Los doscientos boxes

Error crítico: Error provocado por el agente que lleva el puntaje (score) de la conversación a 0 (cero) en caso de ser escuchada por el sector de calidad de su campaña.

“La verdad es una y el error, múltiple”.
Simone de Beauvoir

Lo haría todo nuevamente,
perder mi camino y volver a caer,
sólo para volver a llamar
a la piedad que hay en ti.

Depeche Mode – Mercy in you


Tomás hizo explotar todo.

En ambos sentidos, literal y figurativo.

Supe su nombre y apellido antes que el de cualquiera porque estaba antes que mí en la lista que nos tomaban durante la semana de capacitación. La lista la tomaban al final, los muy turros, era imposible escaparme como lo había hecho otras veces, para otras empresas, aprovechándome de la enseñanza conventillera de estos lugares: treinta pibes metidos en una caza de zapatos, encrudecidos por el frío del aire. Es difícil recordar treinta caras para quienes dan la capacitación, en parte por la cantidad, en parte porque les chupás un huevo.

Entrar tarde tampoco era una opción, porque en la puerta de la oficina, de nueve a nueve y cuarto, nos esperaba la recepcionista. El que no llegaba en ese horario no entraba después… no me quedó otra que asistir correctamente todos los días. Pero seis horas de aprender a ser una máquina de alto rendimiento y a la vez apelar a la empatía y ser lo más humano posible, dejándote en el camino maltratar un poco, pidiendo permiso para cortar tres veces si del otro lado te llama un tipo pajeándose (pajeándose mientras llama a atención al cliente, increíble) es, simplemente, infernal.

Me terminaba durmiendo antes de que la jornada terminara, así que cuando el profesor tomaba lista y decía “Gallo, Tomás”, yo resucitaba de entre los dormidos y me llenaba la boca de saliva listo para decir “presente” cuando escuchase “Gestre, Camilo”.

Olivia y Tomás abrieron los primeros capítulos de esta crónica que busca relatar los sucesos que nos hicieron importantes, famosos o conocidos, pero que no fue más que la única manera que tuvimos para que escuchasen nuestras exigencias. Con esto voy a que conocieron a Olivia y conocieron a Tomás en algunas líneas, pero no conocieron a Olivia con Tomás. Me gustaría también contarles de cómo es Tomás con Olivia, pero aprendí muy pronto que él es tan magnético como inaccesible.

Olivia es una recuperada del call. Los recuperados la pasan peor que los que arrancamos el trabajo con desencanto, sabiendo ciertamente que no hay posibilidad de mejora o ascenso, vamos por razones propias, no damos un gramo más de esfuerzo por la empresa. Ella ahora también es así, pero en un momento se comió el verso, compró humo, lo tragó y lo vomitó para volverlo a tragar, y lo hizo por necesidad.

No la pasaba bien, se notaba que algo pasaba, que algo tenía. Problemas, una mezcla de varios, configuraban la oscuridad de sus ojos. Nos reíamos muchísimo con ella, pero no dejaba de ver una sombra tras ella, agarrándola de los hombros y llevándola a un lugar malo, la sombra era un aura de tragedia que todos detectábamos y que no traía consigo nada prometedor. Además de esto, se notaba que la plata no le alcanzaba, llevaba siempre arroz blanco en el tupper para el almuerzo y muchas veces la vi contando monedas para cargar la SUBE o yéndose caminando por no haber podido cargarla. Moneda a moneda consiguió ahorrar para darse cinco días de vacaciones, alejada del desastre que debía ser su vida en la ciudad, pero se dio cuenta de que no podía vivir tan ajustada. Después de varias semanas de currículums enviados y ninguna llamada, decidió inscribirse en el programa Talento Nuestro, a ver qué pasaba.

“Talento Nuestro” era un programa de la empresa que venía, en teoría, a promover el desarrollo de una carrera interna en la empresa. La idea progre era “generamos nuestro propio semillero de supervisores y las contrataciones son internas en vez de buscar supervisores de afuera”, pero todo este discurso caía cuando leías los requisitos imposibles con los que podías aplicar: 90% en calidad, la recomendación de dos supervisores y de la jefa de campaña, presentismo del 95% anual y demases cosas que no llegué a leer…cualquier remota posibilidad de anotarme fue dada de baja en ese momento. Pero yo soy mochilero, puedo estar más o menos en un trabajo, pero sé que me voy a ir.

Olivia, en cambio, llegó a pensar seriamente en que iba a terminar trabajando toda su vida en la campañas, como una condena aplicada sin un crimen previo. Pensó de manera tan real esto que se anotó en el programa para evitar estar en la línea si ese iba a ser un trabajo eterno. Ahí conoció a Tomás.

A todos nos engancha de Tomás su tonada indescifrable, su boca roja, estirada en una sonrisa constante, y ojos tan oscuros como la sombra que envolvía a Olivia, pero con un brillo del que ella carecía. Su cara era la paleta de colores donde Oli aprendió a descansar de su infierno. Simpatizaron en minutos, estudiaban antes de entrar a la oficina y luego de salir, sincronizaron sus breaks con precisión envidiable por ser personas de dos campañas diferentes. Besarse estaba prohibido, pero ellos no lo intentaron siquiera… me acuerdo que lo único que hacían era darse las manos y mirarse con fuerza abrasadora, con deseo oculto, con vergüenza abismal, con ternura, con ingenuidad. Con un ideal indescifrable rodeándolos como llamas.

Se recibieron, finalmente, Olivia con el puntaje más alto de la promoción. Los dos volvieron al box, a atender llamadas, a la realidad, esperando que el próximo llamado de supervisores no tardase en llegar. Meses después se abrió una subdivisión en WellClean, el monopolio de limpieza y perfumería que nos contrataba para atender la línea de atención al cliente. Necesitaban un supervisor y Olivia se sintió aliviada: ella trabajaba en esa campaña, tenía conocimientos que sabía eran un “extra” a la hora de aplicar. Sintió su ascenso palpable y firme, su sombra lo sintió también, siempre oculta tras ella, sonrió a la fortuna que se acercaba a romperle la boca de un beso y con esa sonrisa expectante se tomó sus vacaciones, sus días en un camping municipal de la costa.

Volvió tostada y relajada. Su sombra, un poco apagada, seguía presente (y después iría creciendo más y más, pero eso es adelantarse). Las noticias le cayeron como cuchillas a una asistente de mago: Tomás había sido nombrado supervisor, sin siquiera haber estado en esa campaña. A su vez, ella venía hablando con él durante sus vacaciones, y Tomás no le dijo nada.

La ruptura fue dura, nos enteramos que ella le llevó a Tomás un bolso de mano con su ropa y que puso en el bolsillo de su camisa un cepillo de dientes rojo a juego. Cuando el plan de Tomás se reveló, no hubo nada que él no hiciera para que ella lo perdonara, ni para que se decidiera a unirse a nosotros. Ella no se unió, pero finalmente perdonó a Tomás, sin dejar de sentir un resquemor en el alma por haber sido parte de un simulacro falaz.

La navidad pasada nos juntamos con Olivia a festejar sin comida pero con mucho vino. Nos emborrachamos con ganas de perder la conciencia, una de las peores razones para emborracharse. Hablamos de Tomás y de su agenda ocupada ahora que era un “líder de masas”. Los ojos de ella se inundaron y lloró sin parar por varios minutos.

No me acerqué a ella, mejor dicho no la toqué, estuve a su lado, ahí, esperando a que hablara. Lo hizo unos minutos después, con la nariz roja y sorbiéndose los mocos. En sus ojos brillaban todas las estrellas de mi patio.

—Digo qué no me duele, pero hubiese sido todo más sencillo para mí si me elegían en esa campaña ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué?

Me acerqué y le di un beso en la frente. Sentí a ese espectro negro que respiraba tras ella estirar sus brazos hacia mí, abarcándonos a los dos en un siniestro abrazo.

Apenas despegué mis labios de su piel para decirle:

—Es tu sombra, Oli, tu sombra que no se va.

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