Demiurgos

Una tormenta anaranjada y rosada. Así es nuestro cielo. Nube sobre nube, como pinceladas violentas, hechas por un pintor enojado con un mundo que no lo comprende. No siempre fue así, no me malinterpreten, estoy seguro de que en el pasado su belleza debió haber sido musa de muchos artistas y poetas, influenciador de románticos empedernidos. Pero ahora, ahora es tan sólo una enorme explosión creada por humanos. Sí, nosotros matamos el cielo, al igual que todo nuestro mundo.

Pero no es el cielo nuestro mayor error —o logro, dependiendo quién lo piense—, no, la torre lo es.

Construida con nuestros propios deshechos: Muebles, comida que consideramos podrida, envases sucios, carteles de publicidad y demás. Es la única estructura que quedó en pie, la única estructura en este enorme páramo desértico que llamamos hogar. Su aspecto negro y repulsivo es nuestro escenario y a su alrededor una gran muralla de su mismo material.

En ella es donde me encuentro yo. Escalándola sin detenerme, sin pensar, sin respirar. Escalar la torre se ha convertido en mi obsesión, en mi razón de ser. Me impulso hacia arriba, haciendo uso de un escritorio desbaratado, probablemente haya pertenecido a una oficina o empresa; creo que las hojas de trabajo siguen ahí.

Ya no recuerdo nada de mi vida antes de la torre, tampoco de mi familia o amigos. Mi pasado se convirtió en una mancha blanca, un trapo sucio al que no tuvieron mejor idea que lavarlo con lavandina. Dejé de sentir todo aquello que me hacía sentir humano. Dejé de sentir el crujir de los huesos bajo mis pies y de las astillas que se clavan en la palma de mi mano. Dejé de sorprenderme al encontrar restos humanos entre la basura. Porque sí, nosotros también formamos parte de la torre.

Pero fue necesario. Dejar de sentir, me refiero. Me fue necesario si quería alcanzar la cima. Para alcanzarlo a Él.

—¿Quién?

—Él.

—¿Quién es Él?

—¿Él?

—Sí, Él ¿Quién es?

—Él…

Pero por fin la alcancé, la cima. No era lo que yo esperaba, sinceramente. Frente a mis ojos se abría un círculo, no más amplio que un cuarto pequeño. No tiene techo o paredes, el suelo está cubierto en envoltorios de comida, revistas pornográficas y planillas con acciones. Pero eso no es lo importante, lo que llama mi atención. No. En medio de todo se encuentra Él.

Está sentado sobre un pequeño trono de madera podrida, a medio caer. Su cuerpo, húmedo e hinchado, muestra claros signos de putrefacción. Sus brazos cuelgan inertes a los lados, mientras que una plancha plateada tapa su rostro. Ahí está, por fin lo conozco. Nuestro Rey. Pero las cosas deben cambiar y ahora será mi turno, mi momento de gloria, mis cinco segundos de fama, tal vez.

Mis pasos son lentos y monótonos, pero logro alcanzarlo y allí lo vi.

—Él…

—Sí, Él…

—Él soy yo.

El rectángulo plateado me devuelve una mirada que al principio no reconozco, pero que logra despertar algo en mí. Mis facciones demacradas y cansadas se reflejan en el pequeño espejo que tapa su rostro. Y en ese momento lo comprendí.

Yo soy el monstruo, yo soy la peste. Todos nosotros lo somos.

Me asusté. Un escalofrío recorrió mi columna y me recordó que estaba vivo, creo que eso fue lo que me asustó. Recordar. Instintivamente retrocedí y fue en ese momento donde cometí el peor de mis errores.

La torre no perdona, la torre no toma partido. Ella quiere que llegues a la cima, pero si para lograrlo debes pisar al que tienes delante, entonces hazlo, no dudes. Destrúyelo si es necesario. Y por lo que más quieras, no pienses en otra persona que no seas tú mismo.

Y allí lo sentí, el líquido que corre en mi interior, cayendo por mi pecho. Se sentía cálido, tal vez hogareño. Bajé mi mirada y al principio no logré comprender del todo el escenario, las partes dispuestas, los actores en escena. Una mano atravesando mi pecho, destrozando mi corazón.

Me giré lentamente y crucé miradas con aquel que me consideró un obstáculo más en su camino. Él estaba tan demacrado como yo, tan cansado como yo, tan inhumano como yo. Pero él fue más fuerte, más egoísta, más…

—¿Sabes quién es él?

—No…

—Él es tu hermano…

¿Mi hermano? ¿Mi hermano es capaz de hacerme esto? No sé por qué lo intento… Debí haberlo sabido, porque los hombres no mueren, tan sólo se matan; y yo soy un claro ejemplo de ello.

Me tiró al vacío y caí. Caí atravesando desperdicios y caí un poco más. Caí hasta que todo se volvió negro y sentí mi cuerpo chocar contra el suelo, y mi mente siguió cayendo.


Cuando abrí los ojos, la torre seguía allí. La basura seguía allí. Yo seguía allí. Mis extremidades estaban deformadas, probablemente rotas, inservibles. Al menos para mí. Pero la torre necesita comer, necesita crecer, usando a los que no lo logran como fundamento, ya que la torre está hecha de hombres, de hombres y de recuerdos.

Aquí vienen.

Del interior de la torre, emergieron los carroñeros. Niños de no más de cinco años de edad, con cables que se desprenden de su cabeza y se conectan directamente a la torre, se acercan gateando hacia mí. Ellos, a diferencia de los adultos, ya nacieron dentro de la torre, envueltos en su basura, creados a partir de ella.

Puedo sentir cómo tironean de mi brazo para arrancarlo, para dárselo a la torre.

Está bien, hace tiempo que comprendí que mi cuerpo ya no es mío. Que perdí mi individualidad y que ahora seré uno con ella… Está bien… lo acepto.

Con un último tirón, lograron arrancarme el brazo de cuajo. Ni lo sentí.

Ahora están tirando de mis piernas.

Pero la cabeza de uno de ellos revienta sin previo aviso, asustando a los demás. Yo no tengo nada que ver, lo juro.

—¡Basta! ¡Suficiente!

Una figura se encuentra frente a mí, sus piernas a los lados de mi torso, incontables cicatrices cubren su cuerpo, remarcando los lugares de donde cosieron sus partes. Su brazo derecho tiene la piel negra y es de hombre, mientras que el izquierdo tiene la piel blanca y pálida. Su rostro es de mujer, es simple y poco detallado, sin extravagancias, es tan sólo un rostro. Y es hermoso.

—¿Quieres libertad?

—¿Libertad?

—¿O prefieres quedarte entre la mugre, sintiéndote cómodo mientras los carroñeros te desarman parte por parte?

—No puedo…  Me falta un brazo… y hay un agujero en mi pecho…

—Cosas físicas, nada más… ¿Quieres recuperarlos? ¿O quieres subir nuevamente la torre?

—No… no quiero intentarlo más… quiero… quiero dormir en paz… pero no aquí. Quiero dormir en un lugar donde mi humanidad no se vea manchada con cada paso que doy.

Y esa es la verdad. La pura verdad.

La mujer tomó su brazo derecho y deshizo los puntos que lo mantenían adherido a ella. Se arrodilló y lo colocó donde anteriormente había estado el mío y, por último, me besó.

—¿Quién eres?

No respondió. Tan sólo me sonrió y se alejó caminando. Sentí mi cuerpo elevarse unos centímetros del suelo y flotar hacia ella, como si fuera arrastrado por un hilo invisible.

—¿Quién?

La torre comenzó a desaparecer de mi vista y juntos recorrimos caminos que jamás pensé que existiesen. La basura era otra, era igual pero a la vez diferente.

Cuando por fin nos detuvimos, una mano invisible me sostuvo la espalda y ayudó a erguirme. Frente a nosotros se encontraba una puerta de madera blanca, impoluta.

—¿Qué hay del otro lado? ¿Quién eres?

Pero ella tan sólo me acercó a la puerta y señaló la manija. Era de bronce. La sentí fría al tacto, pero un frío necesario, uno que me despertó de mi ensueño. La giré y abrí. De su interior emergió una manta de luz que me cegó momentáneamente, obligándome a cerrar los ojos hasta poder habituarme a ella.

Pero cuando los abrí… es difícil explicarlo con palabras.

Frente a nosotros se expandía una pradera, llena de pastos verdosos, árboles frondosos y flores decorándolo todo. El sol del atardecer se ocultaba lentamente en el horizonte, bañando el lugar de un dorado gastado, antiguo.

Estaba paralizado. Jamás creí que pudiera existir algo así en este mundo. El brazo de la mujer en mi cintura me trajo de mi ensimismamiento y apoyó su barbilla contra mi hombro. La sombra de un beso en mi mejilla y una sonrisa en sus labios.

Es hora de descansar.

Y mis labios se curvaron en una sonrisa. Hacía años que no lo hacía y ya había olvidado cómo se sentía. Fue maravilloso, casi liberador. Y ahí lo comprendí.

—Sí… ya es hora.

Caminé algunos pasos, sintiendo la suavidad del pasto bajo mis pies. El aroma de las flores en mi nariz. Respiré una bocanada de aire, el más puro que había sentido en mi vida, y exhalé, agradecido, sintiendo cómo mi cuerpo se disolvía en el viento.

FIN

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