baño público

“Bill Gates busca erradicar el característico olor de los baños públicos”, leí el otro día mientras buscaba cosas sin sentido en internet. La noticia me pareció un chiste, pero leyendo un poco mejor, vi que era totalmente cierta. El híper mega recontra súper multimillonario y fundador de Microsoft, también se preocupa por nosotros, los simples mortales, que a veces tenemos el disgusto de entrar a estos baños del inframundo.

Se trata de una iniciativa, financiada por él, que busca ayudar a combatir el mal olor a orina y heces mediante una fragancia que haría que no podamos percibirlos (Si este proyecto funciona y cumple con lo que esta prometiendo, Bill debería tener asegurado un lugarcito vip en el cielo).

Ahora nos vamos a sumergir en estos cubículos del horror. Con humor, claro, ya que no hay otra forma de abordar este tema sin terminar llorando al enterarnos de todas las enfermedades que nos podemos contagiar o de las cosas desagradables que allí podríamos encontrar.

Bill Gates baños públicos
Bill Gates financia este proyecto, que nos salvaría de tener que aguantar la respiración cada vez que entramos a un baño público.

Crónica de una aventura en un baño público


Estás en una estación de servicio, entrás casi corriendo a los baños de mujeres y, por supuesto, como es habitual, hay una fila interminable, de esas que te hacen pensar que están dando hamburguesas gratis. Considerás entrar rápido al de hombres, lo pensás un microsegundo y lo descartás inmediatamente. El olor te desmaya, pero las ganas de hacer pis te están matando. Maldecís a tu vejiga por ser tan débil.

baño hombresDespués de varios minutos y bailecitos que consisten en cruzar las piernas de por medio, te toca a vos. Es un espacio tan mínimo que apenas podés entrar. Y ahora sí, la verdadera acción comienza: Como de costumbre, el picaporte no anda. Ni te molestás en amargarte, porque esos picaportes JAMÁS FUNCIONAN.

Mirás a tu alrededor buscando un bendito gancho para colgar la cartera… No lo encontrás. Ni siquiera pensás en dejarla en el piso. Antes muerta que con el bolso en ese piso que, al parecer, hace mucho tiempo no sabe lo que es una limpieza. La única solución que encontrás es colgártela del cuello. Pesa muchísimo, te desnuca. Sentís que en el momento en que salgas de ese baño, vas a tener que usar un cuello ortopédico.

El desafío más grande: Hacer pis sin tocar ni medio centímetro del inodoro. Acá es cuando te acordás de todas las veces que tu mamá te quemó la cabeza diciéndote “No te apoyes en la tabla, eh” porque “uno nunca sabe qué enfermedades puede haber ahí”. Te ponés medio paranoica e intentás hacer el menor contacto posible con ese pequeño cubículo. Es el momento de mayor concentración. Te acomodás como podés, con una mano te bajás los pantalones y con la otra tenés la puerta para que ninguna apurada entre y te encuentre malabareando de tal forma. Mientras, la cartera se balancea como si estuvieses en el samba del Parque de la Costa. Pensás “¿Quién necesita ir al gimnasio si estoy haciendo sentadillas ahora mismo?” Las piernas te tiemblan por el esfuerzo, pero por fin estás haciendo pis. Este es el momento en que alguna de las que estaban en la fila no miraron debajo de la puerta para fijarse si había pies o no, así que entra confiada. Empujás la puerta y soltás un “¡OCUPADOO!” que, seguramente, se escuchó hasta el surtidor de nafta.

baño sin papel higiénico

Te desestabilizaste otra vez ante la interrupción de la intrusa, así que te apurás. Y este es el momento clave, ese instante en el que girás para agarrar el papel higiénico y, por supuesto, no hay. No esperabas encontrarlo, así que ni siquiera te decepciona. Es típico que no haya papel. Esperanzada, mirás tu cartera, que sigue colgando de tu pobre cuello. Empezás a revolverla, es la típica de “por las dudas, lo tengo”. Encontrás tres cargadores para el celular, un monedero sin monedas, una botella de vodka, el delineador, un peine, una manzana y media barrita de cereal, y si seguís buscando, podés llegar a encontrar un pepino, el mate, el termo o una fuente para horno, pero no hay ni un mísero pañuelito. Te puteás un poquito, pero te resignás. Decís “Ya fue”, hacés una especie de perreo y volvés a poner toda la ropa en su lugar.

Te das cuenta de que las que están en la fila deben estar preguntándose qué carajos hacés tanto tiempo en el baño. Te apurás. La transpiración se apodera de tu cuerpo, tenés calor y estás agobiada. Con la punta de los dedos, tirás la cadena. Te descolgás el bolso del cuello, que parece suspirar de alivio. Listo. Por fin salís de ese cuadrado horrible de 2×2.

cartel orinar

Las demás, que estaban esperando que salgas para poder entrar, te miran. No querés ni mirarte en el espejo porque imaginás que estás espeluznante. Mirás el lavamanos. Parece más sucio que el baño, pero ¿qué más da? Te enjuagás las manos con un poco de agua —ya que ni siquiera hay un poco de jabón líquido. Ni te planteás la idea de poner las manos debajo del secador. Terminás secándote las manos con el pantalón, la remera o lo que tengas a la vista.

Te autofelicitás. Saliste casi ilesa de este evento que a veces nos toca superar. Aunque, para este momento, ya tenes ganas de hacer pis de nuevo.

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