Horacio Guarany

No tiene caso que me lo repitan mil veces. No importa las palabras que elijan para hacerlo. Para mí, Horacio Guarany nunca morirá. Es así de simple y de contundente. El cantor no callará nunca, porque él ya lo dijo: Si eso pasara, callaría la vida.

Desde hace muchos años que sus canciones me acompañan. A veces como el consuelo para las cosas que pasan y otras como refuerzo para otras cosas que también pasan. Es un viaje a lo largo y ancho del país, son sus letras, sus interpretaciones cargadas de emoción o de lamento las que aran el alma.

Sabemos de sus canciones más románticas y de las más exitosas, esas que se repiten hasta el (no) cansancio en algunos actos escolares, repertorios folklóricos y demás. Pero a mí, que estas cosas suelen pasarme por el costado sin que las mire y sin que ni siquiera me interesara la música popular tradicional en ese tiempo (para qué mentir), me llegó este hombre por otro lado, por la hendija precisa: Recital a la paz.

Ya no recuerdo cuándo fue —que fue hace bastante—, pero sí tengo muy presente el cómo y no por la búsqueda o por el encuentro, porque sostengo que hay ciertos instantes que salen a toda prisa para citarse con uno, una cita que ya habíamos aceptado antes de recibir la invitación, una cita aceptada incluso antes de saberlo. Así, de antemano, tan simple como una corazonada.

Me descubrí, entonces, llorando apenas. Eran un par de lagrimitas tímidas, adolescentes y hasta miedosas que se desprendían para nunca volver. Porque sí, siempre fui una idealista y eso dejó de ser contradictorio con mi razón gracias a esta canción.

La paz en todo el mundo,
como un surco profundo,
donde florezca el pan.

Recuerdo que la letra me estremeció, conmovió la fibra exacta en el momento más oportuno. Sí, todo eso me sacudió sin dudas, pero nada como la reacción de la gente que quedó inmortalizada en los distintos videos que dan cuenta de lo que ocurría en Cosquín cada vez que Horacio elevaba ese himno al cielo. Y lo curioso está en que no era sólo el aire de sus pulmones el que lo lograba, era el aliento, la voz del pueblo entero.

Hay que luchar, hay que luchar
porque la muerte
ya no vuelva nunca más.

Lo dijeron los diarios, lo repitieron en televisión, me lo recordaron mis allegados. “Se murió Guarany” fue una frase constante estos días. Y no lloré, lo cual me parecía raro porque no puedo evitarlo, por la impotencia misma, cada vez que un artista se va… Y, entonces, cuando decidí que mi artículo de este domingo trataría sobre él, lo comprendí, más bien, recordé.

“Si se calla el cantor, calla la vida” cantó cientos de veces y seguirá haciéndolo cada vez que alguien presione “Play”. Horacio me dio parte, buena parte de mi vida, una parte que es esencial, que es ADN, que es ideal y es acción.

Brindemos otra vez, y otra vez, y todas las veces que sean necesarias, Horacio, porque hoy más que nunca me estás gritando en el alma. Que no se calle nadie. Ni hoy ni nunca ¿Se entiende?

La paz es un derecho,
tenemos que exigirlo
¡Arriba voluntad!

Ahora sí, lloro, pero son lágrimas de agradecimiento.

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