringulis.

Este teléfono descompuesto funciona como perfecta metáfora de cómo ciertas informaciones nacen como rumores que terminan creciendo hasta salirse del control. Estos rumores fueron deviniendo en hipótesis que intentaban explicar el misterioso caso del Hombre Gato.

Se dijo que atacaba a mujeres solas y que luego las violaba, que era chueco, que eran muchos y hasta se acusó a un profesor de karate de ser el atacante. Todas estas teorías fueron desmentidas excepto una. Tal vez, la más sensata de todas. No había un solo Hombre Gato.

Las apariciones, al hacerse más seguidas y en lugares lejanos entre sí, comenzaron a ser simultaneas, por lo tanto era imposible que hubiera uno solo. Mientras tanto y ante el absoluto silencio e inacción de las autoridades pertinentes (la policía), los habitantes tomaron el asunto entre sus manos y se produjeron vistosas cacerías y puebladas para dar con el sátiro de los maullidos en lo que podría ser el más recurrente gag simpsoniano fuera del sillón y la pizarra.

Cientos de personas se reunían en lugares donde se habría visto al Hombre Gato y, armados con palos, cuchillos y pistolas, emprendían la búsqueda. Todo este esfuerzo fue inútil. A pesar de que muchas veces se estuvo cerca del objetivo, este siempre lograba esfumarse o simplemente… no era quien buscaban.

Después de un tiempo en acción, de un día para el otro, el Hombre Gato desapareció sin dejar rastros y nunca más… se supo de él.

¿Quién era el Hombre Gato?


Para algunos el Hombre Gato era un bromista que disfrutaba asustando a la gente, para otros era un loco que se creía gato. Después se habló de una “manada” de violadores. De todas las opciones que pudieron surgir, ninguna pudo explicar lo más importante: ¿Qué motivaba al hombre gato?

Recordemos el año. 1984.

No había un “ojo orwelliano expreso”, pero sí una democracia joven y este no es un dato menor. Tampoco es un dato menor que estemos en tiempos pretéritos al Mercosur (firmado en 1991).

En una de las teorías que se manejaron para explicar este fenómeno, se hablaba de un fortísimo sentimiento anti-brasileño.

Eran tiempos anteriores al MERCOSUR y nuestra conservadora sociedad católica, apostólica y romana no veía con buenos ojos las crecientes sectas del país vecino que se instalaban en distintas urbes no muy grandes, con sus batucadas y sus creencias sincréticas. El Umbandismo y la Macumba, de origen africano, eran muy mal vistos tanto por católicos como por evangelistas de clase media o baja, ya que veían allí vinculaciones satanistas. Si tomamos un número incierto de hombres con conocimiento en capoeira que podrían rendir culto al Diablo, haciendo parkour por los pueblos, la cosa cierra bastante bien.

Respecto al antedicho “ojo orwelliano expreso”, intento referirme a que no existía el concepto del gran hermano, pero sí el miedo posterior a tiempos de dictadura. Una dictadura que no solamente fue sangrienta, sino que venía de sectores altamente conservadores y retrógrados. Aún se respiraba olor a jinetas en cada calle argentina y la gente se cuidaba demasiado por eso del “algo habrán hecho”.

Y ahí se abren dos caminos. El fantasioso y el predecible.

Aunque hoy parezca una joda, en esa época se especulaba acerca de lo que la dictadura había ocultado y no hablamos de los crímenes de lesa humanidad. Existía un imaginario popular respecto a las FFAA. Imaginario que incluía investigaciones para crear supersoldados, experimentos que se habían salido de su cauce y que con la llegada de la democracia habían quedado a la buena de Dios.

Por más descabellado que suene, el mito de “el familiar”, por ejemplo, amedrentaba a los peones de ingenios azucareros en el Noroeste argentino y al mismo tiempo “explicaba” las desapariciones que allí ocurrían ¿Sería entonces tan improbable un ejército de súper hombres? Si los EEUU tienen al Capitán América, pues bien nosotros podemos tener al Hombre Gato.

Hasta aquí, lo fantasioso.

Lo predecible, el otro camino, también está vinculado con la última dictadura militar, pero desde una óptica menos fantasiosa, más tabú y más terrible. El amedrentamiento a través del miedo.

En pueblos habitados por sectores desprotegidos, un prodigio de este calibre es lo único que les daría relevancia. Qué mejor manera de controlar a esta gente que el uso del miedo. La desconfianza en el otro ¿Para qué? Los motivos pueden ir desde el control social propiamente dicho hasta el deseo de bajar el valor de ciertas propiedades para negocios inmobiliarios espurios. Una realidad más común de lo que se cree.

Las posibilidades se extienden y dejo a vuestras imaginaciones cualquier teorización al respecto.

Yo elijo creer que hay una búsqueda moralista.

Los grupos de tareas se movían de noche, accionaban amparados por la oscuridad y eran tiempos de toques de queda o estado de sitio. Casualmente, el Hombre Gato atacaba de noche a personas indefensas, sobre todo mujeres, que salían en horarios inapropiados. Como en un cuento, las madres de aquella época han llegado a decir que a los chicos que se portaban mal… se los llevaba el Hombre Gato.

Cuando la rutina y la tranquilidad son sinónimos, un hecho aislado se alimenta solo y crece exponencialmente hasta que explota. Lo que sea que haya ocurrido con el Hombre Gato, significó la ruptura de un orden establecido y una notoriedad para grupos de gente que le eran indiferentes a los grandes títulos. Pero sobre todas las cosas, el Hombre Gato es una leyenda urbana.

Jorge Halperín, un conocedor de la materia, define a la leyenda urbana como “un relato de un supuesto episodio, supuestamente ocurrido, que circula de boca en boca, de una manera extraordinaria (…) y es recibido y retransmitido por la gente sin (…) una prueba de veracidad”.

Las leyendas urbanas, al igual que las fábulas o algunos cuentos, tienen un fin adoctrinador. Un motivo por el que nace y se esparce. La leyenda del Hombre Gato no es la excepción: Rompió la paz de distintos pueblos, dejó a las autoridades en absoluto ridículo, obligó a la gente a no salir de noche y finalmente los unió como grupo durante su cacería.

Podemos teorizar y trazar líneas hipotéticas para explicar cómo inciden estos fenómenos en la vida de las personas. Podemos trazar paralelismos con historias similares que muchos vivieron pero que tal vez nunca existieron, como “la dama de blanco“, “el Pombero” o “la conciencia social de Aranguren”. Las posibilidades son infinitas como los fenómenos y los prodigios, y de nosotros depende quedarnos con la historia o tratar de entender una realidad con esta.

Mientras tanto, yo me quedaré pensando al respecto y saldré esta noche a caminar por el parque porque… uno nunca sabe…

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