¿Acaso nunca dijiste la frase con la que titulé esta nota? Yo sí. Muchas veces. Tantas que no recuerdo con exactitud cuándo fue la primera vez. Es una frase imantada al ser acostumbrado a sospechar de todo, a dudar de todos, menos de quienes tiene que sospechar y dudar.

Hace unas dos semanas, aproximadamente, un hecho, otro más, de la violencia de género más cruda alcanzó los medios nacionales. Resumieron el caso en dos palabras muy acordes y, a la vez, muy acotadas para lo que ocurrió. “La bestia”, lo llamaron. Un vecino, mi vecino, mantuvo secuestrada casi una semana a una mujer, a la cual violó salvajemente, la drogó, le destruyó la salud psíquica y física, la deshumanizó a tal punto que no le pareció suficiente (qué palabra tan poca cosa para esto) con todo lo que ya había hecho y le dio un tiro de gracia dirigido directamente al alma: La arrojó a la calle, como si fuera un trapo sucio, un objeto sin más que si moría, mejor. Ya no le era de utilidad.

Mientras escribo esto, se me vuelve a llenar el pecho de una sensación impotente. Digo “vuelve” porque en esos días me sacudió con fuerza, fue como un asco que me subía por la garganta hasta hacerme arder los ojos. Se me venía a la mente, como desde hace meses, la foto de Lucía Pérez sonriente. No te olvidaste de ella, ¿no? La adolescente marplatense asesinada tan brutalmente que despertó el “Miércoles Negro”, la primera mega marcha en todo el país con un pedido desesperado: “Ni una menos, vivas nos queremos”.

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Lucía Pérez

Me levanté como todos los días, tranquila. Miré por la ventana y descubrí una infinidad de equipos periodísticos ocupando la cuadra en donde vivo. Obviamente, la primera pregunta fue “¿Qué pasó?” y la respuesta fue tan terrible que desacomodó por dentro todas mis percepciones. Sí, las percepciones, porque hasta que la bestia no te respira en la nuca, no sos capaz de dimensionar lo que realmente está pasando. Y una vez que lo sabés, es como si el espectro se magnificara por diez a tu alrededor, te sentís chiquita, diminuta, indefensa en medio de una selva. Sos un punto a lápiz que puede ser borrado en un segundo sin contemplación, sin piedad y, lo que es peor, sin que nadie se entere.

Hay amenazas que no se ven, que son psicópatas y, en consecuencia, están disfrazadas, camufladas de un modo perversamente inteligente. Sin embargo, también hay otras que son una especie de vox pópuli y no nos damos cuenta o, más tremendo aún, sabemos y callamos.

“¿Cómo es posible que nadie haya visto nada?” fue una de las preguntas reflexivas más pesadas que tuve hasta el momento. Me recordé diciéndola al enterarme de robos, homicidios u otros delitos (en televisión, mayoritariamente). Sé que vos, probablemente, también la hiciste alguna vez. Soy reiterativa con esto porque no puedo explicarlo: La bestia estaba viviendo al lado y nadie, de verdad, nadie vio nada. Yo tampoco.

Sí, sabíamos que el tipo se drogaba desde hacía años y que por lo mismo había perdido el físico de karateka que le asignaron en los noticieros. Sí, sabíamos que era muy posible que estuviera vendiendo drogas y captando con esa adicción a una buena parte de los esquineros de la zona (limpiavidrios, jóvenes que piden limosna con bebés en brazos, vendedores de caramelos). Sí, sabíamos que robaba —rastraba, en realidad— en la manzana; desde las baldosas de las obras de Edelap hasta las tijeras de la peluquería. Sí, sabíamos que una chica, hacía un tiempo, había salido de esa casa a los gritos. Al final sabíamos muchas cosas para no haber visto nada, ¿no te parece?

Pero que se drogara era más un problema de él que nuestro, aunque hiciera fiestas molestas. Nadie puede ayudar a quien no quiere ayuda, dicen. Pero que vendiera droga no podía solucionarse y ya sabemos cuáles son las cuestiones de fondo en este punto. Pero que hurtara algunas cosas no era tan grave, después de todo, aunque algunos dieron aviso a las autoridades sin éxito. Pero la chica, como no podía ser de otra manera —nótese la ironía—, seguramente había ido a comprar una dosis sin dinero o algo similar. En esa ocasión la policía le prestó atención, pero no había sucedido nada de gravedad notoria, supongo, porque al rato se fueron y ella también, mucho más calmada.

No vemos nada cuando aprendemos a naturalizar lo que creemos que no podemos resolver. Eso creo yo. La tragedia mostró todos los cabos de golpe y recién ahí pudimos atarlos. Era todo tan evidente que asusta tanta oscuridad en nuestros ojos ¡¿Qué nos está pasando?!

Hace algunos meses leí una nota terrible sobre la explotación sexual infantil que tiene una especie de zona liberada por el silencio de las autoridades y de nosotros mismos, los ciegos eternos, en Plaza Once. Tres nenas fueron rescatadas de esta situación aberrante. Vendían los “servicios” en ese preciso lugar.

La más chiquita nos contó que, en todos los encuentros que tuvo con los hombres en el hotel, les decía: “Yo no quiero esto”, sin embargo, a ninguno de ellos le importó.

Entre vecinos hablamos sobre la bestia. Qué cosa la tecnología, las divisiones políticas, las obligaciones que nos succionan el día entero, porque nos dejaron tan vacíos que sólo así nos dimos cuenta de la poca o nula comunicación que hay entre nosotros. Resulta que entre todos pudimos unir información, aportar fragmentos, hasta reconstruir uno de los momentos más estremecedores de la historia de La Plata.

Desde ese día la sensación de estar insegura en todas partes y en todo momento me invade. No puedo evitarlo. La angustia que me genera pasar por al lado de esa casa no puedo explicarla. Pero desde ese día también hay algo dentro de mí que surgió irremediablemente y que quiero sostener como un deseo, un derecho, una acción y es que los sentidos cumplan sus funciones: Que los ojos vean, que los oídos escuchen y, sobre todo, que las bocas hablen.

Fuentes:

  • http://www.lanacion.com.ar/1956436-la-plata-mujer-violacion-secuestro
  • http://www.lanacion.com.ar/1931975-rescataron-a-tres-nenas-obligadas-a-prostituirse-en-once
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