El terror no es de mis géneros preferidos. Más bien es de mis géneros detestados. Porque a mí el terror no me cura, ni me exorciza como al resto. A mí el terror me da risa. Hoy en día, en la televisión y en el cine, es difícil que no haya algo de terror metidito en un rincón de otro género. Porque los géneros cinematográficos y televisivos forman un entramado perfecto en el que se unen muchas aristas. Y, evidentemente, siempre hay lugar para el terror.

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Mi punto es que el terror me hace reír. No porque se trate de un género para reír, claro está, sino porque es una manera de enfrentar la vida. Ante los miedos, mejor reír.

El terror y yo: una relación extraña


Cuando era chica, mis papás siempre me dijeron que los monstruos no existían. Por lo tanto, la madera crujía porque era vieja. La puerta se abría por una corriente de aire. Y los monstruos estaban en los cuentos para enseñarle al protagonista cuán fuerte podía ser.

Quizás por esto es que los monstruos del cine y la televisión no me parecían gran cosa. Pero estamos hablando de una niñez en los noventa. Cuando fui creciendo, a la par mía crecía la magia del cine y de la televisión. Y eso englobaba una capacidad de crear más efectos especiales.

Poco a poco, los monstruos parecían más reales y a mí me empezaban a generar incomodidad. Y pasó como con todo lo que me genera incomodidad: Me provocaba risa. Recuerdo que buscaba películas de suspenso o thrillers para encontrar la satisfacción que otros hallaban en el terror. O una alternativa al mismo: Los dramas sobrenaturales.

Las series y el terror


Lo sobrenatural, eso que no sabés si existe o no, a mí me provocaba más miedo y respeto que el terror en sí. Quizás por eso llegué a series como Angel; Buffy, la cazavampiros o Charmed. Todo el terror que conozco, por decirlo así. Y cuando todos estaban locos por el terror de las míticas películas de los noventa, yo pasaba a hacer del drama sobrenatural mi propio terror.

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Todo el terror que conozco: los demonios y criaturas de Charmed.

Conocí monstruos de esa tele que me daban un poco de miedo. Me divertían al mismo tiempo, me curaban y me empezaban a exorcizar. Los malos no me daban risa, los monstruos realmente eran escalofriantes. Y la lucha del mal contra el bien era asombrosa.

En otras palabras, con poca inversión y una trama bien sostenida, Charmed lograba que me asustara más que con las películas de terror. Y que me exorcizara como lo hacía el resto con ese género. Los demonios de Charmed eran terroríficos. No sólo por el maquillaje y los efectos especiales, sino por lo que representaban: El mal mismo.

El terror y yo: una relación diplomática


A veces, no queda otra que asumir que el género y vos van a tener una relación diplomática. Esas de “Hola, cómo andás”, “No me interesa, pero te escucho” y demás. Hace un tiempo ya que puedo dormir sin pensar en monstruos. Y no va a ser hoy el día en que empiece a mirarlos.

Evidentemente, una cuestión de piel nos separa. Y no puedo hacer nada para mejorarlo. Bueno, capaz poner a prueba mi risa y retomar Penny Dreadful, por ejemplo. Si llegara a no reírme, prometo contarlo. Si me amigo con el terror, tendrán noticias mías. Bueno, prometo empezar a asustarme un poco y a… ¡¿Qué es ese ruido que no me da risa?!

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