El viejo de la bolsa

Por suerte para mí y mis hermanos, mis padres siempre se enojaban con quienes nos amenazaban con que algún ser sobrenatural (monstruo, mito popular o leyenda urbana) nos iba a castigar. Pero hoy a la distancia se ve que para algunos son más efectivos que los retos de sus progenitores.

El primer recuerdo que tengo de estos seres mezcla de mito popular y construcción de cada familia es cuando iba a la casa de mis abuelos, con unos cuatro o cinco años. Tengo el recuerdo de que me negué a levantar de la mesa algún plato o a hacer algo que me mandaron (Sí, no me gusta que me manden aún hoy; si me lo piden, coopero; si me obligan, no) y ahí apareció la amenaza: Si no hacía caso, iba a aparecer el temible “Hombre de la bolsa”.

El Hombre de la bolsa era un hombre de unos cincuenta años de estatura normal y ropas gastadas que se llevaba a los chicos. Se origina en la presencia de mendigos, linyeras o pordioseros que llevaban sus pertenencias en una bolsa que formaba un atadito con su ropa. Este mito contribuía a alejar a los niños de personas desconocidas o consideradas indeseables.

En ocasiones, esta amenaza se reemplazaba con “el Cuco”, que es un ser imperceptible que sirve para amenazar a los niños si no cumplen con la conducta esperada. Tanto el Hombre de la Bolsa como el Cuco tienen por finalidad llevarse al niño lejos de los padres. Algunos dicen que pueden comerte. Tal vez con la generación que nació en los 80 o 90 esto podía funcionar, desde los 2000 para acá se van a reír en la cara de quien se los diga.

Más adelante en el tiempo, debía tener unos diez años, estaba en un cumpleaños en una casita de fiesta hablando con los chicos más grandes y alguien dijo que en esos días había aparecido “la Llorona”. Entre fascinada y temerosa pedí más detalles. Alguno de los presentes me contó que había aparecido en la puerta de algunas casas, que era de color blanco, que lloraba y gritaba helando la sangre. Sentí cómo mi piel se ponía “de gallina” y se me erizaban los pelos de la nuca.

Estaba en problemas, era una nena de nena de diez años con demasiada imaginación y otro tanto de curiosidad. Torturé a mis padres con preguntas para entender, para comprender quién podía ser ese ser extraño que aparecía llorando, porque si entendía de qué se trataba, no iba a tener miedo.

La Llorona aparece cadaLa llorona tanto, dicen que perdió a sus hijos, dicen que no tiene rostro, dicen que parece flotar. Dicen. Algunos consideran que su aparición trae malos presagios, que trae desgracias. Pero este mito se mezcla con la realidad, donde algunos se disfrazan y en algunos pueblos del interior aparecen llorando frente a las casas y cuando alguien se acerca a consolarlos, aprovechan para robarle sus pertenencias.

Por suerte, como digo, mis padres no los utilizaban conmigo y tampoco les gustaba que otros los usaran (esto lo reconfirmé con mi mamá, que dijo que no, no le gusta). Igual, por las dudas, si viera a alguien sospechoso hablando con un niño y que con su bolsa le mide el tamaño, trataría de espantarlo. Y si una noche solitaria, sobre todo de luna llena, escucho gritos y aullidos, me taparé los oídos ignorando, por si acaso, que quien haya decidido aparecer sea la Llorona o, peor aún, “el Lobizón”. Pero ésa es otra historia, para otro día.

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