Cocina desacomodada

“Bueno, después de las fiestas, me pongo las pilas y empiezo a comer bien” y “Vos, tranqui, que una vez que empiece enero, arrancamos con todo” son algunas de las frases que se escuchan en los días previos a fin de año. Pero, finalmente, ¿qué es lo que pasa luego de que se calma el auge de las fiestas? En Puntadas te lo contamos y. seguramente, en alguna parte del relato te vas a sentir identificado y si no es así, bendita sea tu vida, querido lector.

El “después de” siempre es complicado o te da fiaca, pero el post festividades es definitivamente el peor. A la mañana siguiente del 24 o del 31 no hay espíritu navideño que alcance para levantarte y acomodar un poco todo lo que quedó después de brindar y contemplar los fuegos artificiales.

Resaca

Te levantás tipo 10:30 porque, ya para esa hora, la resaca te está acuchillando la cabeza. Salís de tu habitación medio dormido y ya desde lejos la ves: Es una pesadilla horrible, no querés seguir mirando por miedo a que te ataque. Sí, es el padre de los quilombos y está en tu cocina y llega a desparramarse por toda la casa.

Arriba de la mesa tenés de todo: Un pedazo de turrón ya derretido, un pan dulce descuartizado y al costado, las tan horribles frutas abrillantadas. Hay copas con restos de sidra, champán o fernet; vasos pegoteados que tienen lo que quedó de la ensalada de frutas o del helado y un plato con vitel toné que no tenés ni idea de qué hace ahí, pero dudás de que siga siendo comible. El calor, como siempre, lo empeora todo y tu mal humor va en aumento minuto a minuto.

Mirás la mesada: Una pila de platos y fuentes que parece que te gritara “Lavame, por favor, que se aproximan las moscas”. Pensás en buscar refuerzos para que tu casa vuelva a parecer una casa y no el basurero de Avenida Brasil, donde se conocieron Jorgito y Nina. Todos están durmiendo con el aire acondicionado prendido, por lo que ni siquiera creés que haya una posibilidad de que se levanten a ayudar. Papa noel borracho

Te agarra un hambre voraz, tenés sed. No queda otra, te vas a tener que enfrentar al post fiestas para saciar tus necesidades. De a poco acomodás el comedor, limpiás la mesa y lavás los novecientos platos que amablemente juntaron tus familiares anoche (Sí, eso es lo único que juntaron y no por colaborar, sino para poder poner todo lo de la mesa dulce sin tener que amontonar las garrapiñadas con los platos salados).

El living es el menos perjudicado, dentro de todo. Hay una cartera que se olvidó esa tía que vive perdida, esa que sólo habla, habla, habla y ríe. Además, quedaron algunos envoltorios de los regalos que les trajo el tan misterioso Papá Noel a los más chicos.

Salís un segundo al patio y ves un cementerio de botellas que no podés creer ¿Realmente se tomaron todo esto o el vecino tiró las suyas para nuestro lado? Te acordás del estado de tus invitados anoche e inmediatamente dejás de pensar que alguien agregó botellas ajenas.

Ah, sí, tenías hambre y sed. Abrís la heladera y es un mix de todo. Por allá, escondidos en un rincón, quedaron los tomates rellenos, en una fuente tapada por una botella está la ensalada rusa y en la bandeja más grande está el lechón o cordero, o lo que sea que hayan cenado en cuanto a carnes. Y en ese momento, se abre, oficialmente, la temporada en que te duele la panza, el hígado y la mandíbula de tanto masticar, pero igual tenés que comer toodo lo que sobró de las fiestas. Sí, esos días en que vivís a base de vitel toné, matambre y ese escabeche de berenjenas que, a juzgar por su olor, tiene, mínimo, tres cabezas de ajo.

Sacás la basura y ves que hay cartones quemados de lo que en algún momento fueron fuegos artificiales. El olor a pólvora todavía se siente y los perros suspiran aliviados, porque lo peor ya pasó. No hay nadie en la calle, las persianas están bajas y los aires acondicionados están más encendidos que nunca.

Una semana después, te desafía el guardar el árbol y toda la decoración navideña que nos acompañó durante este período. De repente te preguntás: ¿Era necesaria tanta decoración en el frente de la casa? Sonreís, porque sabés que, internamente, querías resaltar un poquito más que ese vecino cuya casa brilla como auto recién sacado del lavadero. Te decís a vos mismo que vas a acomodar todo bien prolijo para que, la próxima vez que tengas que armar todo, no estés luchando tres días para desenredar las benditas luces de colores. Finalmente, metés todo a los ponchazos, apretadísimo en una caja que va a parar a algún recóndito lugar de la casa y que el año que viene te va a costar encontrar.

Pero, bueno, todo este desorden, el dolor de cabeza que te generó preparar todo: Desde la comida que preparaste durante todo un día con 35 grados de calor hasta comprar un lindo vestido para estrenar esa noche, valieron la pena si pasaste un buen momento y no sólo compartiste una cena, sino que festejaste un año más y estuviste junto a los que querés… Eso es lo que realmente se disfruta ¿O no?

Ah y ya estás pensando que el año que viene van a usar platos y utensilios descartables. Y, por supuesto, no vas a volver a ofrecer tu casa… Nunca más. Y también vas a dejar de cebarte adornando la casa porque al momento de guardar la paciencia te abandona y tenés ganas de prender fuego todo.

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