ponerse-el-jean

Todos en algún momento de nuestras vidas ejercemos el rol de comprador. Algunos lo hacemos de manera responsable y medida, realizamos una compra racional y meditada de aquel objeto que necesitás. Otros, cada tanto, lo hacemos de manera compulsiva y podemos comprar tres remeras iguales de color distinto, porque encontramos “el modelo” para nosotros. A veces somos ambos. En cualquiera de las dos situaciones, es muy común que del otro lado tengas tu contrapartida, quien puede ser tu mejor aliado o tu peor enemigo: El vendedor.

Existe una situación muy común para las mujeres. A veces ocurre que buscás, por ejemplo, algún modelo de jean que no es el habitual de esa temporada. Es fin de mes, pero te encaprichaste con que querés un jean recto. Entrás a varios negocios y no tienen. Las vendedoras insisten con que se usa chupín. Resignada, entras al último local. La vendedora insiste con que no se usa y tiene veinticuatro tipos de jean chupín colgados: Roto, con parche, deslavado, de un solo color, formal, informal.

Insistís con tu pedido, lográs encontrar uno recto en el modelo número 25. La vendedora mira apreciativamente tus caderas y te dice que ése es el último que queda de una temporada pasada, que es el talle más grande que viene (es el talle que comprás habitualmente). En ese momento, no sabés si contestarle a la vendedora violentamente o ignorar su falta de respeto. Optás por tomar el jean con una sonrisa, en silencio y encerrarte en el minúsculo probador, porque recorriste innumerables negocios y es el primer jean recto que conseguís. La vendedora te pide que lleves otros dos por las dudas (Obvio, son chupines).

Entrás al probador. Sobre tu cabeza hay un dicroica que se encarga de cocinar tus ideas, el espejo te muestra todos los detalles de tu cuerpo, cuando digo todos, son todos. Entonces te ponés el jean, pierna derecha, pierna izquierda, jean arriba, no sube. Empezás a saltar como un canguro, le pegás con los codos a las paredes del probador. Entonces, escuchás una voz que desde afuera te dice: “¿Y? ¿Cómo fue, negri? ¿El talle va bien?”. El Negri tiene sus equivalentes, que pueden ser: Gordi, Gorda, Gor, Negrita, Flaquita o la que te haya tocado. Te encargás de dejar muy claro que sí, que es tu talle y respirás aliviada cuando la vendedora se aleja.

Empezás de nuevo a saltar, el jean sube y está en su lugar, prendés el botón, subís el cierre, soltás el aire (Sí, casi todas contenemos el aire, aunque nos probemos un talle más grande). Te mirás en el espejo y te gusta lo que ves, es lo que imaginabas. Nuevamente sentís la voz del exterior, junto con la apertura del probador sin permiso. No te preocupás, es más, te parás orgullosa: El jean te queda fantástico. Entonces, escuchás: “Te queda bien, un poco justo, pero no te preocupes, siempre cede la tela”.

Volvés a respirar hondo para no responder, le decís que lo llevás, cerrás el probador. Como conseguiste tu objetivo, por curiosidad, te probás los otros dos y te das cuenta de que “necesitás” el chupín azul oscuro. Repasás situaciones en las que lo usarías y, sin dudar, te lo llevás. Se lo das a la vendedora.

La vendedora te acompaña a la caja, mientras intenta que combines tu compra con una remerita, un collar o lo que sea, que amablemente rechazás. Cuando llegás a la caja y decís que los vas a pagar en todas las cuotas que se pueda, te miran raro y revisan tu documento, te miran a la cara y nuevamente el documento (Internamente pensás: “Sí, soy yo. Tengo cara de dormida en la foto, pero es obvio que soy yo”).

Te devuelven el documento, pasan la tarjeta de crédito, el aparatito dice “Marcando”, larga un ticket que dice “Error de comunicación”, con suficiencia decís que la vuelvan a pasar. Lo hacen, vuelven a pasar la tarjeta y la muy inmunda dice que no tenés fondos suficientes para hacer la operación. Te acordás de las tres remeras que compraste la semana anterior y están guardadas en tu placard con la etiqueta puesta.

Objetivamente, pensás que entraste a comprar el recto, pero el chupín te quedaba tan bien que no querés dejarlo. Entonces, mirás tu billetera y ves tu salvación, hay dos tarjetas más. Dividís la compra en tres, ante la mirada compasiva de la cajera, y cada uno de los montos los haces en todas las cuotas que podés.

Vas pasando de a una la tarjeta y suspirás cuando dicen “Aprobada”, hasta que la última no pasa. Probás con montos menores y tampoco. Entonces, recordás que en un rincón de la billetera habías guardado unos billetes para llegar a fin de mes. Los contás y se los entregás a la cajera. Agarrás la bolsa y salís contenta por la puerta, hasta que llegás a la calle y te das cuenta de que vas a comer fideos y arroz hasta que cobres el próximo sueldo.

 

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