Fade Out

—Where’s the fade-out?
—What?
—When the kissing gets hot and heavy, just before the lovemaking, there’s a fade-out.
—Oh, then what?
—Then we’re making love in some private perfect place.
—That’s not how it happens here.
—What? There’s no fade-out?
—No. But when you kissed me, I felt like my heart faded out. And I closed my eyes, and I was in some private place.
—How fascinating. You make love without fading out?
—Yes.
—Well, I can’t wait to see this.

Este fragmento de diálogo pertenece a The Purple Rose of Cairo, película de Woody Allen en la cual un personaje de cine emerge de la pantalla y comienza a vivir en el mundo real; es decir, el nuestro. En este mundo tiene un romance con Cecilia, “persona real” y asidua espectadora del film. Ahora bien, cuando se besan por primera vez, Tom le pregunta dónde está el fade out. Cecilia no entiende a qué se refiere y Tom le explica que en las películas, después de besarse, aparece un fade out que lleva a los protagonistas a una escena donde aparecen haciendo el amor en un lugar maravilloso. Todos sabemos que no es así como suceden las cosas en nuestra vida cotidiana.

The Purple Rose of Cairo de Woody Allen

En las películas muchas situaciones se resuelven con un fade out. O mejor dicho, no se resuelven. Simplemente pasamos a otra cosa. Con el fade out nos evitamos asistir a la espera de un bondi después de una ruptura dolorosa; vemos directamente a cualquiera de los protagonistas en su casa bajoneados o en el trabajo tratando de pilotearla y después de ahí saltamos a otro momento (una fiesta, un encuentro, otra instancia de patético dolor). En cambio, en la vida real tenemos que vivir cada momento, cada segundo de tristeza después de separarnos; incluso esos momentos cotidianos como subir los escalones del bondi, sentarse, seguir pensando en por qué pasaron así las cosas, por qué todo se desencadenó de esa manera. En la vida real tenemos que saludar al vecino que nos cruzamos en la puerta, aún cuando tenemos el corazón destrozado y lo único que queremos es tumbarnos y taparnos hasta la frente y no salir nunca más. En la vida real no hay escapatoria, no hay saltos en el tiempo. Tenemos que atravesar y ser atravesados por las horas.

Dejemos de lado el corazón roto y pensemos en un viaje eterno, en una escala de una noche en un aeropuerto o en un micro roto en medio de la ruta. El fade out nos ahorraría mucho sufrimiento. Sin embargo, cuando no damos más, cuando lo único que queremos es llegar a la habitación de hotel o a la propia casa y darnos un buen baño y acostarnos en una cama decente, todo lo que podemos hacer es esperar y/o desesperar.

Sin embargo, el fade out también tiene su costado positivo. En las películas, sobre todo en las que son aptas para menores, el fade out hace que esquivemos las escenas de sexo. Vemos un beso, tal vez se acuestan en la cama y después pasamos a la mañana siguiente o al momento en el que alguno de los dos se levanta y se va. En este sentido la vida real tiene su costado interesante. Podemos saborear cada beso, cada caricia. Vivimos el momento completo en el buen sentido, es una pausa en la cotidianeidad, una pausa de los problemas, de las obligaciones. En las películas los personajes pasan al momento incómodo, a plena luz del día, es un golpe del “después”.

Podría decirse que el sueño o la anestesia antes de una operación funcionan como un buen fade out en medio de la vida. O —vamos a decirlo— esas altas borracheras en las cuales uno tiene blancos mentales y no sabe qué o cómo llegó hasta ahí. Sin embargo, son pocas las veces que esquivamos los minutos de conciencia. Debemos transcurrir todo, lo bueno y lo malo, incluso lo insoportable. Quién no hubiera querido un buen fade out hacia el futuro cuando ya nos sentimos mejor después del sufrimiento, cuando ya entendimos que no era tan grave, que casi todo puede superarse o que por lo menos se aprende a vivir con eso, cuando ya somos más fuertes, quizás porque estamos más curtidos. Quién no hubiera querido un fade out después de esa ruptura horrible, saltearse la espera del bondi, los llantos, la tristeza, para pasar a unos años después cuando esa historia parece casi otra vida.

La realidad es que no existe salto, no hay un “esfumarse” de la imagen, no existe un atajo. En la vida tenemos que bancarnos cada detalle, cada momento. Esto puede llegar a ser insoportable a veces, pero se supone —como dice Dr. House en un capítulo que tiene una paciente que no siente dolor— que el dolor está para algo. Y si pensamos en las fiestas, en las buenas comidas, en las carcajadas, en las reuniones con amigos, en los momentos preferidos de cada uno, entonces sí, qué bueno que no haya fade out en la vida real.

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