Captain Fantastic

No es algo común encontrar películas que presenten una crítica social en su argumento, que al mismo tiempo esa crítica no sea el epicentro del argumento y que no sea narrada a través de elementos fantásticos o de ciencia ficción.

Hace unos días me encontré con un ejemplar de esta especie, el drama-comedia Captain Fantastic, estrenada en nuestro país el pasado diciembre, dirigida por Matt Ross.

El Capitán del título, interpretado por Viggo Mortensen, es Ben Cash, patriarca de una familia de seis hijos que eligió vivir aislada de la sociedad urbana y capitalista, valiéndose por sus propios medios en pleno bosque. Al comienzo de la película, la madre de la familia, internada por problemas psiquiátricos, se suicida y a partir de ahí, padre y niños se embarcan en un regreso a la civilización para lograr cumplir con los últimos deseos de ella.

La obra de Ross —que Viggo Mortensen Captain Fantastictambién escribió el guión— funciona en, prácticamente, todos los niveles. La historia fluye con una cadencia acertada, que no hace sentir largas sus 2 horas de duración y los elementos dramáticos y cómicos se alternan en la medida y el momento justo, evitando caer en el golpe bajo o en el absurdo. Visualmente se hace justicia a los espectaculares paisajes naturales, hogar de los protagonistas. Los seis jóvenes actores y actrices cumplen sus roles a la perfección y Viggo Mortensen vuelve a lucirse como lo supo hacer en Una Historia Violenta, La Carretera o Promesas del Este, con un personaje que atraviesa un espectro de emociones con sutileza y naturalidad, sin la necesidad de recurrir a esas interpretaciones demasiado intensas y evidentes (Leo Di Caprio, Daniel Day-Lewis, los estoy mirando).

“Los preparó para todo excepto el mundo exterior”, un resumen del argumento, pero sobre todo del protagonista.

Todo eso se conjuga en una película entretenida, conmovedora, fresca y original. Pero también hay otro nivel en el que se puede —y tal vez se debería— analizar la historia, que se trata de la filosofía de vida de la familia Cash.

captain-fantastic-posterPadre y madre deciden instalarse en la naturaleza y criar a todos sus hijos desde temprana edad aislados de la sociedad. Ambos se encargan de educarlos de forma eficiente, pero extrema: saben cazar, sobrevivir en la naturaleza, poseen conocimientos avanzados de ciencias exactas, filosofías políticas y sociológicas, y un estado físico comparable al de atletas. Pero no saben lo que es una bebida cola, las zapatillas Nike o cómo interactuar con otros chicos de su edad. Por otro lado, en un puñado de escenas y diálogos se aprecia una crítica acertada de la sociedad a la cual le dieron la espalda: el sistema educativo no es eficiente en lo más mínimo, la forma de alimentación “normal” resulta en obesidad generalizada, la tierra no está distribuida de un modo justo ni eficiente.

Esa filosofía de “autosuficiencia” y autarquía, generalmente acompañada del “survivalismo”, podría parecer romántica a primera vista, pero en realidad implica una severidad constante: el entrenamiento físico es estricto, la familia no desaprovecha oportunidad de contrariar al sistema, Ben ni siquiera cede a la curiosidad de sus hijos por probar “malteadas” o hamburguesas con queso. Incluso pueden llegar a causar inquietud las “misiones” que le asigna a los chicos. Si uno tiene en cuenta casos como el del terrorista Ted Kaczynski, también conocido como el “Unabomber”, quien adhería a esta filosofía, no puede evitar preguntarse si Ben entrena a sus hijos de esa forma con algo más en mente.

El desenlace de la historia, sin entrar en detalles spoileros, presenta una opción de reconciliación que no implica dejar de lado esos otros principios de vida. Desde ya, no tengo la ilusión de que Captain Fantastic se convierta en una obra revolucionaria, pero si se le presta atención, nos puede enseñar algo más que una buena forma de hacer cine.

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