María Elena Walsh

María Elena Walsh no sólo es parte de la infancia y adolescencia de muchas generaciones. Es parte de toda una vida, del cancionero popular, de toda una forma de ver el mundo. Si yo digo “Vamos a ver cómo es…”, te apuesto a que leíste tarareando.

Poetisa, cantante, dramaturga, pero sobre todo y todo el tiempo: autora. No hay una sola letra de María Elena que no guarde un poquito de su huella. Y eso es lo que se le agradece a través del tiempo. Cada vez que cantás una canción suya, cada vez que leés algo que haya escrito… descubrís que María Elena nunca se subió al último tranvía.

Estaba la Reina Batata…


María Elena Walsh llega al mundo en el calor del verano de Ramos Mejía, Buenos Aires. Un

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María Elena Walsh junto a su hermana, Susana, y su madre.

1° de febrero de 1930 y con, probablemente, la cigarra cantando al sol (Sentada en un plato de lata…). Llega a una familia en la que pudo ser —y hacer— todo lo que quería. Su padre, Enrique Walsh, le pasó un poquito de su talento musical y el gusto por las canciones para chicos, sobre todo las inglesas, que le cantaban sus abuelos.

Con tan solo quince años, publicó su primer poema. Es difícil imaginar que, para 1945, haya escrito para el Diario La Nación. María Elena no se achica con nada y continúa sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes (La mona Jacinta se ha puesto una cinta) y para el ’47 tiene editado su primer libro, Otoño imperdonable. Diecisiete años y con un futuro más que decidido: María Elena quería ser.

Algo tímida y silenciosa, ya sabía que quería perdurar en la memoria popular. Lee, aprende. Todo el tiempo. Quizás para, años después, enseñarnos tanto (Los pobres coladores tienen mucha sed, porque el agua se les escapa cada dos por tres).

Porque me duele si me quedo…


Sus letras empiezan a arremolinarse en los círculos literarios desde temprano. Y conoce así la palabra autorizada de Neruda, Ocampo y Borges que, sorprendidos por su madurez, elogian cada una de sus creaciones (Cuando llueve, llueve y cuando hay luz, se ve).

Allá por el año 1952, María Elena se muda a París, como Manuelita. Atraída por las cartas y la propuesta que su amiga, Leda Valladares, le hiciera llegar (Ya la luna baja en tobogán revoleando su sombrilla de azafrán). Y así emprende un camino para dar a conocer el tesoro más preciado: la música. En dúo, comienzan a interpretar canciones típicas argentinas en un entorno que poco entendía de español. Y aún así cosechan aplausos y elogios. Cuatro años más tarde, vuelven a su tierra (Por tu esperanza interminable, mi amor, yo quiero vivir en vos).

María Elena 3

Después de recorrer el norte argentino con nuevas creaciones junto a Leda, llegó el tiempo de emprender caminos separados (Un pasito para allá, ay, qué miedo me da). María Elena comenzaba a demostrar que lo suyo era luchar por la fuerza de la mujer, por la paz, por la justicia social… ¿Y qué mejor que luchar por todo esto apuntando a la niñez misma?

Un poquito caminando…y otro poquitito a pie


Según cuentan algunas biografías, desde su estadía en París que su mente apunta a cuentos infantiles, a canciones y poemas para los más chicos, pero que sólo Leda Valladares es testigo de ello (Una flor y otra flor celeste del jacarandá). Tuvimos que esperar hasta 1958 para conocer esa faceta, año en que se prueba como guionista de programas infantiles. Y ahí se le ocurrió a la inquieta María Elena crear un nuevo género de programas: el varieté infantil. Así es cómo llegó a revolucionar el mundo del espectáculo (La naranja se pasea de la sala al comedor). Como María Elena a cada paso…

Creó canciones, libros, programas de televisión y obras de teatro. Creó a Manuelita, al Mono Liso, la Mona Jacinta y a la Pájara Pinta. Paseó por tantos ritmos populares que es imposible enumerarlos uno a uno. Marcó cada una de las generaciones que tocó con sus dulces letras (Quiero tiempo, pero tiempo y no apurado), tanto que aún nos preguntamos: ¿Qué hubiera sido de nosotros si no crecíamos escuchando a María Elena? Probablemente no nos emocionaría nada.

Mírenme, soy feliz entre las hojas que cantan


Sus canciones pasaron de generación en generación. Y tal vez por eso prueba su espectáculo para adultos, donde incorpora algunos temas que, hasta ese entonces, no se cantaban demasiado en el cancionero argentino. Emigración, peronismo, críticas a la diferencia entre las clases sociales…

(Juguemos en el mundo, mientras el diablo no está) Pero llega la música de metrallas que no quieren que, precisamente, baile. Es censurada, razón por la cual decide no volver a componer ni cantar en público. Unos años más tarde, es premiada con muchos papelitos, como ser Ciudadana Ilustre de Buenos Aires o Doctora Honoris Causa en Córdoba. Pero el premio más importante que cosecha es que, aún prohibida, sus canciones han sido utilizadas como himnos durante la dictadura (En este mundo traidor, transigir es lo mejor).

Pero en 2011 nos enteramos que María Elena no es inmortal. El 10 de enero todos sus personajes y canciones acuden a despedirla en el Sanatorio de la Trinidad. María Elena deja de sufrir y pasa a ser parte del cielo de estrellas más nutrido del mundo. Esas estrellas que dejan un himno a la vida a través de sus creaciones.

María Elena Walsh 1

María Elena Walsh florece cada vez que alguien canta la “Canción para bajar la luna” o que caminamos despacito como Manuelita. Está en cada viaje que hacemos cantando la “Canción de caminantes” y cuando volvemos con “Serenata para la tierra de uno”. Está en cada vez que pedimos Justicia con “Oración a la Justicia”. María Elena sigue en cada juego, en cada emoción que se despierta al pensarla. María Elena siempre está.

“No te vayas,
quédate.
que ya estamos de vuelta de todo…”

(Barco quieto)

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