socorro

—¿Qué fue eso?

—Vera golpeó la mesita de luz

—No, yo no me moví.

—Gise, ¿vos golpeaste?

—No.

-—¿Quién fue?

Silencio unos segundos. Inmediatamente, sin que nos hubiésemos puesto de acuerdo, saltamos cada una a la cama más cercana que teníamos para buscar compañía. Éramos ocho. Algo había golpeado la puerta, pero nadie se había movido de su lugar. Estábamos solas en la casa, en el medio del campo, en el medio de la nada, sin luz eléctrica (no había llegado el cableado para ese momento).

No pude evitar pensar en “Manos” ese cuento de Elsa Bornemann en su libro Socorro (Doce cuentos para caerse de miedo). Tres amigas deben pasar una noche solas, también en una casa de campo. Como tienen miedo, deciden agarrarse de las manos y se duermen tranquilas. Al día siguiente, cuando quieren mostrarles a los padres cómo es que superaron el miedo, intentan tomarse de las manos, pero no llegan. Las camas están demasiado separadas.

Creo que cualquiera que haya leído este cuento se lo acuerda. La impresión, la pregunta “¿De quiénes eran esas manos?”, todo colabora para que la sensación de terror perdure, aún en la adultez. Y creo, también, que por esa razón Socorro se convierte en un clásico de cuentos de terror argentino.

El libro fue publicado en 1988 y el prólogo lo escribe nada más y nada menos que el monstruo que creó Víctor Frankenstein —al que también llama Frankenstein por un desplazamiento ya instalado en el imaginario popular—. Ella es amiga del monstruo, comparten momentos juntos y recitan poesía. Pero el libro, los cuentos, surgen para ponerle los pelos de punta. Es difícil asustar a un engendro horroroso como él. Pero Elsa le recomienda que no lea los cuentos antes de dormir y él traslada la recomendación a los lectores. Frankenstein no le hizo caso a ella y yo no les hice caso a ninguno de los dos. Me acuerdo que, cuando era chica, me desperté muchas veces pensando en ese ventilador que se desprende del techo como un arma mortal en “La casa viva” (sin querer escribí “alma” mortal y justamente eso es de lo que se trata el cuento). Miraba mi ventilador y pedía por favor que no se cayera mientras estaba durmiendo. Así me asustaban estos cuentos.

socorro-elsa-bornemann_mla-f-3019843021_082012Con respecto a las formas de narrar, los cuentos varían entre narradores omniscientes en tercera persona, un/a periodista que va a cubrir una nota sobre un hecho extraño (“La del once J”), un relato enmarcado, voces de “angelitos” que interrumpen el relato, un narrador testigo, etc. Es decir, cada cuento enuncia un nuevo universo con sus propias reglas.

Bornemann toma también algunas leyendas japonesas que reversiona, se mete con los espíritus, con los robots, con los monstruos o seres extraños. Hay de todo para todos los sustos.

El libro está dividido en tres partes y cada parte tiene tres cuentos cortos y un último cuento un poco más largo. La prosa es sencilla y ágil, ya que apela a un público juvenil. Pero lo más importante es que la autora nos sumerge en distintos escenarios aterradores, sobre todo cuando los espíritus se meten con el mundo de los vivos. Hoy en día la tecnología cambió mucho el discurso de terror y las formas en que nos asustamos, pero no hay nada como una buena narración para ponernos —tal como quiere Elsa Bornemann— los pelos de punta.

Un poco de la autora


Elsa Bornemann nació en Buenos Aires —más específicamente en Parque Patricios— en 1952. Se recibió de Profesora en Letras en la UBA y comenzó a publicar cuentos infantiles en los años 70. En los 61 años que vivió hizo de todo: fue profesora en todos los niveles, dictó conferencias, cursos y publicó numerosos libros para niños y jóvenes. Su libro “Un elefante ocupa mucho espacio” (1975) sufrió la censura por tratar un tema sensible en la época: Un elefante convence a sus compañeros de circo de realizar una huelga general.

Su producción como autora infantojuvenil le valió muchos premios. En mi opinión, Elsa Bornemann es una autora que logra atrapar al lector porque se reconoce dentro del mundo que ella plantea, pero además le da una vuelta de tuerca: Siempre hay algo de mágico, de sensible, de osadía en sus cuentos.

Elsa Bornemann
Elsa Bornemann

Creo que esa noche en el campo los cuentos de Socorro volvieron a mí porque en realidad nunca se habían ido. Después de varios intentos de prender un farol con una vela, algunas fueron a revisar la casa. Otras nos quedamos “rezando” para que no hubiera nadie.

Al día siguiente, con la luz protectora del sol pudimos ver que un rincón de la habitación, donde estaba la mesa que hacía las veces de escritorio, había varias cosas tiradas. Cosa rara, porque no había viento, ni movimiento alguno que hubiera podido tirarlas. Nadie llegaba hasta ahí desde las camas. Sin embargo algo las había tirado. Y ni hablemos del espejo que desapareció ese verano…

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