objetos-perdidos-cap-6

Hacía casi una semana que habían empezado el viaje. El paso de vuelta por su hogar había sido breve, acompañado por los mismos hombres de la noche de la reunión y el viejo que le había hablado de sus planes. Al parecer no tenían mucho tiempo disponible, porque poco después de hacer ese brindis amargo, cargaron una carretilla como la que lo había traído hasta ahí, ensillaron unos caballos y a las primeras horas del amanecer ya estaban entrando en el caserío al que llamaba su pueblo.

La despedida de sus padres había sido un tanto incómoda. Ambos habían dormido mal, preocupados por él, y ni su hijo ni sus nuevos acompañantes tenían respuestas muy claras para darles sobre por qué tenía que volver a irse enseguida en compañía de extraños. Así y todo lograron quedar algo tranquilos. El otro viejo, mientras tanto, había estado cambiando algunas palabras con las viejas del oráculo. Después siguieron cada cual por su lado, el viejo de vuelta al pueblo amurallado y él con sus nuevos compañeros rumbo al sur.

La marcha el primer día y parte del segundo fue siguiendo el río que pasaba cerca de allí, y después tierra adentro, por una llanura ininterrumpida de punta a punta del horizonte. La conversación al principio era igual o más monótona que el paisaje; sus dos acompañantes mayores, Oso y Parche, no parecían querer parar de hablar de mujeres, cacerías o peleas. El cazador más joven (que se había presentado como Bil) participaba de vez en cuando, pero no parecía tener tanta experiencia como los otros, en especial con las mujeres.

Después le empezó a hacer preguntas sobre la vida en su aldea y un par de noches atrás, mientras comían algo, le había empezado a contar sobre las plantas que usaba para los dardos de su cerbatana, hasta que por fin pudo animarse a interrumpirlos para cambiar al tema que le interesaba.

—¿Adónde vamos, exactamente? Creo que necesito saber.
—No necesitas saber —le respondió Parche—, pero supongo que te podríamos contar, no nos cambia nada.
—No es ningún secreto —continuó Oso—. Vamos al círculo del juego.

Cuando les dijo que no tenía idea de qué hablaban, primero se rieron y después le dieron los detalles: Durante tres días, cada tres meses, hombres y mujeres se reunían a cielo abierto para competir en un número de juegos y disciplinas. Varios lo hacían por diversión, otros para apostar un poco y algunos para apostar bastante. El pueblo de los vecinos estaba entre los últimos y andaban con poca suerte últimamente.

—Lamentablemente estamos acumulando una deuda preocupante… Tanto que nuestro principal acreedor dentro de poco va a tener derecho a exigirnos muchas cosas que no queremos pagar… Tierras, animales… incluso mujeres o niños.
—Por eso, según el oráculo, tenemos que llevar a alguien que no sea parte de nuestro pueblo. Y la primera persona que se nos cruzó…
—Pero no estés nervioso, nuestro oráculo siempre tiene razón—. Le aseguró Bil.

Y ahora, por fin habían llegado a ese lugar, que no era otra cosa que un enorme campamento en el medio de la llanura, donde había a simple vista más de cincuenta personas, quizás hasta cien, todas ellas de distinto color y tamaño. Después de dejar sus caballos y sus cosas, empezaron a recorrer el lugar. El Oso probó suerte en algunos puestos de pulseadas, Bil tiró con arco aquí y allá. Ambos ganaron más monedas de las que tuvieron que dejar, pero no eran esas competencias las que importaban.

—Hace algunos meses nos entusiasmamos con los juegos de dados y ahí empezaron nuestros problemas —Explicó Bil—. Un diablo maldijo nuestra suerte y nuestro criterio, pero creo que vos vas a poder cambiar eso.

Así, esa noche, después de comer algo y de reservarse un lugar para Parche en una pelea el día siguiente, fueron a una carpa repleta de humo y gente reunida alrededor de una mesa, hasta donde se abrieron paso gracias a los dos hombres del grupo. Bil le pasó un brazo sobre los hombros y le habló fuerte al oído.

—Somos los perdedores, así que tenemos que jugar primero. El juego es fácil: Hay un dado de seis caras que se tira tres veces; con trece puntos, seguimos en el juego mañana. Catorce o más nos dejan muy tranquilos, con algo de plata en los bolsillos. Tres seis… Sería la gloria.

Miró a Bil sin tener que decirle lo que pensaba: “Es imposible de hacer”.

—¡Te tengo fe!

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