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Por distintas circunstancias en los últimos meses tomé varias veces colectivos de larga distancia y a esta altura, no sé si es conmigo o realmente los coches que nos transportan son desastrosos. Esta es mi experiencia, espero que la tuya sea mejor.

Cuando era chica, visitar a mis abuelos una o dos veces al año era divertido. El pueblo donde ellos vivían estaba a unas cinco horas de mi casa. Mis padres, mis dos hermanos menores y yo nos subíamos al micro para hacer el trayecto. Había una parada intermedia en una terminal de pueblo y mi papá compraba agua tónica. Me acuerdo de tomar con repugnancia esperando sentir el sabor amargo o al menos eso me pasaba a mí a los ocho años.

En esa época no existían los “coche cama” y menos que menos los “suite”, creo que ni siquiera eran “semi cama”. Los colectivos tenían asientos que se reclinaban a unos 45° y tenían en el asiento de adelante unos apoya pies que a mi edad (y altura) no me eran muy útiles.

Había una máquina de café y jugo que expendía una bebida del color del café, del calor del café y de un sabor indeterminado, y peor era el sabor del jugo concentrado de naranja caliente. Estoy hablando de fines de la década del 80 y principios de la del 90. Hoy creo que nadie consume esas “bebidas”.

Con excepción de un viaje en que el coche tenía USB, almohada y mantita (Y no, no era mucho más caro el pasaje, ni en una empresa diferente, no), el resto parece parte de una serie de eventos desafortunados. Y tampoco es que me queje de pretensión, creo que lo mínimo que merecemos como pasajeros es un buen servicio.

Debo decir a mi favor que cuando subo a cualquier medio de transporte, ya sea auto, colectivo, tren o avión, salvo que el trayecto sea muy corto o a la conductora sea yo, me duermo profundamente. Soy como esos chicos que sacan a pasear en auto para calmarlos.

Una vez saqué pasaje a último momento. Cuando subo, el chófer me reclama en broma que les había sacado el asiento donde ellos duermen. No sé si fue por eso o porque toda la noche tuve que taparme hasta la cabeza porque el aire acondicionado sobre mi asiento era como un vendaval que soplaba aire frío toda la noche. Luego, cuando entro a Buenos Aires, inexplicablemente prendieron la calefacción y la cabina subió la temperatura hasta los 35°. No se podía respirar, nos mirábamos entre los pasajeros recién despiertos, extrañados, sin entender el cambio de temperatura, hasta que aliviados nos pudimos bajar en Retiro.

En otro de mis viajes, llevé sólo una mochila para evitar esperar cuando llegaba a la terminal. La coloco debajo de mi apoya pies y me dispongo a dormir. A las dos o tres horas me despierto con el sonido de la lluvia golpeando contra los vidrios, miro hacia abajo y veo que el pasillo era un río de agua corriendo en todas las direcciones. Trato de acomodar mi mochila para preservarla, miro para todos lados para ver dónde podía ubicarla. Como no veo ningún lugar, me resigno a que se moje hasta llegar a destino.

Creo que el peor momento fue cuando una noche que dormía plácidamente y sin darme cuenta comencé a acurrucarme más y más del frío, pensé que soñaba o que exageraba. Elegí el último asiento a la derecha y abajo para dormir tranquila. Estaba abrigada, tenía una campera que soporta el viento y la lluvia; sin embargo, sentía un “chiflete” helado. Entredormida, paso mi mano por la pared del colectivo y descubro dos pequeños orificios que a velocidad de ochenta o noventa kilómetros por hora, hacían sentir el viento como polar. Agarré las servilletas de la cena, las enrollé con paciencia y tapé los agujeros, dejando sobresalida la servilleta, por si algún alma caritativa quisiera arreglarlo cuando llegara al taller.

La pasaste peor que yo, seguro. Te tocaron micros sucios con la mugre del viaje anterior, llegué a escuchar que cuando prendían la calefacción las cucarachas huían por las paredes. Esto último, por suerte, no lo viví. Las cucarachas y yo no tenemos una buena relación. No sé si fue un racha de mala suerte que justo me tocaron todos los micros con problemas o todos los colectivos sufren de la displicencia en su mantenimiento

El tema del viaje de los orificios fue que hubo algo lo que no pude arreglar, por más que hice el intento, y porque se necesitaban herramientas más sofisticadas: Fue la maldita máquina de café y jugo que estaba con la tapa metálica suelta, que golpeó y golpeó, como una batería, en mi oído izquierdo toda la noche.

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