Entre las sombras de un cuarto, donde lo único que iluminaba era la luz de la luna que se colaba por la ventana, la figura de un hombre desentonaba con el resto del lugar. Era robusto y de gran tamaño, sus hombros y brazos superaban el doble del de cualquier hombre común y corriente, y su espalda era tan ancha que dos personas adultas podrían esconderse detrás de ella. Vestía lo que parecía ser un sobretodo, pesado y gastado, que había vivido mejores épocas, con sectores donde su color rojizo había dejado lugar a otro más apagado.

Hacía lo posible por mantenerse en las sombras, pero cada tanto algún rayo de la luna lo alcanzaba, haciendo que su poblada barba y enmarañado cabello brillaran, simulando estar hechos de plata. Estaba en cuclillas y, frente a él, un pequeño pino falso. Sobre sus manos descansaba un pequeño rectángulo amarillo, decorado con un moño blanco, que contrastaba con los callos y arrugas de su piel, y el cual sostenía como si de cristal estuviese hecho.

—Despacio, despacio, despacio —Se repetía a sí mismo en voz baja. Su tono se oponía por completo con su físico, ya que era tan dulce y delicado que simplemente no podían pertenecer juntos.

Pasaron lo que parecieron horas, pero por fin pudo apoyarlo bajo las ramas del árbol.

—Perfecto… A Tomi le va a encantar esto… sí… le va a encantar…

Mientras hablaba, sus dedos se movían frenéticos, como si intentaran tocar algo y no podía controlar morderse el labio inferior. Una de sus botas negras azabache golpeó la enorme bolsa que descansaba en el suelo junto a él, haciendo que las cosas en su interior se movieran y generaran ruido.

—Silencio… no queremos despertar a tus papás… ¿no?

En ese momento, se oyó un golpe metálico proveniente de la entrada del cuarto y la luz se encendió, cegándolo.

—¡¿Pero qué está haciendo?! —La voz del que gritaba era chillona y pudo reconocerla al instante.

Cuando abrió los ojos, se encontró con un hombre adulto, pero con la estatura de un recién nacido. Vestía un traje verde con tirantes marrones y sobre su cabeza, un gorro puntiagudo que terminaba con un pompón.

—¿Palúm? Pero qué… ¿Por qué estás acá? ¡Te dije que me dejaras sólo! —respondió el hombre.
—Lo hice, pero ya pasaron más de diez minutos y el resto de los regalos no va a entregarse solos. Usted es Papá Noel, actúe como tal —Le reprochó el duende.
—¡Cerrá la boca! Tomi es especial

Pero se detuvo, Palúm tenía razón. Por más que Tomi se hubiera portado tan bien durante el año y su nombre estuviese en lo más alto de su lista, había otros niños que esperaban despertar a la mañana siguiente y que frente a ellos se lucieran sus regalos. Apretó sus puños, tomó aire y asintió.

—Vamos.

Ambos se retiraron, apagando la luz y dejando bajo el árbol un pequeño rectángulo amarillo con el nombre “Tomi” escrito sobre él.

Una vez fuera, el frío de la noche lo golpeó como una pared. Miró hacia el cielo y se maravilló al ver cómo los copos de nieve aparecían de repente de la oscuridad y bañaban la calle de blanco. Este era uno de los momentos que más adoraba de la Noche Buena, el silencio y el blanco de la nieve. Claro está que también adoraba aquellos lugares donde no había nieve y hacía un calor infernal, pero la nieve y el frío siempre serían sus favoritos.

El chiflido de Palúm cortó su pensamiento. Ya se encontraba sentado dentro del trineo, esperándolo, y detrás de él, la bolsa con los regalos. Observó por última vez la casa de Tomi y comenzó a caminar hacia su amigo.

Sin embargo, en ese momento, un ruido por el cual rezó todo el año para no escuchar este día tan especial, se oyó. Con ella aparecieron también las luces rojas y azules.
El auto de policía se detuvo a varios metros de ellos y colocaron las luces altas, obligándolo a entrecerrar los ojos.

—La puta madre —Insultó por lo bajo Palúm.
—Tranquilo, amigo, tranquilo.

Aún con la dificultad que las luces del auto le generaban para ver, notó cómo la puerta del acompañante se abría y del interior emergía una figura. La misma llevó a su boca el micrófono de la radio y habló.

—Papá Noel, está bajo arresto por invasión de la propiedad ajena. Por favor, aléjese del vehículo, coloque sus manos detrás la nuca y dese la vuelta.
—Palúm, acomodate —musitó en voz baja.

El duende obedeció rápidamente, abrochando su cinturón de seguridad y tomando las riendas de cuero. Papá Noel se dio la vuelta, colocó las manos detrás de la nuca y repentinamente se subió al trineo.

—¡Quiere escapar! —gritó el policía, quien bajó el micrófono, desenfundó su pistola y comenzó a disparar.
—¡Dale, dale, dale! —gritó mientras se agachaba para esquivar las balas.

Palúm movió las riendas, golpeando los cuartos traseros de Rodolfo, a quien la nariz se le encendió de un color rojizo, y comenzaron a moverse.

—¡Tenemos que despegar! ¡Rodolfo, sacanos de acá! —le gritó Palúm al reno, el cual tornó su galope más violento y bufó con energía, incentivando al resto de los animales.

Mientras doblaban por calles vacías, los disparos rozaban sus cabezas e impactaban contra las casas.

—¡No vamos a poder despegar así! Rodolfo necesita tomar mucha carrera para levantar el trineo, si seguimos doblando nunca vamos a tomar velocidad —Se quejó Papá Noel.
—¡¿Y cómo mierda pensás perderlos?! —gritó el duende.

Papá Noel lo miró seriamente y Palúm comprendió rápidamente el significado de aquella mirada.

—No… ¡No podemos hacer eso! ¿Estás loco? ¡¿Y los nenes que van a quedar esperando?!

Palúm se descargó con su amigo por la estúpida idea que había cruzado su cerebro, pero se detuvo al ver las lágrimas que caían por su rostro, humedeciendo su barba y haciendo que sus ojos brillaran. Papá Noel tampoco quería hacerlo, pero no encontraba otra alternativa. Era tal su nivel de desesperación por escapar y poder continuar su camino que sacrificaría los sueños de los niños. Palúm asintió, compartiendo su dolor.

—¡Detengan el vehículo! —gritó el policía desde la ventana de la patrulla.

Como respuesta, Palúm tomó uno de los regalos de la bolsa, el cual llevaba el nombre de Lee Fu Yong, y con lágrimas en sus ojos lo arrojó contra la policía. Su sonido era similar al que genera el despegue de los fuegos artificiales y al tocar el asfalto y explotar, luces de colores bañaron la calle.

Pero los oficiales estaban claramente entrenados para situaciones como estas, ya que lograban maniobrar y esquivar cada uno de los proyectiles lanzados por el duende.

La balacera siguió y ya habían perdido mucho tiempo. Si seguían así, la navidad se vería destruida.

Mientras ese pensamiento cruzaba por la mente de Papá Noel, una de las balas rozó el lomo de Rodolfo, haciendo que choque contra el costado de un auto; sin embargo logró enderezarse y continuar corriendo, pero era claro que ya no podría hacerlo al cien por ciento. En ese momento, mientras Papá Noel observaba con desesperación y miedo a sus compañeros, el tiempo pareció detenerse, las balas ya no se oían y las explosiones de colores no iluminaban tanto como antes. El mundo se había silenciado y aquello le trajo cierta claridad que hasta ahora no había tenido. La navidad no dependía de él, al menos no de su persona, cualquiera podía hacerlo. Miró a Palúm, quien le devolvió la mirada, y sonrió.

—Fue un honor, amigo —dijo, mientras apoyaba su mano sobre el hombro del duende—.  Terminá con la tarea, ¿sí?
—¿Qué? —preguntó, confundido, Palúm.

En ese momento, Papá Noel tomó dos regalos de la bolsa y saltó con ellos hacia el auto de policía. Una enorme explosión de colores lo obligó a cerrar los ojos, mientras su grito se perdía en la noche. Papá Noel se había sacrificado por la navidad y ahora era tarea de él llevarla a todo el mundo.


Poco a poco, su conciencia fue regresando. Sabía que estaba sentado y que sus manos estaban atadas detrás del respaldo de la silla. El lado derecho de su rostro estaba caliente, como si le hubieran apoyado un metal al rojo vivo sobre la carne, pero luego recordó su salto hacia la patrulla y la explosión. Por suerte, sus manos habían salido ilesas, ya que los había arrojado antes de que estallaran.

Abrió los ojos, pero algo bloqueaba su vista. Al parecer le habían colocado una bolsa o sábana negra sobre la cabeza; lo último que regresó fue el oído, todo era silencio a excepción de un incesante goteo en una de las esquinas ¿Habría podido escapar Palúm? ¿Cuántos días habían pasado desde la navidad? ¿Dónde estaba?

Mientras su cabeza era bombardeada por estas preguntas, el ruido de una puerta abriéndose inundó el lugar.

—Oh, parece que se despertó. Sacale eso de la cabeza, tenemos que hablar con él.

El que hablaba era un hombre.

Podía oír cómo uno de los hombres se acercaba a él y le quitó lo que tapaba su cabeza. Tuvo que cerrar los ojos cuando la luz de la única lámpara en el cuarto lo iluminó. El cuarto era pequeño, con las paredes humedecidas y la pintura levantada. En la pared frente a él, donde se encontraba la puerta de metal, había una silla. Había dos hombres que lo miraban, pudo reconocer a uno de ellos como el que había hablado por el megáfono durante la persecución. Tomó la silla y se acercó, se detuvo a unos pasos de él y se sentó.

—Me da gusto al fin encontrarlo ¿Cómo prefiere que lo llame? ¿Papá Noel? ¿San Nicolás? ¿Ded Moroz? ¿No? ¿Nada? —Asintió lentamente—. Se la voy a hacer simple. Lo que usted hizo durante muchos años es un crimen, no puede simplemente meterse en la casa de las personas y dejar regalos. Hay leyes y las leyes se tienen que cumplir. Uno que no cumple la ley y todo se desmorona, ¿entiende?

Papá Noel no reaccionó. El hombre se inclinó y le dio una bofetada que por poco lo tira al suelo.

—Quiero que me diga, exactamente, dónde podemos encontrar a los Reyes Magos…

Papá Noel lo miró fijamente. Una cosa era que fueran contra él, ya que su posición podía ser reemplazada con facilidad, pero los Reyes Magos era otra cosa.

—No sé de qué me hablas —dijo y recibió otra cachetada.
—Yo sé que todos ustedes están en contacto. Entendé esto, Noel, todos ustedes están acabados. Ahora, vas a decirme dónde están o si no…
—O si no, ¿qué? ¿Eh?

En ese momento, en la lejanía y como si algo lo estuviese bloqueando, se oyó el bufido de un reno. Todos hicieron silencio mientras una sonrisa lentamente iba haciéndose lugar en el rostro de Papá Noel.

—¿De qué te estás riendo? —preguntó, nervioso, el hombre, mientras que del exterior comenzaron a llegar los sonidos de disparos y explosiones.
—De que pienses que podés acabar con nosotros —sentenció Papá Noel.

En ese momento, una de las paredes estalló y una nube de polvo los cubrió a ambos. Sin darle tiempo a sacar su pistola, dos explosiones de colores explotaron a centímetros de su cuerpo, enviándolo contra la pared opuesta.

Una luz rojiza entró a través del agujero y mientras el polvo se iba asentando, las figuras de Rodolfo y Palúm aparecieron. El duende bajó del lomo del reno, se acercó a la silla y desató a Papá Noel, el cual lo miraba con una mezcla de confusión y alegría.

—¿Pensaste que podías dejarme todo el trabajo a mí? —preguntó Palúm.

Papá Noel sólo podía sonreír ante el gesto y la valentía del pequeño duende. Una vez que Palum se acomodó nuevamente sobre el lomo de Rodolfo, Papá Noel se acercó al hombre que lo había interrogado, sacó de su bolsillo un pequeño regalo y lo colocó en su mano.

—Feliz navidad… —Sentenció en voz baja y con rostro serio, y se retiró del lugar.

Luego de unos segundos de estupor, el hombre abrió el regalo y se encontró con un trozo de carbón.

Y así, con ayuda de su reno Rodolfo y su mejor amigo, Papá Noel pudo terminar de entregar el resto de los regalos y llevar la navidad a todas las familias del mundo.

FIN

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