Tras los pasos de Clarissa Miller

El cuerpo desnudo de una joven envuelto en nylon y cinta de embalar gris aparece cerca de una corriente de agua. Sus labios están azules, sus ojos cerrados para siempre en la flor de su vida.  «Mierda… ¡Ese es el comienzo de Twin Peaks! Pensemos en otra cosa, ese… no va a ser mi final. No voy a terminar así. Yo soy una sobreviviente ¡No puedo morir aquí! ¡No voy a morir aquí!».

Tras los pasos de Clarissa Miller - Jimena Patiño

Seis meses antes:

Marzo me encanta, siempre reboza de actividad, es un mes esperanzador, de nuevos comienzos, es cuando el año comienza a tener sentido realmente. Este día en particular me gusta porque inicio la cursada de mi último año en Turismo y Hotelería. Elisa Ocaris, “vuestra merced”, está más cerca de la licenciatura, pero también a los 27 —cumplidos en febrero— se está más cerca de los treinta, lo sé… eso no es tan esperanzador, pero a mi favor tengo un recorrido muy inusual que desembocó en unos estudios tardíos, pero con una gran variedad de carreras alternativas: ¿A dónde piensan encontrar una Licenciada en Turismo y Hoteleria, maquilladora, organizadora de eventos, profesora de Inglés y sí, casi radióloga?  Yo sé que algún día mi vida va a tener más sentido y esas carreras inútiles me servirán de algo. Por ahora solo me queda aspirar a lo mejor y rezar como en “Los juegos del hambre” para que “Las chances estén a mi favor”.

Volvía de la universidad cortando por la plaza del centro cuando una muchachita con un rodete de rastas y una ropa de lo más colorida me dio un volante que casi tiro automáticamente, pero por alguna de esas cosas del destino, le leí y me intrigó. El papel rectangular decía:

“Tras los pasos de Clarissa Miller”: ¿Es usted un amante de la intriga y el suspenso? ¿Buscador de nuevas experiencias? Queda cordialmente invitado a nuestro grupo literario y algo más… Todos los martes de 19 a 21. Posadas 346”.

¿Quién es la tal Clarissa? ¿Y por qué alguien quisiera seguir sus pasos? No lo sé, pero el resto era aún más interesante. No era el volante de préstamo a una sola firma o vidente natural que suelo recibir. Calculé en mi mente que por la dirección se trataba de un centro cultural, no muy lejos de mi departamento. «¿Un club literario?» La idea me fascinaba. Me gusta leer, pero el concepto de debatir una novela acaloradamente con un buen café de por medio, en la realidad de un espacio físico, me resultaba tentadora. «Probablemente solo asistan jubilados, y no será por asomo esa idea de discusión interesante y debate que te imaginas» me dijo mi mente pesimista casi en el mismo instante que mi interés crecía exponencialmente como mecanismo para equilibrar la ansiedad.

Ya formaba parte de varios grupos de lectura en Facebook, pero vamos… Me estaba cansando un poco de discutir siempre sobre Jace Wayland/Morgenstern/Herondale, Percy Jackson y Harry Potter… sin embargo, de La Tierra Media no me cansaba nunca. Contemplé el volante y me dije: «Mañana es martes. Mañana me voy a enterar quién es esa Clarissa Miller». Guardé el folleto en mi carpeta de apuntes y seguí el camino a mi hogar como si nada.

Ya era martes y a las seis treinta me encontraba de regreso del trabajo. Soy secretaria en un instituto de inglés y en ocasiones me ocupo de cubrir las vacantes por ausencia de ciertos profesores de los primeros años. Mi certificado no me permite mucho más que eso. No puedo dictar clases en escuelas y eso me enoja bastante, pero no me quejo. Soy la ficha que se mueve de un lado a otro y hay días emocionantes en los que incluso me toca leer un texto de un libro de Nivel 1 y poner un CD para que los alumnos escuchen ¡El colmo de las sorpresas laborales! —Sí, estoy siendo irónica, por si no lo notaron—. Lo único bueno es que puedo pagar el alquiler de medio departamento. La otra mitad la comparto con mi novio (¡Ja, se lo creyeron!). En verdad, la otra mitad la comparto con mi amiga alemana llamada Mara Bürk, quien vino por una temporada y se enamoró de la cultura ¿Por qué alguien quisiera dejar Berlín y cambiarla por Buenos Aires? ¿Londres? Lo entendería, Buenos Aires… es otro cantar, pero ella es feliz trabajando en una ONG para niños con escasos recursos y es el colmo de la bondad personificada con sus cabellos rubios cortos y su aspecto de Gwyneth Paltrow en los noventa. Ella es psicóloga infantil y la primera en mi club de fans en sugerir que claramente soy “una eterna adolescente que se niega a madurar y establecerse”. Dice que sueño despierta porque la vida no me resulta todo lo divertida que espero, pero que la diversión no es el único motor de las cosas. Psicología de bolsillo.

Apresuro el paso cuando me encuentro en Posadas al 300 y allí contemplo el frente de una grande y vieja casona. Uno de esos petit hotel’s que te quitan el aliento. «Increíble que hayan destinado un lugar así para Centro Cultural». La fachada parecía la de un antiguo edificio de reminiscencias europeas. Soy tan inculta que no sé distinguir si inglesas o francesas, pero parece de la Belle Époque. Como sea, le saco una foto con mi celular y entro tratando de no parecer tan asombrada y campesina.

Leo en la placa de la puerta que el nombre del centro es “Las rosas inglesas” y río para mis adentros por lo mucho en lo que se esforzaron por ocultar su influencia sajona. En la recepción me atendió una secretaria que se parecía a Miss Moneypenny de las películas clásicas de James Bond. Todo era tan formal que te sentías transportada al decorado de una obra muy refinada. Le mostré con dudas el volante para saber más acerca del club literario, cuando la mujer me dijo que esperara y se levantó rápidamente antes de que pudiera preguntar más.

Para mi asombro, reapareció junto a un hombre de unos treinta y cinco años, vestido con un traje negro, pero en lugar de camisa llevaba una simpática remera rayada. Su presencia y su estilo de intelectual bohemio era cuidadoso esforzándose en parecer lo contrario. Sus ojos eran vivaces y grises, como los míos, pero interesantes ¿Debería confiar en un hombre con mi mismo color de ojos cuando yo no confío en los míos? La diferencia es que él sí sabía cómo sacarle uso. Mientras intentaba poner mi mejor cara de póquer luego de la sorpresa  inicial, Miss Moneypenny habló:

—Llegaste temprano, pero él es el profesor del taller literario.

—Hola, me llamo Valentín Anderson, soy el “coordinador” del club literario—dijo, haciendo comillas en el aire, luego extendió su mano para saludarme y acotó sonriendo devastadoramente—: Creo que “jefe” o “profesor” suena un tanto pretencioso, mejor digamos que oficiaré de guía. Por el modo en el que está planeado el club, todos aprenderemos de la experiencia de los otros ¿Estás interesada en participar? Inquirió dirigiéndose a mí, pero yo estaba perdida en otra parte de mi mente.

«Esa pinta ¿Y encima es el coordinador? ‘Elisa Anderson’… suena adorable ¡Controlate y respondé, no lo mires como una boba!».

—Yo tengo mis dudas ¿Quién es Clarissa Miller?

Me las arreglé para preguntar y él sonrió misteriosamente pasando su mano por sus cabellos castaños oscuros.

—Eso no lo puedo revelar antes de comenzar el club. Si te interesa saberlo vas a tener que participar. Ahora, en media hora clavada, es la primera reunión… llegaste temprano, pero si tenés tiempo, me encantaría contarte en el club. Eso sí, solo si te gusta leer mucho, porque leeremos bastante en el club, una novela cada dos semanas.

—Bueno, me enredaste con el misterio ¿Las novelas de Clarissa Miller son cortas? Dos semanas no es mucho tiempo… —pregunté para ver si le sonsacaba la información, pero Anderson era inteligente y elusivo como un gato.

—Si te quedás, te enterás de todo —Y pude ver cómo se le marcaba un hoyuelo en la comisura de su endiablada sonrisa. Sí que le sacaba partido a su aspecto.

—Bueno, me quedo ¿Dónde me ubico para esperar? —dije mirando a mi alrededor.

—¡Claudia! —Ese era el nombre de Miss Moneypenny, la que miró a Valentín y asintió con la cabeza mientras él decía—: Tenemos una participante más, anotala y nos vemos en breve.

Desapareció de la habitación mientras Claudia me inscribía en la computadora y luego de unos pesos menos por el valor la cuota, me ofrecía un cafecito para que degustara mientras esperaba en el patio interno a que el grupo comenzara.

El patio era realmente delicioso con las paredes de piedra y una Santa Rita enredada en ella, pero estar en él me impedía ver quién llegaba al club de lectura y eso me fastidiaba un poco. Quería convencerme de que no me había unido a esa locura solamente movida por la sonrisa de un tipo lindo, pero fallaba un poco en el intento. Ya la podía escuchar a Mara: “Más chiquilina que mis pacientes”. Saqué el celular para avisarle que no llegaría hasta la cena y su respuesta no se hizo esperar. La media hora transcurrió lenta, pero con el teléfono encendido ni me di cuenta. Googlee quién era “Clarissa Miller” y me aparecieron perfiles de Facebook, pero ninguna autora… sí que era extraño.

Cuando pasaba un poco de la hora apareció Claudia, que me guió hasta un saloncito pasando un pasillo con láminas muy clásicas de distintas variedades de rosas. Las hubiera mirado más detenidamente si Claudia no me hubiera instado a seguir el paso casi volando.

—Me había olvidado de ella en el patio… espero no interrumpir —dijo en el salón.

Entré torpemente y avergonzada de haber quedado última. Con mi cartera golpeé a alguien al sentarme y saludé a la pequeña muchedumbre que me miraba cordialmente. Eran seis personas contando a Valentín, conmigo éramos siete ¡Y no eran todos octogenarios! Claudia se fue y me dejó allí mientras nuestro coordinador retomaba la conversación.

—Bienvenidos al Taller literario “Tras los pasos de Clarissa Miller”. Mi nombre es Valentín Anderson, pero tienen prohibido llamarme “Señor Anderson”, porque… no soy Keanu Reeves.

Todos reímos menos una señora que sí era jubilada y evidentemente no había visto “The Matrix”.

«¿Inteligente, lindo y con sentido del humor? Este hombre es una triple amenaza ¡Querés calmarte!». Acomodé mi cabellera castaña con mi mano para hacerme la interesante y concentré mi atención nuevamente en las palabras de Valentín.

—Bueno, es hora de develar el misterio. Quizás alguno lo habrá adivinado, pero este taller está destinado a debatir informalmente la obra de Agatha Mary Clarissa Miller… mejor conocida como Agatha Christie. En estas hojas que le entrego a cada uno está la bibliografía completa de la que deben elegir un título para las próximas dos semanas. El nombre será puesto en “la bolsa misteriosa”.

Tomó una bolsa de terciopelo negra con dos tiritas en los costados que la fruncían y la sacudió para el grupo.

—Como es la primera novela que debatiremos y a modo de introducción para no obligarlos a elegir estas dos semanas, me gustaría proponerles, si están de acuerdo, que la seleccione yo y luego pasaremos a presentarnos en el orden de las agujas del reloj.

Todos asentimos, era una propuesta coherente y él tenía el brillo de un niño pequeño al proponer la obra.

—Me decidí por “El misterioso señor Brown” o, en inglés, “The secret Adversary”. Espero que la puedan disfrutar mucho y ansío nuestros próximos encuentros, pero ahora… ahora presentémonos como corresponde. Yo ya dije mi nombre, tengo treinta y seis años y soy docente universitario de sonido, pero amo la literatura, en especial una buena novela policial o detectivesca, y por eso agradezco esta oportunidad que me ofreció el centro de armar este taller literario. Espero que sea un espacio productivo de debate y creación —dijo, visiblemente emocionado, el coordinador.

Miré los rostros de mis compañeros de taller. Había en ellos una mezcla de nerviosismo, simpatía y resquemor a tener que armar una presentación hablando de nosotros mismos. También en el fondo de nuestras mentes estaba la sorpresa. Finalmente se había aclarado el primero de los muchos misterios que nos  acompañarían en la velada: Clarissa Miller no era otra que Agatha Crhistie y aunque personalmente nunca leí nada de ella, excepto unos cuentos cuando estaba en la secundaria, no era ajena a mirar alguna de sus varias adaptaciones a la TV de la mano de la toda poderosa BBC.

Todos los allí presentes habíamos comprado la cuota de misterio que aquel volante callejero o el nombre del Club nos había propuesto. Se podría decir que todos éramos un grupo de curiosos irremediables, pero claro… las presentaciones aún no habían comenzado.

Comentarios
Compartir
Artículo anteriorLa La Land y la vuelta de los clásicos
Artículo siguienteEMERALD CITY: Una nueva visita a la tierra de Oz
Jimena
Lic. en Audiovisión por la Universidad Nacional de Lanús. Cinéfila y escritora (cuando puede permitirse el tiempo). Podría hablar horas de una película, pero dos segundos sobre mí y creo que ya cubrí la cuota XD.