objetos-perdidos-cap-5

Lo que sea que fuera el juicio ese, ya había empezado cuando llegaron, en un edificio distinto a donde había estado “guardado” y a los otros que había visto. Este era circular, con una entrada angosta que formaba un pasillo oscuro. La única luz ahora venía de adelante. La luz al final del túnel, qué esperanzador.

Y lo que había al final de ese túnel —además de la luz proveniente de una fogata— no era ni más ni menos alentador que todo lo demás que había estado pasando. Tres figuras encapuchadas los esperaban, de espaldas al fuego, en una habitación vacía, también circular. Me esperan a mí.

—Vamos a hablar un poco —dijo la figura del medio, descubriéndose la cara. La luz de atrás no le dejaba ver bien sus rasgos, pero había más barba ahí, canas, y la voz era la de un hombre maduro, llegando a viejo—. Pero, primero, algo de hospitalidad.

La hospitalidad consistía en comida, un guiso caliente que le invitaron a compartir sentados en una ronda cerrada. No era el mejor plato de guiso de su vida, pero era lo más sustancioso que había comido en todo el día y lo primero desde esa manzana de la primera tarde, así que tuvo que esforzarse por no comer a las apuradas. Los demás no comían en silencio exactamente, pero ninguno hablaba y sólo unos pocos lo miraban, entre ellos, su viejo amigo de la cerbatana.

Cuando iban terminando, los hombres se paraban y se dirigían hasta algún punto de la pared circular, donde se quedaban de pie. Al final, tenía dos hombres a cada costado: El cazador detrás de él y en frente, el hombre que había hablado. Ahora podía verlo mejor, podía ver el descontento en sus ojos, la preocupación, otras cosas que no llegaba a reconocer del todo. Ninguna era buena.

—No puedo creer que tenga que llegar a esto —dijo, casi inaudible.

Estaba por volver a hablar cuando se escuchó entrar a alguien más: Una mujer repartiéndoles copas. Ellos dos fueron los últimos en recibirlas. El hombre canoso esperó a que la mujer se fuese para continuar.

—Yo sé quién sos, de dónde venís. Hace años con las viejas decidimos vivir cada uno por su lado… para llevarnos mejor y ahora… tssk.
—¿Qué? ¿Ahora qué?
—Ahora las llamas nos dicen que necesitamos su ayuda. Tu ayuda, ya que estás acá.
—¿Eso es un chiste? Estoy acá porque me trajeron por la fuerza. Él.
—Sí, él. Él es quien necesita tu ayuda y lo que hizo fue para demostrar ser digno de recibirla.

Ya no sabía qué responder a eso, era todo demasiado ridículo. El viejo siguió hablando.

—La ayuda que necesitamos es tu escolta en un viaje. Hemos decidido, por eso, dejarte volver a cruzar las sierras hacia tu hogar, para que puedas hablarlo con tu familia o quien sea que te esté esperando allá. Como muestra de buena voluntad.
—¿Entonces me dejan ir? ¿Qué pasa si decido no ayudarlos?

Sin poder evitarlo, su mirada pasó de hombre en hombre cuando preguntó eso, y la hostilidad que le devolvieron sus ojos era igual en todos ellos. El hombre sentado frente a él, en cambio, esbozó una sonrisa.

—Confiamos en que vas a saber decidir lo mejor para todos. Ya viste cómo vivimos, te habrás dado cuenta de que no somos pastores o granjeros, precisamente. No todos nosotros, al menos. Este viaje es muy importante para nosotros, casi de vida o muerte… Y sabemos dónde vivís —Levantó su copa y le señaló la suya—. Por la buena fortuna de nuestros pueblos ¡Salud!

Todos levantaron las copas y bebieron, y él siguió el ejemplo. Se dio vuelta para mirar al chico que le había generado todo este problema y bebió de nuevo. Lo que pensó que era vino en realidad era una cerveza oscura y amarga, aunque no tan amarga como su sentencia.

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