OBJETOS PERDIDOS - CAP 7

Ahora ahí estaba, tratando de hacer lo imposible, entre el humo y el ruido ¿Tratando? Esto era un tirada de dados; o lo hacía bien o no, no había “tratar” (eso lo había escuchado en algún lado). Así que juntó valor, agarró el dado, lo tiró y de repente se formó un silencio que duró un instante, hasta que toda la carpa estalló en gritos y aplausos: El dado había caído en un cinco. Ninguno de ellos lo podía creer.

—¡Bien, seguí así! —Lo animó Bil a su costado.

“Claro, como si fuese tan fácil”. Todavía tenía que repetir la misma suerte, dos veces más. Pusieron el dado en su mano otra vez y otra vez lo soltó. La presión era mayor, pero sin embargo fue más fácil, sus rodillas no temblaban tanto. Los gritos de festejo se repitieron junto con la sorpresa, aún mayor, al verse seis puntos sobre la cara del dado.

“Esto no puede estar pasando”, pensó, incrédulo, aunque ya estaba acompañando a sus tres compañeros en las risas. Pero estaba pasando y todavía no tenía razones para festejar del todo. Volvió a repasar rápidamente las reglas en su cabeza. “Si no mantengo la racha, si saco un uno… se termina todo. Tengo que sacar dos o más” ¿Y si no lo sacaba? El resto de la carpa seguiría riendo, capaz que con más ganas todavía, al ver esa suerte dada vuelta tan absurdamente. Sus compañeros no estarían contentos, pero no tenía forma de saber qué reacción tendrían hacia él. “Sólo hay una forma de saber”.

El dado dejó su mano transpirada una vez más y la caída se le hizo eterna. El dado parecía querer conformar a todos, al caer en un cuatro, lo que hacía un puntaje total de 15. Más que una clasificación, menos que la gloria que había mencionado Bil.

Los gritos y los aplausos volvieron a inundar la carpa, de todos lados le llegaban palmadas en los hombros, se le cruzaban mujeres amistosas y manos ofreciendo vasos llenos. Bil había desaparecido de su lado repentinamente y ahora Parche le decía algo que no podía oír, mientas el Oso lo llevaba de vuelta afuera agarrado de un brazo.

Los dos hombres gigantes se abrían paso sin problemas y enseguida estuvieron de vuelta afuera, en una calma relativa, en comparación con el aquelarre del salón de juegos.

—No te escuché lo que me dijiste ahí adentro —Le dijo a Parche.
—¿Eh? Ah, nada, que Bil ya nos alcanzaba, está cobrando lo que ganaste ¡Estuviste genial! —Le dijo eso dándole un abrazo que casi lo sofoca.
—¡Cuidado, no lo rompas, que tenemos que devolverlo! —Agregó el Oso entre risas y le dio una palmada que no seguía su propio consejo.

Enseguida vieron acercarse la figura de Bil, que traía una bolsa de cuero llena de doblones.

—Bueno, acá está todo lo que nos podemos llevar por el momento —dijo con una sonrisa, distinta a la que le había visto adentro, durante el juego.
—¿Pasa algo? Estás menos contento que antes… ¿Sacamos poco?
—No, no es eso.
Sacudió la bolsa, haciendo sonar las monedas, para convencerlo.
—Yo sé qué pasa —Interrumpió Parche—. Y no es nada grave. Vamos a festejar de una buena vez.

Así que todos fueron hacia los pabellones de comida y bebida, y él no hizo más preguntas por el momento. Pensaba que las respuestas llegarían cuando tuvieran que llegar y tenía más razón de la que él creía.

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