petiso orejudo

Cayetano Santos Godino, el “Petiso Orejudo”, tenía 16 años cuando fue arrestado en Parque Patricios. Lo condenaron por cuatros asesinatos, todos niños menores de edad, y se convirtió en uno de los criminales más famosos del país. Murió en la cárcel de Ushuaia y una estatua suya es una de la más visitadas por los turistas en el presidio patagónico cerrado por Perón en el 47.

En el cuarto oscuro sólo había un escritorio y una silla que permanecía ocupada; el agente, gordo y con una cachiporra sostenida con ambas manos, caminaba por detrás del muchacho.

—¿Por qué un clavo?

—Estaba en el piso, señor.

—No me importa en dónde estaba. Era una criatura ¡Por Dios!

—Estábamos jugando, él no dijo nada.

—¿Y por eso lo mataste?

—No me acuerdo.

Jesualdo tenía 3 años y esa tarde, cuando jugaba en la vereda, se había ido con un muchacho de orejas grandes que le había comprado caramelos en un kiosco. Su padre, Pascual Giordano, jamás imaginó que ese 3 de diciembre de 1912 encontraría a su pequeño hijo bajo una chapa oxidada y a sólo unos pocos pasos de un horno abandonado.

Desesperado, había salido a buscar a la criatura por todas las calles del barrio de Parque Patricios. Mientras recorría casa por casa, se cruzó con un chico de 16 años que salía de un predio abandonado, donde había hornos de ladrillos, y por aquellos años se llamaba la “Quinta de Moreno”.

Santos Godino, ante el pedido de ayuda del papá desesperado, le recomendó que fuera a hacer la denuncia a la comisaría. El hombre, sin embargo, desconfió de las palabras del menor que lo aconsejaba y decidió entrar al lugar para ver si encontraba alguna prueba que lo llevase a encontrar al niño. La prueba era un cadáver que estaba boca abajo y con una soga en el cuello, un niño sujetado de pies y manos, y con un clavo hundido en la cien.

Ese día, Cayetano Santos Godino quedó inmerso en la historia criminal argentina. Fue detenido esa misma tarde y en los interrogatorios posteriores confesó haber participado de otros homicidios. También lo hicieron responsable de otros asesinatos, de los cuales no se tenían pruebas suficientes.

Una familia manchada


Hace 100 años, Buenos Aires estaba habitado por un millón y medio de personas. Miles de inmigrantes habían llegado desde fines del siglo XIX en busca de promesas de trabajo y en los conventillos cercanos al Río de La Plata no entraba más gente.

Los padres de Cayetano, el criminal que quedaría en el historia con el apodo de “Petiso Orejudo”, llegaron de la ciudad italiana de Calabria y luego de convivir en los barrios de Almagro y Boedo, se instalaron en Parque Patricios. Ella era ama de casa y su padre, Fiore Godino, tenía como trabajo encender los faroles a gas de las calles porteñas.

Era el sexto hijo de los ocho que había tenido el matrimonio. Un hermano había fallecido al nacer y ese hecho habría impactado en la cabeza de Cayetano, como  así también las palizas de las que fue víctima por parte de su padre alcohólico.

Unos estudios posteriores a su detención final comprobaron un número de 27 cicatrices en su cabeza. Una fiebre intestinal también lo había colocado al borde de la muerte y una de las consecuencias de esa enfermedad habría provocado un retroceso en su crecimiento.

La cárcel no era algo nuevo para él. Su familia lo había llevado un día hasta la comisaría por sus malos comportamientos y durante tres años, desde 1908 a principios de 1912, estuvo alojado en el reformatorio de Marcos Paz. La vuelta a las calles lo llevó a recuperar todo el tiempo perdido y a cometer una seguidilla de hechos macabros.

Cayetano detenido con las cuerdas en sus manos
Cayetano detenido con las cuerdas en sus manos

Al ser menor de edad, se salvó de la ejecución implementada por la ley en aquellos años. El juez de sentencia, el Doctor Ramos Mejía, lo declaró inimputable en 1913 y fue trasladado al Hospicio de las Mercedes, lo que en la actualidad se conoce como el Hospital Psiquiátrico Borda. Sin embargo, luego de que la cámara de apelaciones revocara la decisión, dos años después Cayetano volvió a una cárcel común: Fue condenado a perpetua y alojado en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.

Un dictamen médico realizado por los doctores Esteves y Cabred afirmaban que Cayetano “no comprende” sus actos. Debía haber permanecido en un hospital psiquiátrico, pero los medios de comunicación influyeron permanentemente sobre la peligrosidad del asesino y la necesitada tranquilidad de la población para tenerlo lo más alejado posible de la sociedad. El deseo de todos se haría realidad algunos años más tarde cuando fue enviado al sur.

Historial del Petiso Orejudo  


Antes de que la policía lo capturara por el homicidio del pequeño Jesualdo, el Petiso ya había sido visto en varias ocasiones desempeñando su arte.

El 28 de septiembre de 1904, cuando sólo tenía ocho años, golpeó y arrojó contra unas espinas a Miguel Depaoli; al año siguiente lastimó la cabeza de una niña con una piedra y en 1906 habría cometido su primer crimen. Según la justicia —y así consta en la causa—, en la calle Río de Janeiro enterró a una niña que jamás pudo ser hallada. Él se hizo cargo de ese hecho luego de los interrogatorios, que vaya a saber uno en qué circunstancias se realizaron.

En 1908 los episodios de violencia y de locura se incrementaron. Cayetano participó de varios incendios, donde no sólo era el culpable de desatar el fuego, sino que luego iba a ayudar para apagarlos. El 9 de septiembre lo descubrieron en el momento que intentaba ahogar a un chico de dos años en una pileta y, seis días más tarde, quemó con un cigarrillo los párpados de Julio Botte.

En 1912, el 7 de marzo, prendió fuego a una niña de cinco años, Reyna Bonita Vaínicoff, que murió luego de agonizar dos semanas. Seguía libre y podía volver actuar en cualquier momento, como lo hizo el 8 de noviembre cuando con engaños raptó a Roberto Russo, de dos años. Le ató los pies y cuando intentaba ahorcarlo fue sorprendido por una persona que lo entregó a las autoridades. El muchacho volvió nuevamente a su casa después de que lo liberaran por falta de mérito.

El 16 de noviembre golpeó a Carmen Ghittone y el día 3 de diciembre llegó el final —o el principio— de la vida de Cayetano Santos Godino. También se le sumó en su condena un homicidio que dejó muchas dudas en la investigación. La muerte de Arturo Laurora, el 25 de enero de 1912, también fue atribuida al Petiso sin hacer un mayor estudio de las pruebas encontradas. El hilo hallado no era el mismo y el abuso sexual del cual había sido víctima Laurora no había sido jamás empleado por Godino. Las huellas dactilares tampoco coincidían y según se pudo comprobar más tarde, en el momento del crimen, el Petiso se encontraba trabajando en una fábrica de alambres, donde estaba empleado.

Godino dejó de lado los juguetes o los juegos callejeros como la rayuela, muy empleado por los niños de aquellos tiempos, y prefirió entretenerse hostigando y persiguiendo a los chicos de menor edad que él. Guardaba los recortes de la prensa y asistía a los velorios de los que morían por sus actos.

Un corazón congelado


En 1923 fue trasladado a la “Cárcel del Fin del Mundo”, creada a principios del siglo XX en el sur argentino, de donde no volvió a salir jamás. El penal de Ushuaia contaba con cinco pabellones y estaba preparado para albergar a más de 500 detenidos condenados a cadena perpetua.

La cárcel de Ushuaia donde el petiso pasó más de 20 años
La cárcel de Ushuaia donde el Petiso pasó más de 20 años.

En esa cárcel fría y solitaria, donde nunca recibió la visita de ningún familiar, se le realizó una cirugía en las orejas pensando que esa característica física era la causa de todos sus males. En 1933 recibió una feroz paliza por parte de otros internos por haber matado a dos gatitos que servían de mascotas, pero ese hecho no fue la causa de su muerte, que ocurriría algunos años después. También existe un rumor de que Cayetano utilizó a los dos animales para preparar la comida de la población carcelaria.

El día de la primavera de 1947 el gobierno de Juan Domingo Perón decidió cerrar el presidio de Tierra del Fuego. El lugar ya contaba con varias denuncias: En 1935, el Diputado Nacional Manuel Ramírez, después de recorrer el penal, realizó un informe en el que decía que aquel lugar “estaba lejos de reunir las condiciones indispensables para responder al amplio programa de reconstrucción psicológica y social que necesita el material humano alojado en sus celdas”.

Los huesos del Petiso, que se encontraban en el cementerio de la prisión, fueron desapareciendo y ya no queda ninguno. Algunos fueron robados, utilizados para ritos satánicos y otros entregados a antropólogos para ser estudiados.

El niño asesino y de orejas aladas falleció a causa de una úlcera el 15 de noviembre de 1944, pero sus huellas no se han ido. La celda 90, que fue la pieza de su hogar, aún sigue ocupada y allí se encuentra un monumento del Petiso, que es una de las principales atracciones para los turistas que van a visitar lo que se convirtió en un museo. Sigue vistiendo el mismo uniforme que utilizaba en aquellos días: Un pantalón gris, una remera rayada y un chaleco oscuro. En su boca lleva una piola en lo que simula ser su preparación para su próxima víctima.

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