LO QUE HABITA EN LA OSCURIDAD Capítulo 2 - El oso que descubrió lo que tenía que hacer

El repiqueteo de la lluvia contra los trozos de metal y basura creaban una singular sinfonía. El sol había desaparecido rápidamente bajo el manto de nubes y el basural se había sumido en la oscuridad. Era tal la cantidad de basura que se acumulaba en montículos. En el más grande de ellos, sobre su cima, se lucía un viejo sillón de dos plazas. Sobre el mismo se encontraba sentada una niña, a su lado un oso de peluche. Ambos se miraban.

—¿Qué soy? —preguntó el peluche.


Hoy es un gran día. Un excelente día. Los pájaros cantan, el sol brilla, el pueblo sigue absorto en su falsa normalidad sin afrontar la desaparición del comisario, nació el bebé de Luisa, que lo buscaron por mucho tiempo, no hace mucho calor. Hoy es un gran día.

Estoy acostado en mi cama, la brisa que entra por la ventana abierta agita la cortina y su sombra crea figuras extrañas en una de las paredes. El perro duerme en mi cama, todo su cuerpo apretado contra mi lado izquierdo, con su hocico clavado en mi axila. No tengo el corazón para decirle que me hace cosquillas.

En ese momento escucho que alguien golpea la puerta de entrada y como no es miércoles de bingo, sé que no son los amigos de mi abuelo. Tampoco es la vecina —vecina que de vecina no tiene nada, porque en mi diccionario para ser vecino tenés que vivir al lado de la casa de tu susodicho vecino, no a dos horas de viaje—, porque hoy es martes de ofertas en el almacén del pueblo. Escucho cómo mi abuelo abre la puerta y habla con alguien, pero no puedo distinguir nada de lo que dicen —bendita sea la sordera heredada de parte de mi padre. Aunque estoy en un segundo piso, así que también puede ser por eso—. Me convenzo de que quiero bajar para estirar las piernas —para no afrontar mi perfil de vieja chusma— y corro al perro. Bajo en puntas de pie, esquivando las partes de los escalones de madera que sé que hacen ruido, y me detengo en el último escalón. De acá tengo una buena posición para observar y oír todo —y en el caso de que el que esté en la puerta sea el asesino del hacha, me va a dar tiempo para ir arriba y mearme mientras me escondo debajo de la cama— y veo que se trata del nuevo comisario. Sí, hasta para mí lo reemplazaron rápido.

—Entonces, ¿cómo te trata el nuevo puesto? —preguntó mi abuelo sin ningún interés en la respuesta, sólo haciendo su parte para cumplir con los requisitos sociales de una conversación entre gente de un mismo pueblo/sociedad.
—Bien…

Lo noté algo nervioso. Desde mi posición podía distinguir la fina capa de sudor que hacía brillar la piel de su rostro.

—¿Y? ¿Qué vino a hacer hasta acá?
—Eh, sí, sí. Perdón.

Ok, extrañamente nervioso.

—El tema es que… bueno, por ahí no porque está alejado, pero…
—Por Dios, ¿puede hablar de una vez?
—Sí, disculpe. El tema es el siguiente ¿Por casualidad vio a María? La hija de los Gutiérrez…

Si hacemos memoria, se acordarán de que María fue la que me contó sobre el titiritero en el entierro de Marta.

—No, la verdad que no ¿Qué le pasó?
—Ayer no volvió a su casa.

Y así, como si nada, el día dejó de ser grandioso.

Ustedes pueden pensar que después de las dos historias que les conté, mi actitud sería la de alguien frío. No es el caso. Tengo sentimientos como todo el mundo y algo llamado empatía —de la que este pueblo carece bastante—, y puedo imaginar cómo se puede llegar a sentir la otra persona. Mi abuelo también. Sabe cuándo hay que dejar de ser un egoísta retraído y preocuparse por lo que es necesario.

Me acerqué a ellos y me hice presente. Saludé al nuevo comisario, que me miró con mala cara, y pregunté en qué podíamos ayudar. Y, bueno, acá pensarán que soy un hipócrita o que digo algo y después hago otra cosa; cosa que suelo hacer. Pero uno casi siempre espera la respuesta: Nada, dejen que la policía se encargue y yo ya me imaginé la escena. Yo preguntando si estaba seguro, él repitiendo la misma respuesta, yo yendo a mi cama a pensar que nunca voy a traer un hijo a este mundo. Pero este es un pueblo, todos se conocen con todos… y obvio que iban a aceptar nuestra ayuda. Cosa que yo no esperaba, claramente.

La ida al pueblo fue rápida. No eramos lo únicos que habían ofrecido su ayuda, ya que eran varios los que caminaban por la calle gritando el nombre de María.

Por un momento vi a sus padres. Ella llorando, él hablando con el Cura del pueblo. Ella culpándolo por haberle comprado ese peluche de mierda, él peleándose con ella. Párenme el carro ¿Peluche? ¿Qué tiene que ver un peluche con todo esto? ¿Por qué alguien, por tener un peluche, se iría? ¿Es esta la versión argenta de Pinocho? Aunque así no iba la historia. Estás divagando. Ya sé. El Cura tampoco entiende bien lo que está pasando, pero los intenta calmar igual. Les dice que repitan un Padre Nuestro, les da muestras de agua bendita, palmea de manera incómoda el hombro del hombre. Hace lo que puede.

Espero hasta que se va para acercarme a la madre. El padre estaba hablando con el nuevo comisario. No sabía bien qué decirle, después de todo ¿Qué se le puede decir a un padre que no puede encontrar a su hija/o?

—¿Qué onda con el peluche ese? —Tal vez no esto. Menos de esta manera. Tal vez debería esconderme debajo de una piedra hasta que salga el sol.
—¿Qué? —me preguntó entre llantos ahogados.
—Los escuché hablando. Dijiste algo sobre un peluche… y la verdad me entró curiosidad —Debería decirle algo por lo de su hija—. Terrible lo de tu hija… con mi abuelo estamos ayudando a buscarla —Ok, un poco brusco pero sirvió.
—Gracias —me respondió con una sonrisa débil, después agregó—: El peluche… se lo regaló mi marido hace un par de semanas, cerca de cuando murió Marta. María nunca tuvo muchos amigos y quisimos que se alegrara un poco.

En ese momento recordé que cuando hablamos, llevaba un peluche en sus manos.

—Pero desde ese momento cambió… fue imperceptible, pero yo lo sentí. Con el tiempo empezamos a ver que hablaba con el oso todo el tiempo.
—Bueno, no creo que sea algo anormal… los chicos suelen hacer eso.
—Sí, pero empezó a hacer cosas que antes no hacía. Y cuando le preguntábamos por qué, nos decía que el oso se lo había dicho.

¿Por qué en este pueblo todo tiene que ser tenebroso? ¿Por qué no llamé todavía a mi mamá para que venga a sacarme de este martirio?

—Cada vez llegaba más tarde del club y nos decía que el oso le había pedido que tomara otros caminos… hasta que directamente no volvió.

Ni bien dicho eso, la mujer rompió en llantos. Intenté calmarla pero fue imposible. El marido se acercó rápidamente y se la llevó al interior de la casa. Todo el mundo me miró con mala cara, como si yo fuese el responsable de todo lo terrible que estaba pasando en el pueblo —en cierta manera tienen razón—, por lo que decidí escabullirme por uno de los pasajes, que me llevó hasta una calle deshabitada. Caminé algunos pasos, hasta que me detuve en seco. A unos metros, justo sobre la esquina, estaba María, mirándome fijamente. Quise gritar para llamar a todo el mundo, pero con un gesto me pidió que hiciera silencio y que la siguiera. Y a veces me olvido de que estoy en una película de terror y me mando sin problemas.

La seguí por lo que parecieron horas o tal vez minutos, no sé bien cómo funciona eso de la relatividad, hasta que dobló en otra esquina y entró al depósito de desperdicios del pueblo. A través de la pared de concreto podía distinguir varios cúmulos que variaban en altura, pero de todos se desprendía una aroma similar. Tomé aire y entré.

Empezó a llover. El repiqueteo de las gotas contra los objetos metálicos creaba una extraña sinfonía. Caminé entre las montañas de basura, hasta que llegué a una especie de claro, y en el medio estaba María, sentada sobre un sillón, con un oso de peluche a su lado.

—María…

No sabía qué decirle. Debería empezar por decirle que su madre estaba a punto de tener un infarto. Pero no podía. El ambiente no me lo permitía, sentía que no era el momento para decir aquello. Así que esperé.

—Hola… nos vimos en el entierro de Marta ¿Te acordás? —me preguntó.
—Sí… me contaste sobre El Titiritero.
—Sí. El comisario me dijo que no tenía que haberte dicho nada. Pero ahora está muerto.

Ok, esto se está tornando creepy.

—Los demás prefieren pensar que está desaparecido. Pero no lo está…
—¿Cómo sabes todo esto?

En ese momento, María miró al oso y respondió:

—Él me lo dijo.

Obviemos el temblequeo de mis piernas.

Esta vez dirigí mi mirada al oso, expectante. Y lo miré. Y lo miré por un rato más. Lo miré hasta que me sentí estúpido por esperar algo de un peluche. Y ahí me convencí de que todo esto era todo imaginación de María y que era hora de llevarla con su familia.

—Vamos María, tu mamá está preocupada.

Comencé a caminar hacia la entrada, confiado de que ella me seguía atrás, pero al mirar me di cuenta de que no se había movido un milímetro. Miraba fijamente al oso.

—Decile algo… no nos va a creer si no.

Y debe haber sido el relámpago que iluminó todo o tal vez la demencia hereditaria de mi familia había llegado antes de tiempo, o por ahí era el aroma en este basural, pero el oso giró su cabeza y me miró fijamente. Y con una voz similar a la de un niño, dijo:

—¿Nos creés ahora?

Ah, volvió el temblequeo de las piernas.

—Sos un oso de peluche…
—Sí…
—Que habla…
—Sí. Pensé que con haber conocido al Titiritero estarías más dispuesto a aceptarme como soy.
—¿Cómo sabes sobre El Titiritero? ¿Cómo sabías que eso era lo que había matado a Marta? ¿Qué sos?
—Exacto ¿Qué soy?

Su respuesta me dejó algo perplejo. En realidad toda la situación me tenía algo perplejo.

—Yo le dije que es un oso de peluche —explicó María.
—Pero no me siento como uno.
—¿Y cómo te sentís?

Ni sé por qué estoy participando en esta conversación.

—Ese es mi problema. No sé qué soy. No sé qué siento. María me dice que tengo apariencia de oso, pero no soy uno real. También me dice que mi voz es la de un niño, pero no me siento como un niño real.

¿Qué les dije? Pinocho versión argento.

—Pero… ¿Cómo llegaste a estar ahí adentro?
—No sé. Desperté un día y estaba atrapado en este cuerpo. Luego me di cuenta de que María podía escucharme y le expliqué todo. Ella prometió que me ayudaría y por eso estuvimos yendo a diferentes lugares, buscando pistas.
—¿Y por qué terminaron acá? ¿Por qué María no volvió a su casa?
—Porque le prometí que no iba a dejarlo solo.
—Y terminamos acá… porque estoy seguro de que hay una pista escondida entre toda esta basura.
—¿En qué te basás?
—Porque cuando pasamos por acá, tuve una visión. Estaba en una casa y una mujer dejó un objeto frente a mí —¿Tal vez su madre?—, pero no puedo recordar qué era. Siento que se encuentra acá ¿Me ayudás a buscarlo?
—Sí… pero dejá que María vuelva a su casa. No es bueno para una nena estar bajo la lluvia, en un basural y sin ver a su madre durante un día.
—¡No! ¡Prometí que me iba a quedar al lado suyo todo el tiempo!
—María —habló el oso—. Está bien. Volvé a casa, te prometo que más tarde él me llevará de vuelta.

María no contestó, pero lo miró fijamente. Luego me miró a mí.

—¿Me lo prometés?
—Sí…

Dicho eso, abrazó al oso fuertemente y salió corriendo en dirección a la salida. Esperé unos momentos y luego me acerqué al sillón.

—¿Qué hay que buscar?

El oso movió su cabeza y me miró.

—No hay que buscar nada. Mentí.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque mi tiempo se está acabando. Al principio dudaba de por qué había despertado en este cuerpo, pero luego comprendí que lo que había que solucionar no era mi problema, sino el de María.
—¿A qué te referís?
—Ella es una niña solitaria. No tiene muchos amigos, pero tampoco sabe cómo tenerlos. Yo cumplí con mi cometido, fui un amigo para ella, pero no podré estar siempre aquí. Necesito alguien que la siga cuidando cuando me vaya.
—Por eso le pediste que me busque…
—Sí… Sé que no nos conocemos mucho.
—Sos un oso de peluche, no nos conocemos nada…. Pero no te preocupes, voy a acompañarla.
—Gracias. No lo querés creer, pero sos una buena persona.
—Gracias… supongo ¿Qué va a pasar ahora? ¿Necesitás que haga algo más?
—No.. simplemente dejame ir.

Me senté en el sillón y miré hacia la nada. Me encontraba completamente empapado, sentando en un sillón roto, en medio de un basural, a punto de ver cómo moría un oso de peluche. Y sin embargo, sentí que estaba en el lugar y momento indicado. Muchas veces creemos que nunca somos capaces de ayudar al otro, que siempre dejamos pasar todas las oportunidades. Pero, tal vez, esas no son las nuestras, sino las de otros. Esta noche, esta oportunidad es mía. Dos semanas atrás, fue la del oso.

En ese momento, una fuerte brisa atravesó todo el terreno, llevándose aquella atmósfera pesada que había sentido al llegar. Miré al oso y noté que estaba caído hacia un costado, sus manos estaban duras y sus ojos ya no brillaban como antes. Miré hacia el cielo y lo despedí en mis pensamientos.

Mientras me dirigía hacia el centro del pueblo, con un oso de peluche bajo mi brazo, pensé en las cosas extrañas que me habían sucedido hasta ahora. Claramente, normal no es, pero al mismo tiempo me gusta sentir que tengo algo especial que llama a este tipo de cosas. No lo sé… por ahí, después de todo, este lugar no es tan terrible.

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