Casi siempre pisaba fuerte con sus curvas por donde iba. Huellas dejaba de vez en cuando. Lo que se dice bañarse, lo hacía muy a las perdidas: generalmente quedaba brillante sólo los fines de semana, cuando salía a bailar o tenía algún asado con amigos. Cuando olvidaba bañarse, eso sí, alguien se lo hacía notar.

Para hacerse notar, por ejemplo, un día quiso tatuarse una iguana con flores en la espalda y luego comprendió que no tenía mucho espacio para estamparse eso. Desistió. Otro día le hicieron uno chiquito, pero descubrió que no le quedaba bien.

Le gustaba, eso sí, moverse todo el tiempo, imaginar curvas donde no las hay, ir a todas partes; aunque siempre a su ritmo: Nada de querer marcarle las velocidades ¿A mí me venís a apurar, papu? Voy lento porque se me canta ¿Querés que vaya más lento? Yo me manejo así. Después te guiñaba el ojo y entendías que bromeaba. No era mala persona y todos los sabíamos. Odiaba, eso sí, cualquier tipo de fronteras y de límites —y eso que limitaciones tenía a montones.

Uno de esos defectos era el sonido de su voz. Había algo cada vez que comenzaba a hablar que nos producía como un malestar fugaz. Al rato nos olvidábamos, nos envolvía con su parla y retomábamos las largas charlas lo más bien. Contaba historias de viajes: Eso sí, la mayoría inventadas. Transformaba anécdotas de bajo calibre en relatos que ocurrían en grandes pasarelas y con curvas narrativas fenomenales. Narraba con tanto entusiasmo que fingíamos creerle. Le seguíamos el juego, la corriente.

Esa vez que nos llevó a Corrientes o que lo inventó, ya no recuerdo, nos contó tantos cuentos, acertijos y adivinanzas que volvimos llenos de relatos: Habíamos aprendido a contar historias a la luz del fuego, de las velas, del tubo fluorescente, del celular… Esa fue la huella que, creo, nos dejó y nos marcó en la memoria hasta el día de hoy. Después dejamos de vernos: Vendieron el auto del que te venía hablando.

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