Una muchacha muy bella

“Las sirenas sonaban profundas y lejanas, pero claras y poderosas ¿De dónde saldrían esos barcos que partían en medio de la noche? ¿Y qué puerto había cerca de mi casa en medio del cemento para que en lo más oscuro de la noche pudiera escuchar las trompetas graves que usan los navíos enormes?” Así cuenta Julián López, bajo la mirada de un niño pelirrojo de siete años, la ficticia historia de una madre desaparecida o asesinada durante la última dictadura cívico-militar: Se trata de “Una muchacha muy bella”.

El libro salió a la calle en 2013 y recién llegó a mis manos este año, para promocionar una cursada universitaria. Primero me asomé por una obligatoria curiosidad, pero más bien por lo llamativo del título —había que elegir trabajar con uno de los autores propuestos—; luego me dejé seducir por la belleza del cuerpo del texto.

Allí dentro había un niño narrador que tomaba el protagonismo y por momentos lo perdía, ya que el foco está puesto, como el título lo indica, en hablar sobre su madre —en cierto sentido termina siendo más trascendente que él, ya que, por ejemplo, en las quince páginas del primer capítulo repite cuarenta y tres veces “madre”, en una de ellas indica “mi madre me amaba locamente”, y dice que es “bella” en ocho ocasiones.

A lo largo y a lo ancho cuenta con descripciones pormenorizadas. Como la del día de la amenaza de bomba en la escuela, en la que Julián dice que busca a su madre o, mejor dicho, “las solapas azules con botones dorados de su saco”; las “tostadas bien finitas” que le había preparado ella en la víspera de Navidad; esas dos páginas en las que narra poéticamente cómo se toma un vaso de Nesquick mal revuelto, al cual compara con la fosa de las Marianas, cuyo lecho chocolatoso le permitía desplegar toda su imaginación durante esa merienda.

Entre líneas se lee, además, una nostálgica una-muchacha-muy-bella-julian-lopezcerteza de un pasado muy feliz: Aparece como una forma diferente de hablar acerca de la dictadura, en la que lo ficticio se convierte en un aspecto clave. El discurso sometido a otro tipo de tratamiento estético sin desperdicio.

Una de las originalidades narrativas de Julián López se manifiesta en ese recrear una época en la que la felicidad era el abrazo de la madre, los chocolates Jack, una salida mensual “como la gente” —ir al cine, almorzar en Bambi o tomar el té en Steinhauser o la Casa Suiza— y una rica e infaltable Nesquick. Discute con otros autores y miradas dominantes: Busca despegarse de los proyectos de otros creadores, parafraseando en esto último al gran Pierre Bourdieu, en cuyos relatos la centralidad del testimonio puede estar en el secuestro y desaparición, en la descripción política y social del momento, o en la mirada de los adultos como el único de los mundos posibles.

El indicio más fuerte de esta hipótesis de lectura, la del lugar emergente y alternativo, se encuentra en un fragmento que aparece casi al final de la obra, cuando quien habla ya es el Julián adulto: “Un día me harté de escuchar eslóganes como ‘nosotros tenemos los mejores muertos’, un día me harté de construir mi propia desaparición”. En la mitad de la obra, a su vez, había deslizado un comentario de incomodidad al ir con su vecina Elvira a ver a los Titanes en el ring: “Yo quería ser otro, quería no estar ahí (…) quería no escuchar más gritos, ni más estruendos, ni más horror, ni más reproches por todo lo que sabía y callaba”.

Otra de las claves que lo habilitan a manejar con más soltura la nostalgia —permitiéndole al lector zambullirse en el juego de la historia que cuenta, es decir evitar esa incomprensión elitista que proponen algunos autores y Bourdieu critica— es que se trata de una ficción. Así, López puede valerse de la plasticidad de los hechos que narra y accionar esa maestría de poeta con la que exprime cada tramo del texto.

En esas ansias de describir y comentar detalladamente algunas experiencias, López hace que el tiempo del discurso sea más lento que el tiempo del discurso, aunque también lo genera a la inversa. En el primer caso, la escena en que su madre está sentada en el suelo y lo invita a sentarse en el hueco de sus piernas y lo abraza. Dura más de cuarenta líneas ese recuerdo en el que se conjugan calidez, liviandad y cercanía de un cuerpo palpitante, la ansiedad pero también la paz interior al estar junto a esa “piel pavorosamente húmeda y sugerente de su cuello” y el “aroma dulce y lábil de su pelo negro”.

Recorren por los pasillos del libro ciertas complicidades para hablar de la dictadura. Hay cosas que el discurso del autor no cuenta, que menciona de forma encubierta o mediante la resignificación adrede de cierta jerga o cuestiones vinculadas a la muerte: La madre en un momento aparece como “una perfecta asesina de vegetales, la veía liquidarlos con una natural frialdad de la que ella no era realmente consciente”; cuando juega con Santi en la plaza, afirma que se trata de una “estrategia de servicio de inteligencia”; la amenaza de bomba en el colegio mientras se desarrollaba el acto escolar; o imaginar que las sirenas por la noche eran de unos barcos, en alusión a los secuestros nocturnos.

Esta forma de escribir estos recuerdos se puede incluir bajo lo que Marianne Hirsch denomina “posmemoria” y Sarlo retoma y sintetiza como “la memoria de la generación siguiente a la que padeció o protagonizó los acontecimientos”, un discurso de segundo grado y atravesado por otro tipo de mediaciones. Una de estas sería el nivel de implicación subjetiva que los vincula a esos acontecimientos acerca de los cuales se hace memoria.

El autor de “Una muchacha muy bella”, en definitiva, se ubica en el lugar de una generación que lee, escribe y reescribe de una manera alternativa la última dictadura. Los comentarios del niño que narra, a su vez, posicionan al autor desde el punto de vista de alguien adulto que brinda algún tipo de explicación adicional.

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