Imagen Infobae

Llegué a Retiro a las cinco de la tarde creyendo que estaba exagerando con el tiempo, pero me hicieron anotar en un pedazo de papel que decía “Grupo 61”. Después supe que las listas eran un método de organización improvisado por la propia gente, que cada lista tenía diez personas y que entre las 600 personas que había adelante de mí, unas cuantas estaban acampando hace semanas.

Me puse a tomar mate con bizcochitos y pensé que no sería posible evitar desórdenes con la cantidad de gente que no paraba de llegar y tres policías.

Pero la verdad es que todo fue tranquilo y en orden. Demasiado. Es que este “demasiado” fue lo que no dejó de sorprenderme durante las 27 horas… y después.

Se hizo de noche y los chicos dormían, otros comían lo que habían traído desde sus casas o hacían postas para ir a comprar algo. Pasó la medianoche y sólo unos pocos dormían. Los demás ya no sabían en qué posición ponerse. Algunos la zafaban con reposeras o almohadones, otros directamente se paraban en el lugar y se quedaban ahí durante un rato estirando las piernas.

Una guitarra por acá, un malabarista por allá, dos que bailan chacarera y cuatro amigos juegan a las cartas. En un rincón, tres celulares cargándose, a su lado, los tres dueños de los celulares esperando que se carguen, y atrás de ellos, otros tres esperando lo mismo para pasar a enchufar sus propios teléfonos y esperar que se carguen. Pocos pueden dormir. Las obras en el andén del tren Retiro – José León Suárez consisten, básicamente, en vaciar camiones y camiones de piedras en las vías, lo que convierte al tubo de la estación en un amplificador de ruido constante, fuerte e insoportable, y mucho polvo.

A las cinco de la mañana tenía mucho sueño, cortaron las obras y salió el primer tren. Me dormí. Media hora. Cinco y media me desperté al grito de “¡Hay que organizarse!”. Organizarse fue: Pararse todos y amontonarnos contra el de adelante y así sucesivamente y toda la larguísima fila vivorita era un amontonamiento de gente parada y cansada. Una hora y media. Siete de la mañana, como estaba previsto, abrieron la boletería y empezaron a llamar de a tres personas para vender los boletos. Sin saberlo aún, me quedaban otras doce horas de cola hasta enterarme de que todos los pasajes de diciembre y enero se habían agotado. Chau soñado tren a Tucumán. Me voy a casa.

La pinturita


Después de esas veintisiete horas en retiro que este pequeño repaso apenas llega a bocetar, fui a tomar el tren Retiro – Tigre que me lleva a casa, desde la misma estación en la que había pasado más de un día entero. Hasta ese momento sentía bronca y cansancio. Pero recién cuando subí al tren y estuve rodeada de un montón de gente que volvía de un día más de trabajo, me invadió la tristeza. Y sabía que no era por no haber conseguido los pasajes. Quería llorar o, en su defecto, hacer la revolución. Ya. Ahora.

Encarné lo que antes de ir a Retiro intuía, pero que no me animaba a creer. Poniendo en fila una cantidad de certezas que pude conocer durante mi estadía en la estación junto a todos esos equis vecinos pasajeros, la pinturita queda más o menos así:

Hay un montón de gente en Capital que es del interior y vino a laburar o estudiar. Para uno solo, el micro de ida y vuelta a su pago le costaría más de la mitad de su sueldo. Sueldo que apenas le alcanza para pagar la vivienda, cuentas, supermercado. Sumale un hijo. Absolutamente imposible.

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Imagen: La Nación

También hay una buena cantidad de pibes que no pueden gastar más de la mitad de su sueldo en un único pasaje de ida y vuelta si quieren hacerse unas vacaciones para conocer por lo menos un par de lugares.

A estos desechos del sistema, que son más o menos 10 mil personas, los ponen a hacer fila para comprar un pasaje de tren bastante barato, única alternativa a los excesivamente caros pasajes de colectivo. Todos en una misma fila, en un mismo día. Los de ida y de vuelta, que toman el tren con destino final Tucumán, Córdoba y Rosario, durante los meses de diciembre, enero, febrero y marzo.

Todos bien amontonaditos como animales, da igual, nadie va a reclamar, nadie va a romper nada porque menos conviene que cancelen la venta de pasajes. Total, son gente pobre del interior. Casi todos son personas grandes o parejas jóvenes con varios hijos, pero lo que importa es que no pueden pagar más de cuatrocientos pesos un boleto y por eso son la lacra.

Y, además, esta lacra toda amontonada en Retiro es tan pintoresca que vienen los medios y te cuentan la peli que les pinta, como siempre. Buscan a uno medio payaso o a una señora patotera y hacen del ruin acampe una congregación de bichos raros que rezongan y, al fin y al cabo, se van a comprar un boleto re barato y se divierten aplaudiendo entre todos porque la vida es buena y no para protestar porque esa forma de venta de pasajes es inhumana.

La condición en que miles de personas hicieron cola en Retiro, Constitución y Once durante mucho tiempo es lo menos inhumano. Toda esa gente y tanta más, acostumbrada a hacer colas terriblemente largas, a esperas de horas y horas, a extenuantes trabajos eternos por monedas y a hacer malabares para hacer rendir esas monedas. Es repugnante.

Ninguneados por el sistema que se alimenta de ellos y que descansa cómodamente sobre un inmenso colchón de pobres, volverán a probar suerte el año próximo… como cada año.

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