calor

Frente brillosa, espalda húmeda, caras de irritación y una desesperada búsqueda de veredas cubiertas de sombra. Arranca el calor y se siente una especie de malestar colectivo por parte de quienes no son sus fanáticos.

En esta época del año comienzan las primeras quejas de un clima al que no estábamos acostumbrados después de tanto frío. La rutina te agota y te estresa más de lo habitual. Te despertás, te bañás rápido y desayunás. Salís de tu casa para ir a trabajar y el sol te da una cachetada como esas que tu mamá te daba cuando contestabas mal. Caminás tres metros y ya te desespera el sentirte pegoteado o transpirado, por lo que ya desde temprano creés que va a ser un día agotador.

Ahora es cuando empezamos a poner el aire acondicionado en la temperatura de la que tanto nos quejábamos en invierno. Nuestro humor cambia cada minuto, primero decís “Che, qué lindo está el día, vayamos a los bosques de Palermo a pasear un rato” y después, al llegar y ver que está lleno de gente abanicándose, pensás “¿Para qué carajos vinimos hasta acá? ¡Qué ganas de irme a mi casa, apagar la luz, prender el aire y dormir una siesta como se debe!”.

De a poco dejamos de lado el guiso de arroz y le damos paso a comidas que requieran nuestro mínimo esfuerzo, algo así como un tomate en rodajas con orégano. Pasamos de la manteca de cacao para que al sonreír no se nos quiebren los labios al protector solar para que el sol no nos queme la piel. Cualquier cosa se convierte en un buen abanico, desde una revista de 1989 o un folleto que te dan en la calle hasta la pequeña SUBE. Las heladerías se llenan, se siente olor a asado en las calles y tratás de agrandar cada día un poco más el freezer para hacer más hielo.

verano ola de calor

Ahora, una de las tareas que más dedicación nos lleva, lo más importante: Buscar a ese amigo que tiene pileta. No importa si le dejaste de hablar hace tres años porque saliste con la hermana, si viajaron juntos sólo una vez en el tren o si te pide a cambio que lo ayudes con un examen de matemática. El objetivo es claro: Refrescarse y si es posible, sentarte bajo la sombra de un quincho donde puedas tomarte un fernet, tranquilo, mientras compartís un momento placentero.

Hora de la crisis: Te mirás al espejo y te sentís el muñeco de Michelin. Te das cuenta de que pasó todo el año y no hiciste ejercicio o que, al final, no hubo ningún lunes en el que arrancaras la dieta. Ante esto, te hacés amigo de las verduritas, de los 3 litros de agua al día y de la caminata para mover un poco el esqueleto y no sentirte tan culpable por no haberte ocupado antes. Te arrepentís de haberte reído de los que salían a correr emponchados hasta la cabeza con 4 grados y de haber pensado “Mirá estos boludos ¿Con qué necesidad están en el gimnasio? Mirá cómo llueve. Podrían estar tirados mirando algo en Netflix y comiendo pochoclos”. Ahora son ellos los que se ríen de nosotros y de nuestros rollos de más.

Es un hecho: El calor nos genera molestias y nos hace aún más insoportables. Absolutamente todo nos jode o nos pone de mal humor. El clima se convierte en una excusa cotidiana perfecta: “¿Estás loco? ¿Vos viste el calor que hace? Naa, dejémoslo para la semana que viene, con este calor no da”.

Los sillones se convierten en asesinos impensados: Te acostás confiado, te distraés con el celular y al querer pararte sentís como si te estuviesen carneando como a un pobre animal.

El viajar en el transporte publico se vuelve la peor de las pesadillas: Hay una mezcla de olores nauseabundos que van desde algo rancio hasta la cebolla y la junta de los desodorantes que hacen que parezca que estás en un basural. Mirás a tu alrededor con ganas de gritar “Che, forros, se pueden bañar, eh” mientras pensás en que debería existir un termómetro que indique el grado de suciedad de la persona y así determinar si está apta para subir al subte o no.

verano sillon

Por otro lado tenés a los típicos personajes que logran hacerse notar. Esos que haga o no haga calor, se tapan con una sábana para dormir. Los valientes que se animan a tomar alguna infusión caliente o los que le siguen siendo fieles al mate, aunque haga 30 grados a la sombra. Y los que a mí más extraños me parecen, esos que esperan con ansias los primeros rayos de sol para estar horas acostados y así lograr un buen bronceado en la piel.

Y ni hablemos de lo más siniestro del calor: Los innombrables mosquitos, esos chupasangre que disfrutan vernos rascarnos la roncha que nos dejaron. Esos que están toda la noche revoloteándote en la oreja mientras vos, sin éxito, tratas de ahuyentarlos. Llega un momento en que te rendís y decís “Dale che, picame de una vez que me quiero dormir”.

Así como cada casa es un mundo, cada estación del año también…

“El invierno no me gusta porque tengo que abrigarme de manera que tengo tantas capas como una cebolla y no me puedo mover. La primavera me desespera porque salgo abrigado a la mañana y a la tarde no se dónde meterme la campera. El verano me hace sentir pesado, me saca las ganas de todo porque tengo que estar todo el día con el ventilador en la cara. Y bueno, en el otoño se le caen las hojas a los árboles y puedo jugar a pisarlas, así que… Aunque llueve mucho, pero bueno, ponele que el otoño me gusta, pero hasta ahí nomás, eh”.

VERANO PARAGUAS

¿La conclusión? Absolutamente nada nos viene bien. Los extremos no nos gustan, pero los intermedios nos dejan inconformes

¿Lo mejor de todo esto? Siempre llenamos los silencios incómodos hablando del clima “Che, está medio feo el tiempo, ¿no? Dan lluvia para mañana y pasado”.

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