Lluvia de emociones

Cuando supo que no podría soportar aquello por más tiempo, salió de su casa furioso, con la mente trabajando como una locomotora. En momentos como ese era mejor alejarse de todo, pues cualquier cosa podía ponerlo aún más nervioso.

Pero existía un remedio temporal que lo desconectaba de todo lo que lo rodeaba para adentrarse en otro mundo, aunque fuera por un breve instante.

Caminó unos metros y luego se detuvo. Levantó la mirada hacia el oscuro cielo y cerró los ojos, disfrutando de lo único que podía relajarlo en situaciones como aquella. Sintió cómo las gotas caían por todo su cuerpo, como un aura protectora. Algunas resbalaban sobre su rostro, muy lentamente, pero sin detenerse jamás. Otras se agrupaban y cubrían sus brazos, siguiendo cada una su propia trayectoria. También estaban aquellas que pasaban más desapercibidas, ya fuera en su oscuro cabello o descendiendo por su espalda. Pero a pesar de eso, él estaba convencido de que podía sentir todas y cada una de aquellas fuentes de energía que parecían ocuparse de otorgarle la serenidad que tanto necesitaba.

Las gotas comenzaron a caer en proporciones cada vez mayores.

Pudo sentir cómo sus brazos eran recorridos por arroyos de agua helada, que atravesaban sus frágiles manos y se separaban en cinco delgados manantiales, para luego caer a mayor velocidad y mezclarse en el medio de los charcos que se iban formando. Sintió cómo el frío se iba apoderando de su cuerpo —una sensación irritable para muchos, pero muy reconfortante para él—, desde los dedos de sus pies hasta las orejas, que ya se estaban sonrojando.

El tiempo seguía transcurriendo, pero en su mundo parecía que estuviera pasando en cámara lenta. Cuando cayó en la cuenta de que había pasado varios minutos con la mente en blanco, dejando atrás todos los problemas que lo afligían —y que, inevitablemente, iban a seguir afligiéndolo poco tiempo después—, no pudo evitar sonreír. No una sonrisa falsa, como aquella que tenía que recrear de manera forzada en su rostro, como si de un garabato mal hecho se tratase, y fingir que todo estaba bien. No, aquella radiante sonrisa emanaba alegría.

Era consciente de que escasos minutos más tarde esa sensación de paz y tranquilidad habría desaparecido. Que los problemas que tanto lo atormentaban volverían a ocupar el puesto de siempre, en sus pensamientos de todos los días. Pero, ¿qué importaba eso? Ya tendría tiempo para lamentarse. Ahora todo lo demás ocupaba un segundo plano, una importancia mucho menor. Solo estaba él allí, disfrutando de la brisa que parecía susurrarle al oído, y de la lluvia que le cantaba una relajante melodía. En ese momento, nada más importaba.

Cuando notó que empezaba a tiritar, supo que ese momento tan agradable ya estaba llegando a su fin. Sin embargo, decidió disfrutarlo hasta el final. No se marchó cuando vio que sus piernas temblaban frenéticamente, ni cuando oyó casi con claridad el sonido que producía el castañeteo de sus dientes. Ni siquiera se movió cuando sintió dificultades al respirar debido a lo que ahora se había convertido en una tormenta.

Finalmente, la lluvia cesó. Abrió los ojos y se dispuso a marcharse de regreso a su hogar, con esa alegre sonrisa aún estampada en el rostro.

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