Uno creería que cuando se está a dos meses de cumplir dieciocho años, tus padres comenzarán a darte espacio para así irte acostumbrando a lo que vendrá después. No es así.

Al parecer tener dieciocho —¡Casi dieciocho!— no es excusa suficiente para no ir a pasar un verano tedioso a la casa de tu abuelo, en medio del campo, rodeado de nada. Literalmente. La casa del vecino debe estar probablemente a días de caminata de la de mi abuelo. Bueno, no días, pero se entiende.

¡Es que no hay nada interesante en el campo! Hay vacas, y gente del campo, y siesta… y ¡vacas!

No es por tener algo contra la gente del campo… pero no.

Pasaron más de tres horas desde que veo campo por la ventana del auto y es siempre lo mismo. Creo que estamos atrapados en un loop campestre, donde cada un par de kilómetros, se copia la hectárea que acabamos de cruzar y se pega al lado. Creo haber visto a la misma vaca en la misma posición. Estoy seguro.

Cuando mi madre, gracias a Dios, anunció que habíamos llegado, sufrí un mix de emociones. Felicidad, porque si seguía en ese asiento iba a tener que acostumbrarme a vivir una vida sin mis nalgas, y triste, porque se acabó el viaje y me encontraba en esta trampa mortal llamada relaciones familiares. Pero como no quiero pelearme con mi mamá porque, bueno, después de todo me parió, acepté mi castigo, abracé mi destino y cerré los ojos, listo para el golpe final.

Su aspecto es desastroso, tanto el de la casa como el del dueño. El techo está a una brisa de caerse a pedazos, las pocas tejas que todavía quedan en pie le confieren un aspecto de abandono y la mugre que cubre los vidrios no me deja ver el interior. El dueño, mi abuelo, es básicamente la versión carne y hueso de su casa. Estoy seguro que mi opinión debió haberse reflejado en mi cara, si el codazo hacia mis costillas por parte de mi madre significó algo.

Saqué de mi inventario personal la sonrisa menos falsa que tengo y expresé todo mi amor a través de mis ojos. No es que no quiera a mi abuelo, pero casi que no lo conozco y él casi que no me conoce a mí, y estoy seguro que el único ser vivo con el que convive hace años es ese perro marrón que está acostado en el suelo.

Me gustan los perros, los perros son lindos. Pero este casi me arranca los dedos cuando intenté acariciarlo. Este perro no me gusta.

Todo parece tan prometedor. Tan increíble. Tan no.

Mientras acomodo las pocas cosas que me traje, escucho a mi abuelo preguntar la gran pregunta del millón, la que, extrañamente, mi madre se olvidó de preguntarme.

—¿Estás segura que quiere estar acá?

No, Rodolfo. No quiero estar acá. Ah, me olvidé de decirles, Rodolfo es mi abuelo, bueno, ya es un poco obvio, pero dato de color, mi segundo nombre también es Rodolfo. Eso ya es menos obvio.

Mi mamá le repitió las mismas palabras que mi psicóloga le dijo: “Señora, su hijo no tiene amigos ni vida social. Sáquelo de la casa”. Y me trajo al medio de la nada, bien pensado, mamá. Un plan infalible. Y por más que se lo explique a ella o a la psicóloga, no entienden que no le encuentro ningún interés a nada de lo que pasa en el mundo ¡Sinceramente! Nada llama mi atención, nada despierta esa chispita del “Oh, ¿qué será?”… Si me dan a elegir, me quedo con las historias inventadas, cien por ciento. Al menos ellas sí son interesantes.

Pero volviendo al tema que nos compete, al menos a mí. Si la casa, por fuera, da ganas de llorar, por dentro es como una puñalada al corazón. Una capa de tierra del grosor de mi dedo meñique cubre la mayoría de los muebles, a excepción del sillón, que tiene la silueta de Rodolfo. La pantalla del televisor está amarilla de la grasa que tiene encima. Por Dios, soy un pibe de dieciocho años y soy más limpio que él.

Al parecer, al fondo del pasillo está la escalera y arriba mi cuarto.


Luego de ser abandonado como una bolsa de papas por mi progenitora, y una tarde completamente incómoda porque recordemos, la última vez que vi a mi abuelo todavía no podía formar palabras, se hizo de noche y la cena nos alcanzó. Tengo que agradecer por haberme traído mi consola portátil —Salve, ¡oh!, tecnología divina— para pasar el rato y a Rodolfo, que no se movió de su sillón en todo el día. El problema fue que la “cena” consistió de milanesas con puré, pero las milanesas tenían más sal que carne y el puré todavía se encontraba en estado líquido.

Luego de la comida que cuestionó mis creencias gastronómicas, huí hacia mi cuarto y ahí es donde me encuentro ahora, con la cara iluminada por la pantalla de mi consola, la luz plateada de la luna entrando por la ventana y un coro de grillos que estoy seguro no van a dejarme dormir.

Este lugar es una bosta —y no soy creyente del karma y las malas energías—, pero si después de decir eso y, acto seguido, se te apaga la consola, un poco mal te hace. Está bien, está bien, un poco me lo merezco. Pero ahora no anda ningún botón y no prende y no hay ruidos… no hay ruidos. Los grillos desaparecieron.

Dejo que la luz plateada me bañe por completo y miro por la ventana. Afuera no veo nada, oscuridad total. Estaba seguro de que desde acá se podían ver las luces del pueblo, pero ahora no hay nada. Todo está en silencio y a oscuras. Y ahora es la luna la que desaparece tras un manto de nubes. Genial.

No hay luz dentro de la casa y por más veces que apriete la tecla de mi cuarto, no sucede nada. Estoy dentro de una película de terror, pero no sé si soy el protagonista o no. Cada escalón de la escalera es más ruidoso que el anterior, cada mueble que me llevo puesto me saca un poco más de quicio y por más que enfoque la vista, no puedo ver nada. Debería despertar a Rodolfo, él debería saber qué hacer, pero al mismo tiempo quedaría como un tonto que no puede pasar ni una noche en el campo ¿Qué fue eso? Pareció un crujido, como cuando pisás una rama seca. Vino desde afuera.

Y sí, parece que estoy en una película de terror porque lo primero que hago es acercarme al ruido. Cuando tenga al asesino en frente, me voy a acordar de mis malas decisiones, siendo ésta la más importante.

La perilla está fría al tacto, demasiado fría, y las bisagras gastadas se lamentan mientras las fuerzo a moverse. Una línea blanca cubre el suelo ¿Sal? ¿Por qué hay sal acá? ¿Babosas? ¿Hay babosas en el campo?

Pero tengo que cortar mi tren de pensamientos inservibles porque la pared de frío que me dio en el pecho no tiene nombre ¡¿Por qué hace tanto frío?! Entiendo que estamos al aire libre, pero aún seguimos en verano.

Esta vez el crujido lo escuché a pocos pasos, frente a mí. Lamento no haber ido al baño cuando podía. Ahora van a encontrar mi cadáver y un charco de orina al lado. Por más que enfoco la vista, no puedo distinguir nada y cuanto más tiempo pasa, más pierdo la línea del horizonte. Puedo sentir cómo se forma una película de transpiración sobre las palmas de mis manos. Algo chocó contra mis pies y creo que mi corazón dejó de latir por un par de segundos.

Parece que es una esfera, como si fuera una pelota chiquita, pero hecha de ramas. Otra vez el crujido. Pero ahora, cuando levanto la vista, tengo dos ojos rojos mirándome fijamente. No puedo distinguir el cuerpo, por lo que parece que están flotando en el aire. No puedo moverme.

El manto de nubes se disipa y esta vez sí puedo verlo. Su figura es alta y flaca, fácilmente de dos metros. Sus brazos son muy largos y las puntas de sus dedos llegan hasta el suelo. Su piel, si es que puede llamarse así, es negra. Y de la parte superior de su cabeza le salen unas protuberancias similares a ramas que conforman un circulo, como la corona de espinas que llevó Jesús. Más allá de sus ojos, no puedo discernir ningún otro rasgo facial.

Ya no sé por cuánto tiempo es que nos estamos mirando.

En el aire se oyó una especie de silbido, pero a mí me sonó más como un lamento, y torció su cabeza. Me hace acordar a los cachorros, cuando quieren jugar con vos, pero no les das bola y se ponen a llorar y a traerte la pelota. Y mientras pienso esto, puedo sentir cómo se calienta mi pierna. Tendría que haber ido al baño.

El ladrido del perro nos asustó a las dos y por fin pude liberar mi cuerpo del miedo que lo tenía estancado. El perro está adentro de la casa, detrás de la línea de sal blanca. Ladrándonos, como si fuéramos dos desconocidos; cosa que uno de nosotros es. La figura se desvaneció en el aire, pero sus ojos rojos quedaron flotando unos segundos más, para luego desaparecer.

Me quedé en silencio, mirando la nada. Muy a lo lejos, las luces de la ruta marcaban una línea que se dirigía al pueblo; la ópera grillesca inició nuevamente. Una pesadez me invadió y me desvanecí.


La luz del sol me perforó el cerebro ni bien abrí los ojos. Sigo acostado en mi cama, con la ropa de ayer, la consola sobre mi pecho y una mancha húmeda entre las piernas. Jamás me levanté tan rápido, pero no puedo arriesgarme a que alguien se entere de que hay hombres de dieciocho años que todavía se mojan en la cama cuando tienen pesadillas.

—¡Mirá que en un rato desayunamos!

El grito de Rodolfo me despabiló del todo. Me saqué la ropa, la puse a lavar y me puse lo primero que encontré.

El desayuno consistió de… argh… no quieren saber. Pero ahora que estoy libre puedo salir afuera, y abro la puerta, y el perro sale corriendo y yo me lo quedo mirando, y sé que me esperan horas súper divertidas delante; donde mi único entretenimiento va a ser mirar al perro correr hasta que se canse y se chupe los huevos o algo por el estilo.

Pero el perro se me acercó y apoyó su nariz húmeda en mi mano. El mismo perro que ayer casi me arranca la mano. Y estoy a punto de compartirle mi opinión sobre su persona, pero no puedo, no después de ver lo que tiene en la boca. Me dejó la esfera hecha de ramas, llena de baba, sobre la mano y me pareció oír el crujir de una rama en la lejanía. Y por más que miro, no veo nada, pero…

No sé… Tal vez en el mundo sí pasan cosas interesantes después de todo…

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