Chicas Muertas

Basta con buscar la palabra “femicidio” y empiezan a saltar los nombres: Lucía Pérez, Brenda Arnoletto, Beatriz Rodríguez, Janet Zapata, Julieta González, Ayelén Arroyo, Irma Ferreyra y la lista sigue. Estos son apenas los últimos casos conocidos en el país, que lamentablemente forman parte de una lista enorme. Pero ¿y los que no se conocen? ¿Los que ni siquiera salen a la luz y quedan en el olvido? Esta es una de las preguntas que se plantea Selva Almada en su libro Chicas muertas, publicado en 2014.

En este libro de no ficción Selva Almada investiga y rescata tres casos del olvido, tres crímenes contra tres mujeres: Andrea, María Luisa y Sarita. Todos pertenecen a la década del ochenta, cuando todavía la palabra femicidio no existía.

Andrea Danne: asesinada de una puñalada mientras dormía en su casa de San José, Entre Ríos, en 1986. “Yo tenía trece años y esa mañana, la noticia de la chica muerta me llegó como una revelación. Mi casa, la casa de cualquier adolescente, no era el lugar más seguro del mundo. Adentro de tu casa podían matarte. El horror podía vivir bajo el mismo techo que vos”.

María Luisa Quevedo: asesinada en 1983 en la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco. La violaron y la estrangularon. Apareció en un baldío después de varios días de su desaparición.

Sarita Mundín: sus restos aparecieron en diciembre de 1988 en el río Ctalamochita, en Villa Nueva, Córdoba. Había desaparecido en marzo. No se sabe qué pasó.

Ninguno de estos casos encontró jamás un culpable —aunque sí hubo muchos sospechosos— y tampoco todos tuvieron repercusión nacional. Selva Almada se ocupa de reconstruir los últimos días de estas chicas, sus vidas, su entorno familiar. Retoma las voces de los que las siguen llorando o buscando (el caso de Sarita es particular, porque en alguna pericia se descubrió que esos restos no pertenecían a ella, sino a otra chica muerta, otro caso impune que se archivó junto con este).

Además del hilo de la investigación, lo interesante es que Almada no se conforma solo con hablar sobre estos tres crímenes, sino que va hilvanando otros elementos del machismo: violaciones, acoso callejero, abuso de poder sobre mujeres y niñas, códigos preestablecidos que permiten pensar que todavía tenemos mucho por cuestionarnos como sociedad: “Estas escenas convivían con otras más pequeñas: la mamá de mi amiga que no se maquillaba porque su papá no la dejaba. La compañera de trabajo de mi madre que todos los meses le entregaba su sueldo completo al esposo para que se lo administrara. La que no podía ver a su familia porque al marido le parecían poca cosa. La que tenía prohibido usar zapatos de taco porque eso era de puta”.

No todos sus ejemplos y anécdotas se remontan a los años ochenta, algunas son actuales, previas al 2014 que es cuando se publicó el libro. La que más me llamó la atención fue una escena que relata la autora en una noche de carnaval, donde una nena de doce años se defiende de los acosos verbales de otros pibes de su edad. Los pibes retroceden ante “el pico sucio de la flaquita”. No sé por qué me llamó tanto la atención esta escena, quizás porque es una mujer defendiéndose a boca suelta adelante de todos en un lugar público, exponiendo a sus “agresores”, haciéndolos retroceder. Quizás porque es una defensa cantada a gritos y no una justificación silenciosa.

A lo largo de todo el libro hay varias palabras que salen a flote: silencio, impunidad, poder. Conocemos a las familias de estas chicas de la mano de la autora, vemos sus casas, sus expresiones, su versión de los hechos. La prosa es ágil y sin dramatismos, sin adornos innecesarios. Lo que cuenta es ya demasiado cruento.

El libro termina con una triste lista de mujeres que fueron asesinadas, las que salieron en la noticias ¿Y las otras? “Ahora tengo cuarenta años y, a diferencia de ella [Andrea] y de las miles de mujeres asesinadas en nuestro país desde entonces, sigo viva. Solo una cuestión de suerte”.

Selva Almada nació el 5 de abril de 1973 en Entre Ríos.

Más allá del libro


Cuando era chica —tendría alrededor de diez años— mi mejor amiga vivía a pocas cuadras de mi edificio. Me la pasaba en su casa; fines de semana, vacaciones, feriados. Naturalmente, comía ahí muchas veces. Me acuerdo —porque me indignaba— que cuando terminábamos de comer, mi amiga, su mamá y yo teníamos que levantar la mesa. El papá se quedaba en la cabecera masticando un escarbadientes. Me acuerdo que me preguntaba “¿Por qué él no puede levantar también la mesa? ¿Qué se lo impide?”. Obviamente nada se lo impedía, solo un mandato social que estaba instalado en el medio de una familia de clase media donde la mujer debía ocuparse de las tareas domésticas mientras el hombre roía un palito de madera.

A medida que fui creciendo fui viendo estos parámetros y otros más peligrosos: algunos hombres no permiten a las mujeres usar determinada ropa o mirar de determinada manera porque seguro quieren “provocar”, algunos hombres violan a sus esposas y esto se considera normal porque se desarrolla dentro del santo matrimonio, algunos hombres se expresan con golpes, algunos hombres toman a las mujeres por la fuerza, algunos hombres se consideran con el derecho de decir cualquier cosa “porque los piropos nos gustan”, algunos hombres matan.

Creo que lo que rescata Chicas muertas es que estos hechos no son un fenómeno aislado, sino la consecuencia de una cadena de machismo y protección de ese machismo que venimos arrastrando desde siempre.

Año nuevo, vidas nuevas y mi deseo es que estas situaciones se reviertan. Denuncien, hablen, busquen ayuda. Vivas nos queremos.

Nota: Todas las citas pertenecen a Chicas Muertas, Literatura Random House, 2014.

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