Manuel Puig

—¿Qué te pasa?
—Me da lástima que se terminó.
—Y bueno, te cuento otra [película].
—No, no es eso. Te vas a reír de lo que voy a decir.
—Dale.
—Que me da lástima porque me encariñé con los personajes. Y ahora se terminó y es como si estuvieran muertos.

Manuel Puig, El beso de la mujer araña.

Esto mismo me pasó cuando terminé de leer ese libro por primera vez. Extrañaba a Molina y a Valentín, los protagonistas, y quería volver a “verlos”. Puig tiene la capacidad de meternos como lectores en una historia que se va construyendo solo con los diálogos de los personajes, nos introduce directamente en su mundo como si estuviéramos ahí sentados escuchándolos hablar.

En este libro en particular —uno de mis preferidos— el narrador no existe. Y no solo eso, sino que Puig juega a romper los límites de la narración convencional al introducir en pleno relato algunas notas al pie. Estas notas, además de que pertenecen a otro tipo de discurso más académico, dialogan en forma indirecta con la historia de Molina y Valentín. Las notas tratan sobre la homosexualidad y luego se van adentrando en la política de la sexualidad. Los personajes son, justamente, un homosexual y un preso político. Ambos comparten una celda en 1974 durante el tercer gobierno de Perón, pero esto lo vamos descubriendo a medida que avanza la historia, ya que no hay descripciones ni voz narrativa que nos sitúe en el contexto.

Lo que hace Puig con sus personajes es construirlos desde su propia oralidad, desde sus pensamientos y su escritura. En su famoso libro Boquitas Pintadas tampoco hay narrador, sino que va edificando la historia con retazos de un diario íntimo, cartas, diálogos, recortes de diario y hasta un expediente —recurso que también utiliza en El beso de la mujer araña—. Maldición eterna a quien lea estas páginas, por ejemplo, también presenta el mismo recurso del diálogo: Un profesor de historia cuida a un escritor argentino, ex preso político, mucho mayor que él y conversan entre sí. Todo es puro diálogo, con excepción de unas cartas que aparecen hacia el final.

Para pensar un poco su estilo literario y los recursos que utiliza, hay que conocer su formación y su pasión: El cine. Manuel Puig se introdujo en el mundo cinematográfico — mayormente hollywoodense— desde muy chiquito, porque acompañaba a su madre al único cine que existía en General Villegas, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde nació. Mucho de eso queda plasmado en el discurso interno de Toto (seudónimo de Coco, como lo llamaban a él) en La traición de Rita Hayworth, junto con otros datos biográficos como el estudio del piano y el inglés. Toto es un niño que vive en General Vallejos, pueblo ficticio que aparece en muchas de sus novelas representando, obviamente, al pueblo real (algo así como lo que sucede en la película El ciudadano ilustre con el personaje de Oscar Martínez).

Su infancia transcurrió en la tranquilidad que caracteriza a un pueblo de provincia, pero en el turbulento mundo de la Segunda Guerra Mundial. En su adolescencia se mudó a la capital para ir al colegio secundario y por esos años decidió que quería estudiar dirección cinematográfica. En 1956 ganó una beca para estudiar en el Centro Sperimentale di Cinematografia y viajó a Italia en pleno auge del neorrealismo italiano. Además se empapó de la Nouvelle Vague, otra tendencia cinematográfica de postguerra. Es decir, su formación fue variada e intensa, en un momento donde el séptimo arte estaba en una fuerte etapa experimental.

Kiss of the spider woman, el libro llevado al cine.

No es extraño, entonces, que viniendo de esa tradición su literatura, se haya impregnado de maneras de narrar que se asemejan en muchos casos al guión y que recurra a algunos efectos sorpresa o a algunos cambios de perspectiva como si fueran cambios de cámara. Tampoco es extraño que algunos de sus libros se hayan transformado también en películas, como Pubis Angelical y El beso de la mujer araña.

Leer a Puig es fácil; su vocabulario es simple, llevadero. Sus personajes no son pretenciosos. Sin embargo, esa facilidad de lectura no es algo fácil de lograr en términos de escritura.

Al agarrar un libro de Puig, uno tiene la sensación de que se está metiendo en la vida de alguien, que está revisando sus cosas, sus papeles o que está escuchando una conversación ajena. Todos somos divinos metiches en tu ficción, querido Manuel.

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