Los doscientos boxes

Cola invisible (Invisible Queue): Aquella en la que los clientes no saben cuántas llamadas hay en espera o con qué rapidez se atienden las llamadas.

Cola visible (Visible Queue): Aquella en la que el cliente es informado, comúnmente mediante una grabación, del tiempo de espera de la llamada o la cantidad de clientes faltantes para su atención.

“Un hombre entre mil hombres, nos dice Salomón, se une a ti con más cariño que un hermano, y bien vale la pena buscarlo media vida por si lo encuentras antes de vivir la otra media. Novecientos noventa y nueve están pendientes de la virtud que el mundo te reconoce, pero el hombre milésimo será tu fiel amigo aunque el resto del orbe se ponga en contra tuyo. Novecientos noventa y nueve de ellos buscarán tu experiencia, tus hechos y tus victorias, mas si él te encuentra a ti y tú a él todo el resto del mundo perderá importancia, porque el milésimo hombre estará a tu lado en todos los caminos del triunfo o la derrota. Novecientos noventa y nueve no podrán soportar la vergüenza, la burla o la risa, pero el milésimo hombre siempre estará a tu lado, hasta el pie del patíbulo y todavía después.”

Rudyard Kipling, “El milésimo hombre” (fragmentos)

Escalas de grises, algún azul marino y un poco de naranja furioso. Paredes lisas, sillones ergonómicos, teléfonos que suenan, voces que no se apagan.

Si fuese corriente artística, sería impresionista; si fuese técnica, naturaleza muerta y si fuese lienzo, lo bautizaría Desespero.

A lo largo de las interminables filas caminan como carceleros los superiores, los ventanales laterales que dejan ver el sol los atraen como la luz a los bichos. Somos una fábrica de suspiros ahogados, de miradas frías, de sueños que se postergan. Las oficinas de los más importantes están vidriadas, vemos como voyeurs masoquistas a las personas que no tienen la vincha apretando sus cabezas. Las tazas motivacionales, las tarjetas de identificación, los teclados manoseados, las computadoras tildadas, el espantoso y eterno olor a limón, la ausencia de plantas y vida.

Hay una gran alienación dentro de los call centers, se suele decir que “No sos más que un número” en lugares así.

La verdad, eso es una mentira a medias: Somos un número, es verdad… pero somos todos el mismo número, que obviamente es peor que ser un número en sí. Alineados como infinitos ceros en la geometría solitaria de los boxes, abandonados a no tener distinción entre otros ceros. Todos los ceros consolándonos de que al menos el cero es un número bastante interesante, que no se rige por las leyes de matemática convencional, que en algunos casos no se lo considera número sino un simple punto en el que se empiezan a diferenciar los números negativos y los positivos… como un hombre que va a fiesta swinger pero pasa sólo para ver… nada lo afecta, nada lo toca, está presente pero no se involucra, no se deja afectar por la energía de los números mezclados, apretándose a su alrededor.

Peor sería ser un dos, aburrido, par, eterno, estoico, inamovible.

Que mal que me pegó el haber ido a ese lugar con Julieta, no me lo puedo sacar de la cabeza, pero uno hace lo que puede para reflotar una relación. Estoy cansado de que mis relaciones tengan fecha de vencimiento, de que sean jarrones irreparables… el otro día vi uno de esos videos virales que mostraba una costumbre japonesa. Cuando se rompía una pieza de cerámica, se usaba barniz con polvo de oro para unir las partes y volver a utilizarlo, resaltando así la belleza posterior de cada dolorosa fractura. Quiero tener eso con alguien, cicatriz tras cicatriz, llegando a la belleza del mutuo conocimiento.

Volviendo al tema, ser un número, y ser el mismo número, te invisibiliza. Cuando llegás a supervisor la visibilidad es mayor: ya no sos una fracción del inmenso todo, sino que sos una parte de algunos pocos. Quienes aspiran con llegar a esa posición no esperan un reconocimiento económico, les pagan exactamente el doble porque trabajan el doble de horas que nosotros. Quiero decir con esto que no hay ningún extra “por pertenecer”.

Es por eso que muchas personas buscan armar su carrera ahí adentro, para visibilizarse. Ocupando horas fuera del trabajo en lecturas de artículos sobre motivación, liderazgo y otras recetas bajadas del reino de la precarización y el maltrato laboral mal disimulados. No importa quemarse las pestañas con cúmulos de palabras rebuscadas que no dicen absolutamente nada, aunque intentan lastimeramente hacerlo.

No sé si habrá otros que buscan ascender por mis motivos, muy diferentes a los de ellos. Todavía no llegué a pensar que este pensamiento pudiese ser parte de una corriente “corpofilosófica” (como la bautizó mi mano derecha dentro de este escándalo que estamos tramando) que se está gestando en varios lugares del mundo.

No puedo intentar adivinar qué pensaban el resto de los futuros supervisores cuando se pusieron la toga y el ribete, ni cuando recibieron el diploma, ni cuando dijeron sus nombres y sintieron al fotógrafo de la empresa disparar el flash contra ellos.

Sólo puedo contar mi experiencia cuando me llamaron, los ojos secos ante las luces fluorescentes, el escalofrío del aire acondicionado en mi piel…

Sólo puedo describirles lo que viví cuando el CEO agarró uno entre tantos diplomas y dijo por el micrófono Tomás Gallo.

 Sentí dentro de mí a una bestia, siendo liberada contra ellos.

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