OBJETOS PERDIDOS - CAP 8

El día se estaba haciendo bastante largo para su gusto. De hecho, ya se había hecho bien entrada la noche cuando se sentaron a beber y comer algo en festejo de su juego afortunado.

Esa parte del campamento del juego parecía ser el único lugar donde no necesitaban moverse a los empujones, a pesar de estar repleto de gente y a juzgar por el estado de varios de los que estaban ahí, debía ser una decisión consciente por parte de… ¿Quién?

—¿Quién maneja todo esto? —Le preguntó a Bil.

Sus tragos ya habían sido servidos y el joven miraba el suyo con la misma preocupación que lo afectaba desde que volvió de cobrar el premio. El Oso lo trajo de vuelta a la realidad de un manotazo en el pecho.

—El Amuleto te preguntó algo, tonto —Después se dirigió a él—. Si este no estuviese tan preocupado pensando en nuestros acreedores, te diría que todo esto es idea y obra del bueno del rey Gust.
—¿Rey Gust?

No era un nombre que le sonara para nada.

—Supongo que podríamos decirle así, aunque no usa corona —dijo Bil, entrando a la charla. Por alguna razón su comentario hizo reír a los demás—. Es más bien un caudillo de caudillos. Todos creen que armó el círculo este para hacerse conocer por todos… pero yo pienso que es más bien al revés.
—Como con todo —agregó Parche y los dos hombres volvieron a reír, sin motivo aparente.
—Nunca oí hablar de él —les confesó.
—Supongo que es porque vivís en un poblado demasiado pequeño y tranquilo, en eso tenés suerte. Aunque es un buen caudillo, dentro de todo. Pero basta de hablar de política, vamos a beber.

A eso se dedicaron durante bastante rato. Las monedas que tenían alcanzaron para una fuente de carne y otras cosas fritas que bastaron para todos, y varias rondas de una cerveza rubia más fuerte de lo que su sabor aparentaba; después de la tercera pinta tuvo que abandonar y perdió la cuenta de cuánto más siguieron bebiendo los otros.

El resto de la noche se quedó sentado prestando la mayor atención posible a la charla, aunque al poco tiempo dejó de tener sentido para él. Sus voces se mezclaban de a poco con el ruido que los rodeaba y se sintió tan mareado que tuvo que clavar la mirada en sus manos para que todo el lugar dejara de moverse tanto.

En algún punto de todo eso se debió haber quedado dormido, porque de repente Bil lo estaba sacudiendo del hombro para despertarlo. Oso y Parche se estaban alejando de la mesa y ya casi no quedaba gente en las mesas de alrededor. También notó que las antorchas había sido reemplazadas por la tenue luz de las primeras horas del día y que esa sensación de mareo se había repartido en dolores en partes iguales entre su cabeza y su estómago.

De repente se encontró preguntándole a Bil sobre los “acreedores” de los que habían hablado antes.

—Ya te conté algo —le dijo con resignación—. Hay gente muy interesada en que sigamos perdiendo, como lo estábamos haciendo antes de anoche. Mientras más perdamos nosotros, más ganan ellos, y anoche vinieron a hablarme amablemente sobre lo que pasó.
—¿Qué dijeron?

Si esa gente estaba disgustada con los resultados, lo estarían más que nada conmigo“.

—Había mucho ruido, pero básicamente dijeron que iban a cobrarse lo que ganaron, de una
forma u otra. No sé qué pueden llegar a hacer.

Después de caminar un rato, llegaron hasta sus carpas en las afueras del círculo o, mejor dicho, lo que quedaba de ellas; en su lugar había dos pilas de cenizas. El panorama se completaba con sus caballos siendo robados por dos hombres y otros cuatro trenzándose a golpes con Oso y Parche, todos ellos siluetas enormes dibujadas entre el humo y la neblina del amanecer. A pesar de su malestar generalizado al que se sumaba toda esa situación, tuvo un poco de consuelo al ver a los dos hombres repartiendo puñetazos certeros, aún estando ebrios y en desventaja numérica. En ese momento los admiraba más que a nadie.

Más alejados, la gente de las otras carpas observaban todo con atención y cautela. Alguien debió haber alertado de todo eso a los hombres de Gustt, porque enseguida llegaron al galope cinco jinetes que separaron la pelea interponiendo los caballos. Dos de ellos siguieron cabalgando en dirección a los otros que se habían llevado los suyos.

—¡Exijo una explicación, rápido! —gritó uno de los jinetes.

Su voz y su postura denotaban la autoridad de un caudillo, tal vez incluso un caudillo de caudillos. Sin desmontar desenvainó una espada, sin apuntarla a nadie en particular, y los demás lo imitaron. A gritos, los atacantes explicaron su posición, argumentando derechos por sentirse estafados.

—¡Ese jugador es una farsa, ni siquiera es parte de su pueblo! —dijo uno, señalándolo.

El jinete lo miró por un momento.

—Esa es una acusación muy grave y no creo que tengan muchos fundamentos para hacerla. Después de todo, los vi llegar juntos y juntos permanecieron. Tendrían que haber llevado su reclamo hasta Gustt, como corresponde.

Entonces no es él, después de todo“.

—Van a tener que restituir las pérdidas que les provocaron a estos hombres aquí antes del mediodía y después de eso se van a ir del círculo. Por mucho tiempo.

Los hombres no respondieron a eso, sólo se alejaron despacio, sin darles la espalda. Todos sintieron ese silencio como un desafío.

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