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Elsa iba a ir a visitar a su hijo como todos los domingos. Desde que estaba internado (hacía aproximadamente diez años), sólo podía visitarlo una vez a la semana, ya que los doctores consideraban que más contacto podría ser perjudicial para su delicada psiquis y, en consecuencia, para terceros ¿Por qué los domingos y no otro día? Como toda persona de su época, Elsa era una católica muy aplicada e iba todos los domingos a misa. Luego de rezarle al Señor por el bienestar y la recuperación de su hijo, iniciaba su procesión lentamente hasta el hospital, como una cruz que le fuera impuesta Dios sabrá por qué.

Era una visita como cualquier otra: La desidia de los guardias, el poco tacto de los informes médicos y aquel viejo edificio que siempre parecía estar a punto de desmoronarse, indicaban que el día no tendría nada de extraordinario. Escoltada por dos enfermeros de tamaño considerable, Elsa era guiada hasta la puerta de la habitación/celda donde su hijo se encontraba casi siempre acostado, tapado con múltiples mantas, aunque fuera pleno verano. Antes de ingresar, escuchó las advertencias de siempre y la indicación de dónde se encontraba el botón de emergencias. Sin embargo, esta vez algo había cambiado ¡Su hijo no se encontraba allí! Sólo se topó con una montaña de sábanas y una carta sobre la cama:

Querida Madre:

¡Si vieras qué bien me siento! No tengo recuerdos de haberme sentido tan pleno. Quizás pueda resultarte un poco extraño que no me encuentres en el lugar de siempre, pero por favor no te asustes. Te ruego que no le avises a los guardias, ¡ellos nunca lo entenderían! Estamos organizando un gran desfile, una gran fiesta, en la que todos estamos invitados… ellos mismos vinieron a buscarme, si tan sólo pudieras verme… Ay, madre, si las pasiones del alma están envueltas en la vanidad, ¡las pasiones de los muertos están envueltas en goce! Aquellos soldados caídos brindan con alegría, aunque ya no tengan boca y sólo sean huesos. Los caminos no conducen a ninguna parte, ¿pero qué importa? ¡Si sólo vamos hacia adelante! Los tambores repican y suenan con alegría, todo lo caído se ha vuelto a levantar, ¡y entre fuego y cenizas avanzamos! 

No quiero que pienses, madre, que esto es una despedida, sólo es un nuevo comienzo, un nuevo punto de partida donde todos vendremos y hacia donde todos marcharemos, marcharemos por siempre. Con mucho amor.

Tu hijo

En plena crisis de llanto, automáticamente pensó en llamar a los guardias, pero algo la detuvo ¿Y si había escapado? Las marcas en los brazos que había visto en la última visita indicaban que había sido atado, mientras que otras en su espalda daban a entender que incluso fue azotado ¿Qué debía hacer? Si lo atrapaban, lo más leve que sufriría sería la tortura… Una cosa era segura: Su hijo había perdido totalmente el juicio, la locura se había apoderado definitivamente de él.

Y así se retiró del hospital psiquiátrico. Luego de saludar a los los guardias y llenar una simple planilla de registro de visita, caminó rumbo a su hogar, llorando en silencio.

Pasaron los días con normalidad, esa que reina en cualquier pequeña comunidad, hasta que una noticia llena de terror llegó a todo el pueblo: El hospital psiquiátrico estaba vacío. Sí, vacío. Todos los guardias y médicos, para horror de todos, aparecieron muertos; ahorcados en el patio, otros desparramados en los pasillos… pero todos muertos. Por su parte, nada se sabía qué había sido de los pacientes, sólo que absolutamente ninguno quedaba en el lugar, ahora lleno de cadáveres. Si bien había distintas teorías, la investigación concluyó con que se había realizado una suerte de motín general donde todos los pacientes habían escapado. Lo único que no cuadraba en esta historia eran los papeles en el piso y algún que otro globo, como si hubiese habido una fiesta…

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