Lo que habita en la oscuridad

La lamparita se movía violentamente, generando sombras deformes en el pequeño cuarto. Los muebles, revueltos y desordenados, armaban la escenografía. Un hombre, arma en mano y cubierto de sangre ajena, se hallaba en medio del caos. Preguntó por Marta, pero la respuesta que recibió fue el chasquido de los tendones romperse y los huesos dislocarse. El ruido provenía de detrás de los escombros. Preguntó una vez más, menos esperanzado por la respuesta que recibiría. Al principio hubo silencio, luego, el sonido que tanto lo caracteriza: El del búho. Un sonido, similar al que haría un hombre sin lengua, que se cola hondo en los huesos y no se va. Un sonido que significa sólo una cosa.

En medio de la noche se oyó un disparo.


Se viene el año nuevo y con él los típicos deseos de la gente: Voy a bajar de peso, voy a esforzarme más, voy a ser menos sorete con el prójimo. Todos lo pensamos, todos lo decimos y rara vez lo cumplimos.

Fue durante mi estadía con mi abuelo (no sé si se acuerdan que les relaté en primera persona mi sufrimiento) donde me di cuenta que hay que tener cuidado con lo que uno desea, porque no siempre nos esperamos que nos los cobren.

Me despertó la llovizna que estuvo cayendo durante toda la semana. Se suponía que hoy iba a parar, pero ahí la tenés, rompiendo las bolas.

Me levanté despacio, es agua después de todo, y desperté al perro que dormía a mi lado; sí, el mismo perro que hace una semana no podía ni verme.

Volvimos caminando por el caminito de tierra que baja desde la loma donde hasta hace un min… ustedes entienden. Dentro de mi bolsillo podía sentir la esfera de ramas que me había dado aquella criatura mi primera noche acá.

Lo primero que noté al cruzar la puerta fue el silencio, lo cual agradezco porque a esta hora suele estar la juntada de los viejos, todos amigos de mi abuelo, y juegan al tejo, al dominó, y después de unas copas sacan las cartas y sale truco o hasta póker; y después ya no quiero saber. Pero hoy había silencio. No fue hasta que entré a la cocina donde lo vi vistiendo un traje. Cruzamos miradas y lo único que me dijo fue que por qué no estaba cambiado y si me había metido en la pileta. Abuelo, no tenés pileta.

En fin, volviendo al punto, me obligó a ponerme la ropa más seria que tuviese, me metió en la F-100 y puso rumbo hacia el pueblo.

Ahora, yo soy una persona lenta. Pienso lento, reacciono lento, así que no se sorprendan si les digo que me di cuenta de que estábamos en un velorio sólo cuando me encontré de frente con el ataúd cerrado.

Por lo que entendí, el muerto correspondía a doña Marta, una de las vecinas de mi abuelo. La conocí muy poco, pero siempre que me la crucé me regalaba algún caramelo o algo dulce. Era buena mina y su matrimonio era muy saludable, razón por la que no comprendí por qué Jorge la mató. Sin embargo, cuando le compartí mi duda a la gente, todos reaccionaron de manera sospechosa, si llamamos “sospechoso” a darse media vuelta e irse, poner cara de horror, quedarse blancos como un papel o cambiar de tema drásticamente; hasta mi abuelo no quiso responderme y eso ya es mucho porque él siempre te responde, aún cuando la respuesta te puede doler.

Pero, bueno, la ceremonia fue linda, tanto como puede serlo un velorio, y después todos nos arrastramos hasta uno de los salones de la iglesia donde habían servido algo para comer. Quiero que sepan que no me sentí para nada culpable por haber engullido comida cual puerco que soy, tanto que tuve que salir a tomar aire afuera. Estaba lloviendo.

Sentada sobre uno de los escalones estaba María, de once años, hija de los Gutiérrez, mirando la nada. Me senté al lado de ella y me llamó la atención el oso de peluche que sostenía entre sus manos, que sin duda contrastaba con toda la adultez, seriedad y depresión que se vivía adentro.

Una vez me dijeron que tengo una de esas caras que hacen que te sientas cómodo y puedas contarme lo que te preocupa o algún secreto. No es que yo lo deseara, pero esta vez pareció que sirvió para algo, porque María empezó a hablar sin filtro.

—Mis papás me contaron que el señor Jorge hizo algo malo.

—Sí, mató a su mujer. 

Bueno, admito que pude haber tenido más tacto.

—No —Y ella ni se inmutó—. Me dijo que en las vísperas del año nuevo, del año pasado, hizo algo que está prohibido en el pueblo.

—¿Qué?

Estaba sentado al borde del escalón.

—Le pidió un deseo a El Titiritero.

—¿A El Titiritero? Jamás escuché que alguien del pueblo trabajara con títeres.

—No, El Titiritero no es alguien del pueblo, es…

—¡María! Vení acá —El que gritó fue el comisario del pueblo, un viejo canoso, con una constante cara de culo. Pero hace su laburo, así que nadie le dice nada—. Tus papás te están buscando.

Me levanté con ella, pero cuando estaba por entrar, me paró con una mano en el pecho.

—¿Qué te dijo? —me preguntó. Y no así nomás eh, me lo preguntó mal.

—Nada… —¿Sabían que no sé mentir? Porque la cara del viejo me dijo todo—. No sé, algo sobre un titiritero.

La cara se le puso pálida y, como ya les dije, esta no era la primera vez que pasaba ¡Acá hay un patrón, carajo! Pero se incorporó rápido y me respondió.

—No le creas nada —Me lo dijo con una sonrisa más forzosa que el matrimonio fallido de mis viejos—. Son historias que le contaron sus padres.

—Está bien…

¿Qué más puedo decirle? ¿Sos más sospechoso que la nena que, con el oso de peluche, miraba la lluvia sin hacer nada? No.

El resto de la velada me la pasé cruzando miradas con el comisario, que parece que nunca me sacó los ojos de encima, y gente esquivando mis preguntas ¿Quién es El Titiritero? ¿Por qué Jorge hizo lo que hizo? ¿Qué catzo está pasando en este pueblo? Como sabía que nadie iba a largar información, llegué a una conclusión: Si quería descubrir y entender lo que de verdad pasó, tendría que hacerlo por mí mismo.

Pueblo chico, fiesta grande. Es así el dicho, ¿no? Es la víspera de año nuevo y todo el pueblo se reunió en la iglesia para festejarlo. Dos días después de haber llevado a cabo un velorio.

Pero, en fin, ésta era mi oportunidad. Los días anteriores, la casa de Marta y Jorge había estado bajo custodia de los dos únicos policías del pueblo. Bueno, miento, hay más, pero la cosa es que nadie iba a estar vigilando y, si quería entender algo de lo que estaba pasando, entonces iba a tener que entrar a la escena del crimen.

Esperé hasta que la fiesta hubiera entrado en su primera hora, siempre atento a las posiciones del comisario y de mi abuelo, quien sorpresivamente me tenía entre ceja y ceja, y logré escabullirme por una de las puertas laterales de la iglesia.

La casa estaba alejada y la caminata me llevó una media hora. Ya había anochecido y algunos de los faroles de la calle no funcionaban. La calle estaba desierta, literalmente ¿Se acuerdan de cuando dije que parecía que me había metido en una película de terror? Sigo pensando lo mismo. Estaba por detenerme y dar media vuelta cuando por fin la vi.

La puerta estaba entreabierta, con las cintas policiales bloqueándola en cruz. Me acerqué lentamente, siempre atento para ver si los policías hacían acto de presencia, y al llegar a la puerta noté una línea blanca en el suelo. Era sal gruesa y la misma estaba cortada a la mitad, como si alguien la hubiera pisado sin darse cuenta. Esperen un cachito, ¿sal gruesa? ¿Por qué todo el mundo pone sal gruesa en sus puertas? ¿Es una tradición de la gente del campo? ¿De este pueblo en particular? ¿Debería preguntarle a Google? ¿Es pertinente para esta investigación? ¿Investigación? Ni siquiera soy detective ¡Basta! Estoy perdiendo tiempo al pedo.

Pasé agachado por debajo de las cintas, pero tengo tanta gracia al moverme como una piedra y terminé rompiendo una de ellas. Bueno, una cinta se pudo haber roto por el viento, ¿no?

La luz de la luna entraba por la única ventana que daba a la calle e iluminaba tétricamente el lugar. Todo era un caos. Los muebles estaban fuera de lugar, ocupando el centro del cuarto, algunos con claros signos de golpes y ralladuras ¿Les dije el silencio que había? Me adentré un poco más, esquivando los muebles y me encontré con una mancha en el suelo. Era de color negro, estaba dura pero algo viscosa todavía; asqueroso.

Fue en ese momento donde todo se fue al carajo. Sentí una puntada en la nuca, tan fuerte que caí al suelo y grité. Grité tanto que todavía no entiendo cómo fue que nadie me escuchó. Pero la que sí me habló fue una voz dentro de mi cabeza. Me dijo que me vendría a buscar, que yo sería su recompensa.

En ese momento, algo me tomó del hombro y logré despabilarme. Me encontré frente a frente con el comisario. Su cara estaba pálida y les juro que nunca pensé que lo vería con tanto miedo en su expresión.

—¡¿Qué hiciste?!

Y yo no podía responder.

—Decime qué hiciste ¡¿Qué escuchaste?! ¿Qué te dijo?

Entonces fue verdad lo que acababa de escuchar. Me levantó del brazo y comenzó a arrastrarme hacia la puerta.

—¡Te dije que no te metieras, te dije que no le hicieras caso!

Iluminaba el camino con su linterna, pero cuando estábamos por salir, se apagó. Nos quedamos quietos, sin siquiera respirar. Podía sentir el temblequeo del comisario y yo también me puse a temblar.

En ese momento, unos metros delante de nosotros, se escuchó cómo algo caía al suelo. Sonó pegajoso. Cuando por fin pude enfocar la vista, me di cuenta de que era la misma sustancia negra que había encontrado antes, sólo que esta vez era diferente. Estaba más… activa; y allí lo escuchamos, un ruido similar al de un búho. De aquella sustancia emergió una figura humana, llevaba puesto un saco negro y un sombrero de ala ancha del mismo color, de la punta de sus dedos caían hilos blancos que se perdían en la oscuridad. Sus ojos, al igual que su sonrisa, eran blancos.

—Por favor… —Pidió el comisario—. No nos hagas nada. Él no sabe nada de usted.

Pero la criatura no respondió, sólo ladeó su cabeza como un perro confundido, siempre sonriendo.

—Mi última recompensa no sirvió. Murió antes de que pudiera tomarla —Su voz sonó dentro de nuestras cabezas—. Él me llamó, entonces hay una nueva recompensa.

—Pero él no sabe… él no sabe de nuestro trato. Por favor, denos un poco más de tiempo, es lo único que le pido. Él no quiso llamarlo y no… no tenemos otra recompensa para darle.

La criatura no respondió al instante, sino que sonrió aún más.

—La recompensa está frente a mí.

Todo sucedió muy rápido. De sus manos salieron disparados centenares de hilos blancos que se clavaron en el cuerpo del comisario. Los gritos de dolor me helaron la sangre y me clavaron en el suelo.

Poco a poco, la criatura se fue hundiendo en aquella sustancia, arrastrando consigo el cuerpo aún consciente del comisario; yo aún podía escuchar cómo los hilos se apoderaban de sus tendones y huesos.

—Gracias por la recompensa. Espero volver a verte —Y ambos desaparecieron.

No sé cuánto tiempo me quedé allí, sólo recuerdo que mi abuelo apareció corriendo, miedo pintado en su rostro, y me llevó a su casa.



Llegó el año nuevo, la gente festejó y se puso en pedo. Hubo pocos fuegos artificiales porque este año salieron muy caros y alguno que otro se metió en una pelea. Pero en todos estos días, lo más significativo fue que nadie jamás mencionó al comisario y su repentina desaparición. No sé si este pueblo está compuesto por gente incapaz de mostrar empatía o qué, pero poco a poco me voy dando cuenta de que las cosas acá no son como todos te la pintan.

Mi abuelo me rogó que jamás hablara de lo sucedido, pero yo estoy seguro de que todo el mundo sabía. Todos sabían, pero nadie se animaba a decirlo en voz alta.

Son muchos los misterios que rodean este pueblo y, tal vez, algunos no deberían ser descubiertos.

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