Oscuro

2001-2002

    Cuando iba al jardín aún podía controlar la situación; no me afectaba tanto como para lastimar a nadie. Eso cambió al empezar la primaria.

    No fue nada fácil para mí. Los pocos amigos que había tenido iban a otras escuelas, así que no me quedaba más remedio que hacer nuevos. Pero la constante presencia de Oscuro me impedía dormir bien y esto ocasionaba que tuviera problemas para socializar. No me unía a los juegos grupales que organizaban las maestras y casi no hablaba con mis compañeros, quienes pronto empezaron a tildarme de raro y a dejarme a un lado. Me la pasaba haciendo las tareas que me mandaban y me concentraba en que me fuera bien. Mientras el resto de mis compañeros salía al patio en los recreos a correr entre ellos como unos idiotas o para hablar de lo que suelen hablar los chicos de esa edad, yo solía sentarme en un rincón. A veces se me acercaba alguna que otra chica, pero debido a mi extrema timidez me limitaba a callar o a contestar secamente con un “Sí” o “No”, hasta que se cansaba y se iba.

    Así siguieron las cosas por un tiempo. A pesar de que pasaran los días, seguía sin entender quién o qué era aquella cosa que se presentaba en mi cuarto por lo menos un par de veces a la semana. Siempre estaba allí, en el mismo lugar, dentro del armario a un costado de mi cama. A veces la puerta permanecía ligeramente entreabierta e incluso me daba demasiado miedo acercarme para cerrarla bien. No había vuelto a ver a Oscuro en persona, ya era suficiente para mí la imagen de nuestro primer encuentro (que se me quedaría grabada en la mente por el resto de mi vida). Si lo hubieras visto, entenderías. Dime, ¿alguna vez te ha pasado eso de quedarte dormido al lado de un león gigantesco, muy hambriento, y que lo tuvieras al lado a punto de abalanzarse encima de ti, pero algo le impedía hacerlo? ¿No? A mí tampoco, pero pienso que la sensación era bastante similar.

    En fin, a pesar de las jornadas familiares en las que me divertía con mis padres en algún parque, plaza o restaurante, también en el verano Oscuro me acosaba por las noches. De hecho, nunca supe la razón, pero a lo largo de los años me fui dando cuenta de que el verano era la época en la que más sentía su presencia.

    Disculpa, creo que me estoy demorando mucho ¿Sabes? Desde que era muy pequeño me gusta contar historias. O mejor dicho, imaginarlas, ya que no tenía a nadie a quien contarle las locas historias que inventaba. Y es que aunque por mucho tiempo la mayoría de los chicos me vieron como un ser anti social que odiaba todo y a todos, la verdad es que era un chico más, con gustos como los que podía tener cualquier otro. Amaba las películas de acción y suspenso, las de terror no tanto, pero me gustaba verlas por el simple hecho de que mis padres me lo prohibían ¿Y quién no siente curiosidad por lo prohibido? Sentía mucho interés por crear mis propias historias y como hacer películas no era una opción, lo más cercano a eso para mí era imaginarlas. Llegó un punto en el que, cuando me quedaba solo, hablaba un poco conmigo mismo imaginándome que le contaba una historia a alguien más, a quien fuera, y que éste escuchaba atentamente la historia con una sonrisa y me felicitaba. Debido a esto suelo hablar mucho y me detengo en cosas aparentemente sin importancia. Pero recuerda esto: Yo nunca cuento algo sin importancia. Todo tiene su propósito, incluso los detalles menores suelen constituir en conjunto algo mayor.

    Sí, lo admito, también me distraigo con facilidad, para qué negarlo. A lo que quería llegar es que para mi segundo año de escuela, Oscuro ya formaba gran parte de lo que era mi vida. Fue en esa época cuando descubrí mi pasión por los dibujos. Al fin y al cabo, éstos también eran un medio para visualizar mejor las escenas claves de mis historias. O por lo menos en un principio se trataba de eso, imágenes que representaban historias. Pero Oscuro no tardó en influir en aquello también. No lo dibujaba a él porque su simple existencia me horrorizaba, pero tiempo después entendería que esas figuras abstractas y oscuras que iba creando lo representaban a él, aquello que más temía.

    Y fueron esos dibujos los que provocaron uno de mis primeros grandes problemas. Fue unos días antes de las vacaciones de invierno. Estábamos en hora libre y yo estaba dibujando en mi cuaderno ya repleto de ilustraciones. Entonces se me acercó un compañero. No recuerdo su nombre, pero tampoco me parece relevante para esta historia. Alcanza con decir que se la pasaba queriendo ser el centro de la atención y molestaba a los más débiles, burlándose de ellos y criticándolos por ser “gordos”, “negros”, “enanos”.

   Yo era un blanco fácil, era demasiado tímido y todo el mundo me veía como el bicho raro del salón, así que no era de extrañar que tarde o temprano se terminaría acercando a mí. Me quitó mi cuaderno y lo hojeó con una sonrisa burlona. Arrancó algunas hojas, las arrugó y las tiró al piso. Sentí cómo me arrancaba una parte y es que esos dibujos significaban mucho para mí. Entonces fue la primera vez que oí con tanta claridad a La Voz.

   Era ronca, como un susurro: “Hazle lo que te hizo. Arráncale las piernas, aplástalas y tíralas a la basura”. Me levanté. Cuando caí en la cuenta de lo que había estado pensando, me detuve y me quedé callado, apretando los puños. El “chico malo” se rió y me empujó. Todos observaban, algunos se reían y otros sólo me miraban apenados, pero sin decir nada. “Vamos, arráncale las piernas…”. Levanté la silla y la lancé contra la pared, casi sin poder controlarlo. No lastimé a nadie y de hecho tampoco era mi intención, lo que quería era sacarme esa voz, La Voz, de mi cabeza. Me volví a sentar e hice de cuenta que no había pasado nada. Los demás también siguieron con lo suyo.

   No recuerdo bien qué pasó en ese momento con ese chico molesto. Sólo sé que cuando todos bajaron por las escaleras, me quedé solo, como siempre. También oí grititos molestos pidiendo ayuda. Tiempo después me enteraría de que ese niño que me había molestado había caído por las escaleras y se había quebrado ambas piernas. Nunca entendí la razón, pero parecía que todos mis compañeros sospechaban que yo había tenido algo que ver, lo cual era imposible, por supuesto, ya que en todo momento me quedé solo en el aula. Pero, ¿sabes? En el fondo sabía la verdad. Quizá simplemente no quería aceptar el hecho de que Oscuro era mucho más que una presencia que me visitaba de vez en cuando por las noches. No quería ni imaginarme que aquella cosa pudiera actuar en cualquier lugar donde yo estuviera. Pero sólo me engañaba a mí mismo y años después lo comprendería.

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Simone
Me encantan las historias. Leer y escribir, ver películas, series, etc. e imaginarme mis propias historias. Y me gusta tratar que mi propia historia sea una aventura, todo el tiempo.