COLABORADORA - VICKOL CORIA

Cuando me pidieron que escriba sobre San Lorenzo, lo primero que me pregunté a mí misma fue si iba a escribir desde la historia del club, desde lo racional o desde mi corazón.

Desde que tengo memoria, incluso desde antes, soy hincha del club de los cuervos. No tengo herencia familiar ni legado de ningún tipo. De hecho, nadie sabe cómo ni cuándo, pero lo primero que amé en mi vida fue al Club San Lorenzo de Almagro.

Tengo hojas y hojas de borradores que cuenta la historia del Club, desde los “purretes” que se juntaban a jugar al fútbol en el potrero de la capilla del padre Lorenzo Massa en 1908, hasta los cien mil cuervos autoconvocados para festejar la aprobación de la Ley de Restitución Histórica en 2012.

No puedo hablar del club de mis amores si no lo hago desde el corazón. San Lorenzo pasó por muy malos momentos durante la última dictadura, donde prácticamente lo despojaron de sus raíces y de su identidad al venderle la cancha a una empresa francesa que, hasta el día de hoy, tiene anclado su supermercado en el lugar. Después de eso, todo fue en picada.

San Lorenzo descendió a la segunda categoría del fútbol en 1981 y aún así recaudó más que cualquiera de los clubes que se encontraban en Primera en ese momento. Estuvo catorce años sin estadio propio, deambulando por canchas alquiladas para poder jugar, pero a pesar de que en lo institucional y lo deportivo no estaba en sus mayores glorias, la pasión azulgrana nunca se apagó, las voces de los hinchas se escucharon más fuertes que nunca y el orgullo por los colores que llevamos en la sangre estuvieron más vivos todavía.

El 16 de diciembre de 1993 San Lorenzo volvió a tener Estadio, esta vez en el barrio de Flores. No es el barrio donde nacimos, pero aún así dejamos nuestra huella bien marcada y, a pesar de todo, el corazón del pueblo sanlorencista está en esos terrenos santos de Av. La Plata al 1700. Por eso y gracias a la lucha de muchos locos, sobre todo de Adolfo Res, en 1998 se comenzó a dibujar una idea casi utópica, que se veía muy lejana e imposible.

Con ayuda y esfuerzo, poco a poco fue tomando forma el sueño de muchos, hasta que en 2010 se presentó oficialmente el proyecto de Ley de Restitución Histórica, que fue aprobada dos años después. En 2015 se firmó finalmente el acuerdo con la empresa Carrefour, y hoy estamos a pocos días del paso más importante: La firma del boleto de compra/venta, donde esos terrenos van a volver a ser nuestros en los papeles, porque desde el corazón, nunca nos fuimos de ahí.

Volvimos 2015 - San Lorenzo
Foto: Vickol Coria

Si hablamos del amor por los colores, es imposible no hablar de San Lorenzo. Nosotros, los hinchas, fanáticos, enfermos, somos conscientes de que no somos seguidores ni de los jugadores ni de los resultados; somos locos por el club, por los colores azulgrana que vestimos con orgullo, por sus hazañas, por las glorias y las alegrías que nos han dado; y también algunas tristezas. San Lorenzo no se reduce a un esférico con once jugadores corriendo atrás de él. Boedo es una fiesta cada vez que un deportista se consagra con la camiseta del club, sin importar si es en básquet, hockey, patín o lo que sea. Ese deportista lleva a lo más alto los colores que amamos y sólo por eso se merece el apoyo de todos los cuervos.

Sí, dije Boedo. No fue un error de tipeo, ni me falló el subconsciente. San Lorenzo nació en Boedo, a pesar de que en aquellos años del padre Massa esas calles pertenecían al barrio de Almagro. En 1972 se decretó oficialmente que entre Avenida Independencia, Sánchez de Loria, Avenida Caseros y Avenida La Plata se encontraba el barrio de Boedo.

La pasión, el amor y la lucha caracterizan a San Lorenzo y a todos sus seguidores. En el año 2000 se buscó sin éxito privatizar el club y la negativa fue gracias a los hinchas que soportaron hasta tres represiones policiales en un mismo día para que San Lorenzo no se volviera una sociedad anónima.

Con orgullo podemos decir que somos locos por el único club grande de la Argentina,
que pertenece a su gente y se sustenta con la cuota de sus socios.

Vickol en la cancha de San Lorenzo
Vickol Coria junto a la hinchada

El hincha de San Lorenzo no la tuvo fácil y no sólo sufrió desde las tribunas en 2012 cuando el equipo de primera división estuvo a un paso de descender de categoría por segunda vez en su historia, sino que siempre puso el corazón para poder defender los valores que nos heredó el padre Massa, desde que decidió que vestiríamos el color azul, que simboliza el ideal, y el rojo, la lucha. Ahora y con el sueño de recuperar lo nuestro, la vuelta la banca la gente gracias al fideicomiso que se estableció para que los hinchas pudieran aportar y evitar que el Club se endeude con un préstamo.

Acá quisiera hacer una pausa y mencionar y agradecer a todos los que colaboraron, e incluso a aquellos que, sin compartir el amor por los colores azulgrana, entendieron y apoyan nuestra lucha. La solidaridad es enorme en el argentino en los malos momentos y emociona saber que hay hinchas de River, Boca y otros clubes que no dudaron en comprar un metro cuadrado para que San Lorenzo recupere las tierras donde nació, creció y se convirtió en grande.

“Nos fuimos al descenso, nos vendieron la cancha, lo que nunca pudieron fue parar a esta hinchada”; “Vamos a volver al barrio que a San Lorenzo lo vio nacer”; “Hicimos dos canchas, vamos a hacer tres”.

Los cánticos de cancha demuestran la garra y el amor que cada uno de sus hinchas siente por el club. Yo, Vickol, mujer y acostumbrada a la pregunta de siempre “¿Vos vas a la cancha?”, puedo decir que la popular local del Nuevo Gasómetro es mi segundo hogar, porque ahí es donde estoy con mi familia. A pesar de no haber conocido el Viejo Gasómetro de Av. La Plata, sueño con el día en que pueda gritar, a todo pulmón, los goles de San Lorenzo desde las nuevas tribunas de Boedo y junto con la hinchada llevar a lo más alto las palabras de aliento al club, las de orgullo por haber cambiado la historia que nos quisieron imponer y la alegría de volver al barrio.

No niego que los demás clubes tengan historias interesantes, fanáticos que darían la vida por sus colores y colecciones de copas que demuestran sus glorias, pero a mí me tocó nacer con sangre azulgrana y si tuviera que elegir, volvería a ser de San Lorenzo. Reconozco que, a pesar de amar al Club desde antes de la cuna, tardé en acercarme a la gente, en ir a la cancha y en festejar los triunfos desde la mítica esquina de San Juan y Boedo, pero desde ese momento me he enamorado cada vez más de los colores, del amor por la camiseta y de la pasión que entregan los hinchas por San Lorenzo.

Gran parte de la historia que hoy relaté, no me tocó vivirla por mi edad o, quizás, algunas las viví desde lejos por no haber nacido en Capital Federal, pero sí fui testigo de los últimos años. Llorar con cada partido de San Lorenzo en 2012, cuando el promedio nos empujaba a la B, quedarme afónica en el último partido de la promoción donde mantuvimos la categoría, llorar de alegría en 2013 cuando nos consagramos campeones, festejar en San Juan y Boedo en 2014 cuando al fin conseguimos ganar la Copa Libertadores, festejar en el Nuevo Gasómetro el acuerdo con Carrefour que nos abría las puertas para volver a tierra santa en 2015 y, finalmente, en unos días me podrán ver llorando de alegría, abrazándome con el primer cuervo que encuentre, porque el 14 de diciembre de 2016 habrá una nueva huella en la historia de San Lorenzo de Almagro, porque ese día volvemos a Boedo.

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