Nieve Negra - Película

“Lávame y quedaré más blanco que la nieve”, repite desde hace siglos el salmo 50, el tan famoso Miserere —que le dio su exclusivo nombre a la plaza de Once. La nieve, sin embargo, puede mancharse con situaciones secretas o sangrientas como las de esta nota.

El punto de partida es el film Nieve negra que vi recientemente en un cine platense, sobre la que voy a comentar algunas relaciones familiares y humanas. Muere el padre y los pocos hijos libres de una familia de la Patagonia se reúnen (un dato: en realidad fue filmada en los Pirineos de España y en Andorra). De a poco, surgen problemas de herencia por la venta de un terreno, que condimenta un pasado revuelto y oscuro.

Un hermano que muere durante una cacería accidentada configura los recuerdos y el presente del protagonista (Leonardo Sbaraglia), que vuelve de España con su pareja y sus fantasmas ¿Por qué tiene que ir a buscar él y sólo él las cenizas de su padre? ¿Realiza tanto viaje por una urna que no parece conmoverlo demasiado o por otro tipo de intereses no dichos? Locura, dinero y un secreto organizan un relato salvaje en el Sur.

Para ver mejor el bosque…


Ricardo Darín representa a otro de los hermanos: el ermitaño, un hombre escueto en palabras que vive en una cabaña y hace todavía de guardián del terreno sagrado de una familia disgregada en dos mundos.

¿Es posible volver a confiar en aquél que se fue y hoy vuelve con piel de oveja? ¿Qué son, después de todo, los lazos familiares, más que una convención social, una casualidad geográfica o vínculos frágiles que pueden suspenderse/hibernar de un momento a otro?

Ricardo Darín y Leonardo Sbaraglia durante la filmación de Nieve negra
Ricardo Darín y Leonardo Sbaraglia durante la filmación de Nieve negra

Laia Costa, la pareja de Sbaraglia, es primero una figura extraña y silenciosa. Luego resulta ser una catalana astuta que desata una serie de movimientos originales en la trama: gracias a su capacidad de adaptación, negación y negociación reescribe parte de la historia familiar. Personifica el saber darle buen uso a las palabras y las cosas.

Los paisajes helados contagian su tono a las relaciones familiares. Ahogan gritos de sufrimiento, injusticia y venganza. Congelan rostros alegres de antaño de un tiempo que no volverá jamás. Camuflan animales y bestias humanas entre sus bosques siempre verdes. Pero para la mayoría de la gente son sólo paisajes prístinos, turísticos y recónditos, tan blancos como la nieve misma.

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